En la cama del vecino

En la cama del vecino

Publicado por el jul 17, 2014

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Un sable de luz entra por la ventana y atraviesa mis párpados, lo que me obliga a girarme en la cama para protegerme. Choco contra un cuerpo y abro los ojos asustada.

Aunque la habitación se parece a la que comparto con María, no la reconozco. Está completamente desordenada y la persona que duerme a mi lado no es mi amiga: es un hombre al que no veo la cara.

“¿Tanto he bebido anoche que no recuerdo nada?”, me pregunto a mí misma mientras la cabeza me recuerda los excesos con el alcohol.

“¡Recuerda, Mar!”, me ordeno, mientras giro la cabeza en busca de algún elemento que me descubra dónde y con quién estoy.

Veo mi vestido perfectamente colgado de una percha en la puerta del armario, el único signo de orden en toda la habitación.

El espejo de pie que hay al fondo de la habitación me refleja vestida tan solo por una braguita, con el pelo revuelto y el rímel corrido. Instintivamente, me cubro el pecho, aunque el “bello durmiente” no da señales de vida.

Aprovecho el espejo para intentar verle la cara. “¡Qué no sea el sobón alemán!”, suplico para adentro.

Estiro el cuello y descubro a Martín, que dormita feliz abrazado a la almohada.

Suspiro tranquila al ver que lleva puesto el calzoncillo, lo que garantiza que no ha pasado nada…

Martín me cae muy bien, tiene un buen cuerpo, me hace sonreír y parece muy atento. Lo que se intuye a esta hora de la mañana bajo su ropa interior tampoco pinta mal, todo hay que decirlo.

Me levanto muy despacio de la cama, intentado que no despierte. Recojo mi vestido, busco mis sandalias  y salgo de la habitación sorteando todo tipo de ropa por el suelo.

La cabeza me duele como si me estuvieran clavando miles de alfileres.

Me visto de forma apresurada, me dirijo hacia la puerta pero, al coger el picaporte, compruebo que no llevo el bolso. Me lo debí de dejar en el chiringuito… Horror. Confío en que el dueño, mi amigo Mario, me lo haya guardado. “¿Cómo demonios voy a entrar en casa sin llaves?”, me lamento.

Giro sobre mis pasos y salgo a la terraza. Con un poco de suerte, veré a alguna de mis amigas a través de la mampara. Mientras estoy fuera buscando signos de vida en mi apartamento, oigo ruido detrás de mí. En el salón. Será uno de los amigos de Martín, que abre la puerta de la calle y sale a correr.

Me armo de valor y decido saltar la mampara al más puro estilo británico en Mallorca. “Si alguien me dice que yo iba a hacer balconing, lo habría mandado a la mierda”. Acerco una silla para poder subir. Cuando estoy encaramada a la mampara, me viene a la cabeza la imagen del sombrero Panamá que ocultaba un libro y que vi hace dos días sobre la mesa de la esquina.

El sombrero no está. El libro, sí. En la distancia consigo distinguir el título, “La fuerza del viento”, pero no acierto a leer el autor.

Tiro las sandalias y paso a mi terraza de forma torpe, pero segura. Respiro aliviada, de momento, porque no puedo entrar en el salón porque está cerrada la puerta por dentro.

“Si hubiera salido por la puerta, podría tocar el timbre”, me lamento demasiado tarde. Ahora estoy a expensas de que se despierten Marta o María, si es que están en casa, porque no tengo ni las llaves, ni el móvil.

A través del cristal, veo dormitando a uno de los alemanes sonrosados con los que jugaba Marta la noche anterior en Waikiki. Golpeo el cristal y consigo despertarlo. Se levanta de forma muy pesada y tambaleándose llega a la puerta para abrirme. Huele que apesta a sudor y alcohol.

“¡Qué poco exigente es Marta algunas veces!”, pienso mientras me voy a mi habitación cruzando los dedos para que María no esté acompañada.

Al pasar delante del cuarto de Marta, la veo tumbada en la cama junto a otro de los amigos teutones, ambos completamente desnudos. “Llevamos apenas tres días de vacaciones y ya suma dos o tres conquistas, porque el del salón no tengo muy claro si fue descartado o también participó de la fiesta amatoria”.

María no está en la habitación. En otro momento me habría preocupado, pero hoy me duele demasiado la cabeza como para hacerlo, así que bajo la persiana y me tumbo en la cama mientras rezo para que las paredes se queden quietas de una maldita vez.

- ‘Auf wiedersehen’ chicos. Hasta pronto.

Deduzco que es Marta despidiéndose de su pareja de alemanes. Segundos después, entra en la habitación como un torbellino y se sienta a mi lado.

- No me aguanto. Me tienes que contar qué tal te ha ido la noche, porque cuando llegué no estabais ninguna de las dos… y veo que María no ha vuelto.

- Si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea de lo que ha pasado esta noche. Sólo sé que me he despertado en la cama del vecino, pero no recuerdo nada.

- Pero ¿nada, de nada?

- Nada de nada. Y espero que tampoco haya pasado nada de nada, porque hay cosas de las que quiero ser consciente y no hacerlas bebida.

La puerta de la entrada se abre, así que nos levantamos sobresaltadas. Es María. Al vernos, deja caer el bolso al suelo y estalla en llanto mientras nos muestra el móvil.

- He hecho una tontería grandísima.

- ¿Qué ha pasado? -interrogo claramente preocupada- ¿No te habrán violado?

- Mucho peor.

- No seas bestia María, mucho peor solo está la muerte, reprende Marta.

Entre sollozos, vuelve a mostrarnos el móvil.

- Esta noche, entre lo despechada que estaba porque mi ex me ha dejado por whatsapp y los gin-tonics, he cometido una locura; mejor dicho, tres locuras.

- ¿Tres locuras?

- La primera, liarme con un tipo al que acabo de conocer y del que no sé ni su nombre. Esa puedo digerirla. La segundo ha sido hacerme varios “selfies” desnuda con el alemán entre mis piernas.

- ¿Supongo que habrás tenido cuidado al hacer las fotos para que no se te vea la cara?-pregunta Marta con rictus de preocupación-. Nunca tienes que hacerte fotos comprometidas en las que se te pueda reconocer -sentencia-.

- Pero lo peor no es eso. Lo peor es que las fotos las he mandado por whatsapp a Mauri…

 

 

 

 

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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