Descubierta por Facebook

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Publicado por el jul 18, 2014

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Una buena ducha, zumo de naranja, vitaminas y una pastilla de ibuprofeno han conseguido derrotar a la resaca. Lo que no han logrado es devolverme la memoria de lo que he hecho la pasada noche. Mis recuerdos se borran entre el momento en que salí del chiringuito para intentar despejarme, después de beber cuatro copas -”¡ya te vale Mar!”, me recrimino a mí misma- y el despertar de esta mañana al lado de mi vecino Martín. Entre medias, solo soy consciente de una cosa: que he perdido mi bolso.

Para una mujer, perder el bolso equivale casi a perder la vida, no solo por la cartera con el dinero, la documentación y las tarjetas de crédito, que también. Es perder la vida porque almacenamos de todo, como si fuera un pozo sin fondo. Desde facturas a caramelos, pasando por tiritas y pastillas pero, sobre todo, por dos cosas básicas: el móvil, donde están todos nuestros contactos, y por la bolsa de “pintes”, con las sombras, el rímel, colorete, lápices de ojos, barras de labios, maquillaje y brochas. Los básicos para poder salir a la calle y no sentirte desnuda.

El sol está alto, el calor es pegajoso y mis amigas están dormitando. María intenta recuperar con el sueño la autoestima que ha perdido al mandar un selfie a su “ex chico”. Un selfie en el que aparecía desnuda junto a un alemán. Marta, por su parte, debe de estar agotada después de una noche de pasión con dos alemanes. Me acerco hasta Waikiki con la esperanza de recuperar mi bolso. El chiringuito, que por la noche es un bar de copas de lo más animado, al mediodía está especializado en aperitivos y paellas. No queda una mesa libre. “Mario se debe de estar haciendo de oro”, pienso mientras me acerco a la barra. Por los altavoces suena “All of me”, de John Legend. Me encanta esta canción, sin duda la mejor de este verano.

- ¡Hola guapa! ¿Eres la compi de Mario, verdad? -

Sí, respondo con mirada interrogante.

- Yo soy el compañero y socio de Mario.

Le doy un par de besos. Es un chico guapo, muy delgado, con coleta y que huele fenomenal a pesar de estar sirviendo comidas. “Mi amigo tiene muy buen gusto”, reflexiono.

- ¿No está Mario?, es que anoche me dejé el bolso aquí y estoy desesperada.

-¡Ahhhhh! ¿el bolso es tuyo? Lo recogió Mario al ver que estaba abandonado en la mesa VIP. Espera un momento.

Aprovecho para echar un vistazo a la playa, buscando el sombrero Panamá a lo lejos, en la frontera invisible que separa a los bañistas normales de los nudistas. Me doy cuenta de que debe de estar de moda, porque puedo divisar, en un primer vistazo, media docena de sombreros como el de mi hombre misterioso. “Soy una tonta al pensar que Martín era la persona que buscaba, puede ser cualquiera de los que están en la playa”, pienso.

- ¡Aquí está! ¿es este?

- ¡Sí! Muchísimas gracias. Me habéis salvado la vida.

- ¿Quieres tomar algo? Te preparo una mesa en ese rincón.

No tenía intención de comer, tan solo iba a beber algo, pero el olorcito de las paellas y la alegría de haber recuperado el bolso me impulsa a aceptar la invitación. Esto de tener un tratamiento especial en los sitios es maravilloso. Ahora entiendo lo que significa ser rico o famoso. No hay que esperar, te ponen en el mejor sitio y te sirven la mejor comida. La vista de la playa desde mi rincón VIP de Waikiki es magnífica. Corre la brisa, lo que hace que los 40 grados sean bastante más llevaderos. Mientras espero, abro el bolso para comprobar que está todo. De forma instintiva, cojo el teléfono. Lo enciendo y ahí está, un nuevo mensaje de Marcos.

- ¡Aquí la tienes! Es la mejor paella de toda la zona. Me interrumpe el compañero de Mario. – Si necesitas cualquier otra cosa, solo tienes que levantar la mano.

Sonrío agradecida, mientras la tortura de Marcos vuelve a instalarse en mi cabeza. Abro el whatsapp: “Eres demasiado importante para mí como para enfadarme por tu silencio. No estoy acostumbrado a que me ignoren, pero comprendo que sigas dolida conmigo. Solo te pido una oportunidad para explicarme, creo que después de diez años juntos deberías dármela, yo te la daría”.

“¿Se puede ser más prepotente?”, me pregunto. “¿Cómo puede pedir algo restregándome que no está acostumbrado a que lo ignoren? Sigue siendo el ser más vanidoso y egocéntrico del mundo. En lugar de suplicar, manda un mensaje exigiendo desde su posición de ombligo del mundo”.

Intento calmarme porque mi cerebro no está muy recuperado aún de la borrachera de ayer. La paella está realmente espectacular y todo a mi alrededor invita a la tranquilidad. El mar se mece suave y las mesas se han vaciado. Ahora suena “Heart to heart”, de James Blunt. Esto es maravilloso, no quiero saber nada del narcisista de Marcos.

- ¡Hola compi!, interrumpe mis pensamientos Mario. Se sienta a mi lado con un portátil.

- Muchas gracias por guardar el bolso, me has salvado la vida, digo mientras le doy un brazo.

- No tiene importancia. Venía a enseñarte las fotos de los dos últimos conciertos. Las subimos siempre en nuestra página de Facebook. Tus amigas y tú os habéis convertido en las estrellas.

Escucho y no sé si alegrarme o preocuparme.

- ¿Cuántos amigos tenéis en Facebook?

- Más de veinte mil. Yo lo utilizo para anunciar los conciertos, las fiestas temáticas… Por cierto, tenemos una fiesta romana dentro de una semana, y las ofertas gastronómicas. Pero nuestros seguidores suben fotos o comentarios.

La calidad de las imágenes no es muy buena, pero en muchas se nos ve a las tres bailando. La que más sale, como cabía esperar, es Marta, especialmente en el concierto de ayer, pasándose el hielo de boca en boca con los alemanes.

Mario sigue mostrando fotos. De repente cojo su mano para que pare. Se me ha cortado la respiración. Acabo de descubrir en una foto, acodado en la barra, al baboso de Martínez con sus amigos, mirándonos a María y mí mientras bailábamos.

- ¿Qué pasa, cariño? Te has puesto blanca, parece que hubieras visto a un fantasma.

No he visto a un fantasma, he visto un problema, pienso.

En estos momentos, seguro que Marcos sabe dónde estoy.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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