Los Martínez son unos guarros

Los Martínez son unos guarros

Publicado por el jul 15, 2014

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Es el colmo de la mala suerte. Si algo puede salir mal, sale peor. Eso me acaba de pasar a mí.

¿Hay algo peor que huir de la gente y encontrarte con uno de los personajes que más odias?

La cala a la que nos habíamos escapado no podía ser más idílica, el remanso de paz perfecto en el que olvidarnos de todo y reflexionar sobre los malditos whatsapp. Sin embargo, el desembarco de Martínez me ha descompuesto. No solo porque me recuerda al mentiroso de Marcos, sino porque es un ser repugnante en sí mismo.

El personaje representa en gran medida lo peor de mi pasado. Ha estado siempre a la sombra de mi “ex”, tapando sus engaños, cuando no facilitándolos como un alcahuete. Lo que más me fastidia es que, si me reconoce, va a tardar un segundo en cotilleárselo, y es lo que menos me apetece.

Me vine a este pueblo con mis amigas huyendo de él, de mi pasado, de los diez años de engaños, de los cuernos que me ponía y que yo no veía, o no quería ver.

- ¡Dios mío!, ¿qué hago?

Me lamento en voz alta mientras me calo la pamela hasta las cejas para ocultarme, al tiempo que invito a María a que me imite. A la única que no conoce es a Marta que, como siempre, toma la iniciativa para afrontar la situación.

- Poneros las dos de espaldas. Dudo que sea capaz de reconocer vuestros bonitos traseros.

- ¡Ya me gustaría que mi culo se pareciera al de Mar!, suspira María con una sonrisa.

- Culos aparte -continúa Marta-, vamos a recoger nuestras cosas y nos vamos a ir hasta las rocas donde están los hippies. Los personajes que han bajado con el tal Martínez tienen una pinta de pijos odiosos, que echa para atrás. Así que no creo que se acerquen a la comuna hippie.

Esperamos unos minutos a que los recién llegados monten su campamento. Se instalan cerca de un grupo de alemanes que celebran la victoria de su selección en el Mundial de Brasil, y que ya empiezan a dar muestras de borrachera. “Un ejemplo claro de la superioridad alemana”, pienso.

- Los Martínez son unos guarros -sentencia Marta-. Son los típicos que viene a estos sitios a ver chicas desnudas, porque me apuesto lo que quieras a que no se quitan el bañador.

- Nosotras tampoco estamos desnudas -observa María-, aunque después del whatsapp de Mauri me están entrando ganas de probar y mandarle una foto para que se entere de lo que se ha perdido el muy imbécil. ¡Mira que dejarme por mensaje!

- Apruebo la moción. Todas en pelotas -anima Marta-.

- Lo siento, pero a mí ya me habéis llevado al territorio topless y no pienso pasar al siguiente estadio. Por mí, podéis exhibiros como queráis, pero a mí me dejáis en paz.

Montamos nuestro campamento en una zona protegida entre las rocas, lo que nos permite observar la playita en toda su extensión y tener controlados a los Martínez.

Me siento en la toalla con los auriculares y la música a todo volumen.

Marta comienza con su ritual del bronceador, esta vez, además, completamente desnuda.

- ¡Por favor, Marta! Intenta ser discreta.

Demasiado tarde, ya la está mirando toda la playa. Desde los hippies, a los Martínez, pasando por los alemanes borrachos que empiezan a jalearla a lo lejos.

- Tranquila, Mar. Está todo planeado. A partir de ahora nadie os mirará a vosotras. Además, me apetece practicar mi alemán, lo tengo muy oxidado.

Marta se recoge el pelo en una coleta alta y se marcha a dar un paseo. La mayoría de los hombres presentes la devoran con los ojos, lo que provoca más de una mueca entre las féminas presentes en la calita.

“Hay que reconocer que tiene un cuerpo espectacular”, pienso, mientras observo cómo se aleja jugando con las olas por la orilla. Intento tranquilizarme y me tumbo a tomar el solpara olvidar el apuro en el que estoy metida.

Las horas pasan lentas, no paro de mirar el reloj esperando a que lleguen las ocho para coger la lancha de regreso.

El problema será embarcar evitando a Martínez, sobre todo ahora que Marta se ha convertido en la estrella de la calita.

Pero siempre infravaloro a mi amiga. Se presenta media hora antes de la hora de irnos en compañía de un par de alemanes cocidos por el sol y por el alcohol.

- ¡Hola chicas!, lo tengo todo pensado. Cuando llegue la barca os subís vosotras dos, yo me quedo aquí con mis buenos amigos germanos, que han prometido sacarme de aquí en su zódiac. Vosotras pasaréis desapercibidas en la cola que espera para marcharse. Los Martínez tampoco tienen mucha prisa, también tienen lancha propia. Además, mis nuevos colegas alemanes acaban de retarles a un partido de fútbol. Ya sabéis, el partido de los dos últimos campeones del mundo: España y Alemania. Lo cierto es que los hombres son muy simples: pones mujeres, alcohol y fútbol, y te los llevas a donde quieras, sentencia.

Una vez más, me inclino ante Marta. Su plan es sencillamente perfecto.

Embarco con María en la lancha y observo, mientras nos alejamos, el partido de fútbol en la arena con Marta jaleando a los alemanes como si fuera una teutona más.

Entro en casa soñando con una ducha. Tantas horas al sol y la tensión por evitar ser descubierta, me han dejado agotada. Tiro el cesto de la playa encima de la cama y el móvil suena. Acaba de entrar un whatsapp.

“Veo que no quieres saber nada de mí, que me has borrado de tu vida. Pero yo necesito hablar contigo. Un beso. Marcos”.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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