Rodillazo entre las piernas

Rodillazo entre las piernas

Publicado por el jul 22, 2014

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Lo último que me había imaginado después de la cena con Martín es que iba a pasar el resto de la noche en el cuartelillo de la Guardia Civil acompañando a mis dos amigas. María se decidió a poner una denuncia contra el alemán que colgó en internet una foto suya desnuda después de una noche de borrachera. Mientras, Marta tuvo que presentar alegaciones a la denuncia que el alemán había puesto contra ella por propinarle un rodillazo en la entrepierna. Más que merecido, por cierto.

Minutos antes de entrar en Waikiki, estaba relajadísima. Buscaba cualquier excusa para conseguir algún tipo de contacto físico con Martín, ya fuera simular que me torcía el pie con los tacones o buscar su mano para poder pasar entre dos coches.

Martín se ofrece a acompañarnos a la benemérita -este nombre tengo que buscar de dónde viene, porque siempre me ha despertado la curiosidad- lo que le agradezco infinito. No sé por qué la presencia de un hombre da tranquilidad cuando se trata de hablar con la autoridad.

En el cuartelillo nos hicieron esperar un rato.

- ¿Me podéis explicar qué me he perdido?, pregunto a las dos.

Marta seguía en tensión, con los puños apretados, y María, con cara de preocupación.

- ¿Recuerdas vuestra noche de copas del otro día?, me pregunta Marta.

Asiento con gesto de interrogación.

- Ese día o, mejor dicho, esa noche, cometimos errores de principiante. Y me voy a incluir porque en parte me siento responsable por pensar que a vuestros cuarenta años pasados habíais vivido lo suficiente para no cometerlos -recriminaba Marta. El primero de ellos, y el más grave, es no saber cuándo hay que parar con la bebida. El liarte con un desconocido no pienso considerarlo un error, porque yo hay veces que me acuesto con alguno que no se ni cómo se llama. Pero lo que no se puede hacer nunca, repito, nunca, es una foto desnuda en la que se te pueda reconocer porque, a partir de ese momento, te conviertes en vulnerable y cualquiera puede usar la imagen como un arma contra ti. Yo me he debido de hacer mil y una foto sin ropa, con poca ropa y en posturitas que para qué, pero me he preocupado, muy mucho, de que no saliera mi cara, de tal manera que nunca me han podido chantajear. De hecho, estoy segura de que alguna de esas locuras deben de estar circulando aún por la Red.

María, que está muy nerviosa, estalla a llorar.

- No vale de nada lamentar lo que ha pasado, ya no tiene solución -intercedo para zanjar la cuestión-.

- Eso lo dice alguien que está enganchado a su pasado de forma enfermiza, me rebate Marta.

En ese momento, la habría matado, pero decido tragar saliva y calmarme porque veo que está alterada.

- No creo que sea el momento de poneros a discutir, estáis muy nerviosas -interrumpe Martín mientras me coge del brazo-.

Después de casi dos horas declarando ante el agente, que tiene que buscar cada tecla en el ordenador con la mirada antes de golpearla, lo que debe de significar el récord mundial de lentitud mecanográfica, regresamos a casa agotadas y cabreadas.

Como abogada, sé que estas denuncias no van a llegar a ningún sitio. La que tiene más posibilidades de salir mal parada es Marta, por la agresión. María lo va a tener complicado, puede que gane y consiga que el alemán -si es que lo localizan cuando salga el juicio- pague una multa, pero a esas alturas su imagen desnuda habrá dado mil veces la vuelta al mundo.

Al llegar a casa, noto cómo Martín intenta retrasarse conmigo para despedirse, pero yo a estas alturas de la noche no quiero más que acostarme y pasar página. Cojo por el hombro a María, que sigue sollozando, y la llevo al cuarto, mientras Marta se sirve una copa y sale al balcón.

Hace una noche magnífica, preciosa, de las que siempre sueñas cuando piensas en una aventura romántica. “¡Qué pena no haberla podido completar con un beso debajo de las estrellas!”, pienso mientras abro el balcón para acompañar a Marta en sus cavilaciones.

Al sentirme a su lado, se gira muy despacio, me mira a los ojos y suelta una palabra que jamás había oído salir de su boca.

-¡Perdóname!

Debo de estar muy sensible. Me abrazo a ella y le doy un beso sonoro en la mejilla. Un beso de los que me plantaba mi tía del pueblo y que en el silencio de la noche retumba.

- No pasa nada, respondo.

- Pasar, pasar, algo pasa. Lo primero, que te he fastidiado el final feliz con el vecino -me suelta de forma pícara-, pero eso ya me lo contarás. Lo que ocurre es que estaba muy nerviosa, la noche en Waikiki estaba torcida desde que llegamos y tenía los nervios a flor de piel.

- ¿Por qué?

- Nada más llegar al chiringuito, me asaltó tu “querido” Martínez. Si me había parecido asqueroso en la playa, esta noche lo he confirmado.

- ¿Qué pasó?

- Si dejas de interrumpirme, te lo cuento. Se me acercó con esa sonrisa falsa de los hombres que están acostumbrados a conseguir todo y que tanto odio. Llevaba un mini iPad con la página de Facebook de Waikiki abierta. Me enseñó las fotos de la fiesta del día anterior. Salíamos las tres en casi todas. Debimos de ser un espectáculo de los que hacen época. Me preguntó si erais mis amigas. Me dijo que le sonaba mucho tú cara, pero que no estaba seguro. Respondí lo primero que se me ocurrió, que os conocí el otro día y que te llamas Lucía. De María no comentó nada, de momento.

- La verdad es que no sé si respirar aliviada. Por parece que no está muy claro que sepa quién soy.

- Lo malo vino cuando veo que en una de las fotos en las que aparece María basándose con el alemán hay un enlace externo. Pinché y empezaron a abrirse una y mil ventanas de páginas porno y, al final, apareció la famosa foto de nuestra amiga con el teutón entre las piernas. Teutón que estaba con sus amigos en la barra mirándonos. Arrebaté el iPad a Martínez y me acerqué con mi sonrisa más falsa hacia los alemanes. Les enseñé la foto y soltaron una risotada. Me puse de tan mala leche que le di un rodillazo en los mismísimos, me salió de forma instintiva.

-¡Ja, ja, ja, ja…!, perdóname, pero es que estoy visualizando la escena. Debió de ser tremendo.

- Tremendo para él, que cayó como un saco retorciéndose de dolor… El resto ya lo sabes.

Le doy un beso en la mejilla.

- ¡Gracias! Eres la mejor, como siempre.

“Tengo mucha suerte de tenerla a mi lado”, pienso mientras me acuesto.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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