Desnuda en Internet

Desnuda en Internet

Publicado por el jul 21, 2014

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“No pienso consentir que nada, ni nadie, me fastidie las vacaciones”. Con este pensamiento me levanté de la mesa en el chiringuito tras disfrutar de la mejor paella que haya probado nunca.

“¡Qué le den a Marcos, a Martínez, a Facebook y a Whatsapp!”, pensé mientras regresaba a casa. “¿Por qué demonios tengo que esconderme de nadie como si fuera una delincuente?”.

Con los acordes de “Human”, que interpreta de maravilla Cristina Perri, me despedí de mi ex compañero Mario y de su pareja, que ya estaban transformando el chiringuito en bar de copas para el concierto de la noche.

Mientras camino despacio de vuelta al apartamento, repaso de forma rápida mis primeros días de descanso con mis amigas, con mis mejores amigas.

La belleza del sitio que había elegido Marta -”es una preciosidad que está empezando a ponerse de moda, pero todavía conserva el aire auténtico de un pueblecito de pescadores”, me comentó-.

La gente que hemos conocido, como mi vecino Martín -un auténtico cielo de chico que me tiene que explicar qué paso la noche que amanecí a su lado-.

El reencuentro con mi compañero de facultad Mario, que resulta que es gay y nos trata como reinas en su chiringuito.

El misterio del hombre que lee apoyado en la montaña de arena con el sombrero Panamá -es otro de los temas que tengo que preguntar también a Martín, porque podría ser él o uno de sus compañeros de piso-.

En la parte oscura está Marcos, la tortura de mi ex, el castigo del que huía cuando me escapé con mis amigas. Sus malditos whatsapp reclamando hablar conmigo. La aparición en la playita paradisíaca del baboso de Martínez, mano derecha de Marcos, y la tortura de pensar que me ha podido reconocer mientras bailaba borracha con mis amigas en el chiringuito Waikiki.

Para colmo de males, María ha roto con su chico, Mauri, con el que llevaba saliendo dos años. Él la ha dejado con un mensaje por whatsapp. Y ella, en un arrebato, va y le manda una foto a su ex en la que aparece desnuda con un alemán entre las piernas.

La que mejor se lo está pasando es Marta, como siempre. Dos noches, tres aventuras con tres tipos distintos. Como siga a este ritmo superará, en menos de una semana, todas las historias de cama que he tenido yo en 43 años.

Cuando llego, Marta y María están en la terraza hablando con Martín a través de la mampara de separación de los apartamentos.

Creo que me acabo de poner colorada al verlo.

- ¡Hola vecina! ¿cómo estás?, me pregunta con una sonrisa de oreja a oreja. Me desarma.

- ¡Bien, muy bien, estupenda!

Me acerco despacio a Martín mirándolo a los ojos.

- Creo que me vas a tener que contar qué pasó anoche, le susurro al oído.

- Si lo quieres saber vas a tener que venir a cenar conmigo.

- Esto suena a chantaje.

- Yo pretendía que sonara a una cita, pero el que algo quiere, algo le cuesta.

No puedo evitar revolverle más su pelambrera anárquica en la que parece que no haya entrado nunca un peine.

- OK. Me recoges a las diez.

- Ya te puedes esforzar, Mar está acostumbrada a ir a sitios de mucho postín -sentencia Marta con sonrisa pícara mientras me guiña un ojo-.

Vestirse para una primera cita es complicado, aunque el anfitrión te haya visto desnuda nada más conocerte. Marta y María se han ofrecido a ayudarme, pero las he echado de la habitación. Quiero ser yo misma. Me inclino por una blusa palabra de honor con péplum que se me pega al cuerpo como una segunda piel y un pantalón slim feet de corte capri.

- ¡Uau! Estás espectacular, exclama María mientras Marta me da su aprobación con el símbolo de OK en su mano.

Martín ha sido puntual, lo que le da un punto más en su haber que tengo que sumar a los de divertido, simpático, atento y… “¿guapo?, sí, guapo”.

El restaurante que ha elegido es una preciosidad, parece un decorado salido de una película. Está en un pueblecito con apenas una veintena de casas, colgado en lo alto de un pequeño acantilado sobre la playa. En la línea del horizonte del mar se ve el reflejo de una luna casi llena. El camarero saluda con familiaridad y nos sienta en la mejor mesa, la de la esquina, que parece que flota sobre el acantilado. Durante el camino me ha contado que es ingeniero informático en una multinacional y que es el cuarto año que viene por la zona.

Cuando traen la carta se la cedo para que elija él. Me gusta poner ese reto desde la primera vez que quedo a cenar con un chico. Acertar es un punto más a sumar y fallar no es determinante, a fin de cuentas no me conoce de nada.

Martín es muy listo, acepta el juego. Cuando llega el camarero se levanta y le habla al oído.

- ¿Qué has pedido?, interrogo intrigada.

- Déjate llevar, responde sonriendo mientras coloca la servilleta encima de sus piernas.

- Estás muy seguro de ti mismo.

- No lo creas, suelo ser muy inseguro y me gusta tener todo controlado, pero contigo me gustan los retos. Pero cambiando de tema ¿qué es lo que querías saber de la otra noche?

Me mira fijamente, como si quisiera descubrir mi último pensamiento.

- Es muy sencillo, quiero saber qué paso.

- ¿Qué te gustaría que hubiera pasado?

- Veo que me va a costar conseguir la respuesta.

- ¿Hasta dónde recuerdas?

- Me acuerdo que salí del chiringuito huyendo de un alemán sobón y para despejarme porque había bebido cuatro copas. Que me senté en la playa y que no podía levantarme. Lo siguiente fue verme semidesnuda tumbada en la cama contigo.

Tuerce la boca de forma pícara mientras introduce los dedos en su desordenada cabellera.

- Me costó levantarte. Te llevé como pude hasta casa. Durante el camino no parabas de  decir cosas que no entendía.

- ¿Qué decía?

- Decías algo así como que “los hombres somos todos unos cabrones, pero que el más cabrón de todos era un tal Marcos”, supongo que debe de ser un ex novio o algo por el estilo.

No me gusta nada por dónde va esto, así que le interrumpo.

- Eso es lo de menos ¿qué pasó en tu casa?

- Te quité el vestido y te acosté en mi cama. Caíste como un saco. No pasó nada más. Me desperté y ya no estabas.

Lo miró fijamente, con gesto interrogante.

- ¿No me crees?

Sonrío aliviada.

- Claro que te creo, aunque había decidido no volver a creer a ningún hombre.

La cena ha sido fantástica, vino blanco, una ensalada templada con verduras de la zona y un pececillo de piel roja que se llama raor o galán. Me explicó Martín que es una especie autóctona y que está muy cotizado.

- ¿Nos tomamos la penúltima en Waikiki?, pregunta Martín.

- Claro.

El camino de vuelta se me pasa en un suspiro, como la cena. Es más de la una de la mañana.

El chiringuito está animado, como siempre. Acaba de terminar la actuación del día.

En nuestra mesa VIP veo los bolsos de Marta y María. Las busco con la mirada, las veo a las dos abrazadas junto a Mario, que habla con un guardia civil.

Me acerco rápido.

-¿Qué ha pasado?, pregunto asustada.

- El muy hijo de p… del alemán de ayer -contesta Marta- ha subido la foto desnuda de María a Internet…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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