La primera noche

La primera noche

Publicado por el jul 16, 2014

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- ¡Hola chicas!, levantad vuestros lindos traseros que hemos quedado.

Es Marta, que entra como un terremoto en el apartamento después de su aventura en la calita con los alemanes y los Martínez.

Miro el reloj, son las diez y media de la noche y aún hay algo de claridad.

- ¿Dónde estáis? ¿Hay alguien ahí?

María está en la terraza y yo, en la habitación. Creo que estamos las dos derrotadas. Derrotadas por el sol y por la tensión de los mensajes de whatsapp. La verdad es que no me apetece nada arreglarme para salir, me da mucha pereza, sobre todo, por la amenaza de encontrarme con el asqueroso de Martínez en cualquier lugar.

Oigo abrir la puerta de la terraza.

- ¡Esto no puede ser, María! ¿Crees que sirve de algo estar llorando por un imbécil que te ha dejado a través de un mensaje?

Me levanto como un resorte para ver qué pasa y apoyar a Marta a la hora de animar a nuestra amiga.

Lo del nuevo mensaje que he recibido de Marcos decido callármelo.

- Voy a tener que confiscaros el móvil… a las dos. No estamos aquí para estar tristes y tengo un plan magnífico, comenta entusiasmada.

- ¿Qué tal en la calita? -pregunto-. La verdad es que me quedé un poco preocupada al dejarte en la playa con tantos hombres luchando por lucirse delante tuyo dando patadas a un balón.

- El partido era lo de menos, ni entiendo, ni me gusta el fútbol. Me he quedado para conseguir información.

Desde luego, como decía mi abuela, Marta no da puntada sin hilo. Lo que a nosotras desde fuera nos parecen juegos frívolos siempre tiene un trasfondo más profundo.

- ¿Qué os pensabais? -nos pregunta con ojos pícaros- ¿Que buscaba una aventura? La verdad es que también la buscaba, de hecho le he echado el ojo a un alemán de dotación interesante y que manejaba muy bien la pelota… Pero, a lo que íbamos, lo que te interesa a ti, monina -me señala con el dedo-. El tal Martínez, que además de ser blandito es un sobón asqueroso que aprovechaba cualquier excusa para rozarse conmigo…

- ¡Qué asco! Solo de pensarlo me dan arcadas -interrumpo-.

- Sí, es un asqueroso. Lo que te quería contar es que está con su grupo de amigos en otro pueblo, a unos veinte kilómetros de aquí, en un “resort” de mega lujo. Me ha pedido el teléfono, debe de estar acostumbrado a salirse con la suya y que todo el mundo le diga que sí.

- ¿Le has dado el teléfono? ¿estás loca? -exclamo asustada-.

- Tranquila Mar. Efectivamente, le he dado el teléfono, como hago siempre con los pesados, es la mejor manera de que te dejen en paz porque piensan que han triunfado. Pero hay un pequeño detalle: he cambiado el último número.

- ¡Menos mal!, respiro aliviada.

- A lo que iba antes de encontraros hechas un guiñapo a las dos. Tenéis o, mejor dicho, tengo media hora para arreglarme, porque vosotras solo tenéis que vestiros. Hemos quedado con los alemanes en Waikiki. Necesitamos tomarnos una copa para volver a la vida.

- O más de una -sentencia María con una sonrisa-. Nos sentará bien descontrolar un poco.

Waikiki está animadísimo, actúa “Pharaon del Twist” y está la gente bailando por todas partes.

Mi amigo Mario, que parece que tiene un radar para localizarnos, ya nos ha cogido de la mano para acercarnos a nuestra mesa reservada junto al escenario. Marta retuerce el cuello en busca de sus alemanes. El “rastas” de la noche anterior la mira suplicante, el pobre no sabe que ha pasado a la reserva.

La primera copa nos la bebemos las tres prácticamente de un trago. “¡Hay que entonarse rápido!”, había ordenado Marta mientras saludaba en la distancia a su banda germánica para que se acercara.

Eran cuatro “armarios empotrados”, de piel incandescente por el sol, rubios y con los ojos claros.

Con la segunda copa ya estábamos bailando como locas. Marta se restrega contra su teutón de una manera más que insinuante mientras juega con los hielos de la copa en su boca de forma provocativa.

Los alemanes nos manejan como si fuéramos una pluma, nos agarran y nos voltean sin parar. Lo que, unido a la tercera copa, empieza a marearme.

Me ha parecido ver al vecino al final de la barra. “Pobre Martín, lo he dejado colgado esta mañana después de lo bien que lo pasé ayer por la noche con  él”.

Me separo del “armario germano de dos cuerpos” que no para de sobarme, empieza a ser un poco pesado y no me hacen ninguna gracia sus toqueteos, más allá de que esté un poco borracha.

María se está besando desesperadamente con otro alemán y veo cómo Marta juega a pasarse un hielo de boca en boca con la pareja teutónica con la que está bailando.

No me encuentro nada bien, a pesar de lo cual pido una nueva copa. Decido salir a la playa a que me dé el aire.

Comienzo a pasear por la orilla con los tacones en la mano. El vestido vaporoso que llevo se me pega al cuerpo por el sudor. Llego hasta la montaña de arena de mi hombre misterioso, decido sentarme y apoyar la espalda en ella mientras escucho el mar.

“Debo de tener una pinta horrible”, pienso. Nunca bebo más de dos copas, y hoy llevo cuatro.

La primera vez que me emborraché fue con Marcos. Quise ser moderna y cada vez que él pedía una copa yo hacía lo mismo. El resultado fue la noche más patética que recuerdo. Acabé vomitando en su coche. Recuerdo que fue encantador, me llevó a su casa, me quitó el vestido para limpiarlo… Ahí me quedé yo en ropa interior, observándole con admiración y deseando que me besara. Me ayudó a ponerme una camiseta, mientras me tumbaba en la cama. Esa noche ni me tocó, creo que ni siquiera me dio un beso, se comportó como un maldito caballero cuando lo que yo deseaba era que se acostara conmigo. A la mañana siguiente, me moría de vergüenza, así que nada más despertar me puse el vestido, que estaba húmedo aún, y me escapé a casa. Creo que ese día me enamoré de él.

Sonrío recordándolo. “En el fondo Marcos no es tan malo”, pienso.

Intento levantarme de la arena, pero no puedo, mi cuerpo no responde.

- ¿Te ayudo?

Una sombra estira los brazos hacia mí para cogerme de las manos.

Es Martín.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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