Cuernos por Whatsapp

Cuernos por Whatsapp

Publicado por el jul 14, 2014

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¡Pobre Martín, con las ganas que tenía de coquetear con él! Lo he dejado con un palmo de narices en el balcón. Pero hay cosas más urgentes que sentir cosquillas en el estómago.

Lo que le acaba de pasar a María -su chico la ha dejado a través de un mensaje- es lo peor. No nos lo esperábamos ninguna: parecían la pareja perfecta, siempre de la mano, dándose achuchones en cada esquina. En más de una ocasión, les habíamos llamado la tención porque el nivel de pasteleo era insportable. De hecho, Marta se había negado a salir con nosotros cuando estaban los dos juntos: los “cari” con los que se dirigian el uno al otro la sacaban de sus casillas.

De pareja perfecta, en un “pi-pi” del móvil, han pasado al desastre.

Estoy empezando a coger manía al maldito Whatsapp, mensajero de desgracias, que nos desestabiliza y arrastra al autismo. La tecnología nos ha facilitado la vida, pero hemos pagado un peaje demasiado alto. Vivimos pendientes del móvil y nos hemos olvidado de vivir. Las noticias entran sin anestesia, con un sonido previo bastante desagradable que anuncia la llegada de un mensaje.

Después de lo de María, el mensaje de “Necesito hablar contigo” que me mandó el mentiroso de Marcos suena a chiste.

“¡Que le den a Marcos y a todos los tíos!”, concluyo.

Al final, la mejor actitud va a ser la de Marta, que después de mil intentos de relación y un matrimonio fracasado, ha decidido beberse a los hombres como si fueran vasos de agua.

La pérdida de su inocencia, el entierro de la ñoñería en el local de intercambio de parejas con veintiún años mientras hacía un reportaje de “swingers”, fue el punto de partida de la mujer segura de sí misma que es ahora.

Aquel verano de hace veinte años Marta acabó liándose con su redactor jefe. Ella dice que fue por su belleza intelectual, está claro que por la física no podía ser -me enseñó fotos: tenía un poco de chepa y estaba fondón-. Estoy convencida de que se dejó seducir más por la erótica del poder y por las fuertes emociones que vivió a su lado que por ningún tipo de belleza -ni interior, ni exterior-.

Inició su carrera profesional en una revista en la que entrevistó a todo tipo de famosos. Siempre me hizo gracia la forma en la que cuenta cómo acabó en la cama con un cantante sin darse cuenta. “Nada más llegar, me invitó a sentarme a su lado en el sofá con la excusa de que la grabadora recogiera bien el sonido. Antes de darle al “play” ya había colocado su mano encima de mi rodilla de la forma más natural. En la tercera pregunta, su mano ya se abría camino a través de la cinturilla de mi minifalda y jugaba con mi tanga. Y a los cinco minutos, tenía la otra mano desabrochándome la camisa mientras su boca me besaba el cuello”. Marta confiesa que le gustó la experiencia y que la entrevista ha sido una de las mejores que ha hecho. Siempre hace el chiste de que eso es lo que se entiende como una “entrevista en profundidad”, aunque eso nunca te lo enseñan en la facultad.

Para superar la crisis del whatsapp de María, decidimos escaparnos a pasar el día lejos del pueblecito. No tenemos ganas de gente, ni de chiringuitos.

- Marcel me ha hablado de una calita preciosa a la que sólo se puede llegar en lancha.

- ¿Marcel, quién es Marcel?, interrogo.

- Marcel es el “rastas” con el que he dormido esta noche, al que conoces perfectamente -me dice mientras me guiña el ojo-.

- ¿Cómo vamos a ir a esa cala si no tenemos lancha?, pregunta María con toda la lógica del mundo.

- Hay un servicio de transporte que sale a las doce y te recoge de vuelta a las ocho de la tarde. También cabe la posibilidad de pasar la noche allí y regresar al día siguiente, contesta Marta.

Y aquí estamos las tres, después de media hora de trayecto en barca, sentadas al borde del mar mientras las olas nos acarician los pies.

La cala es una preciosidad, rodeada de acantilados, con una comuna de hippys en un extremo y varios grupos dispersos de gente entre los que predominan los nudistas.

María no para de repasar la vida que parecía perfecta con su chico. Es curioso, era simplemente “mi chico o el chico de María”, cuando en realidad se llama Mauricio, Mauri para los amigos. Pero claro, con ese nombre, casi suena mejor “mi chico”.

- La verdad es que no sé qué hacer, se lamenta María.

Marta la abraza por los hombros de forma cariñosa y acaricia su cabeza.

- Se pueden hacer dos cosas: aceptarlo o pelear por algo que nunca volverá a ser lo mismo. Mi consejo, y ya sé que es muy fácil decirlo, es que pases página.

- ¡Qué sencillo lo pintas! Pero se te olvida una cosa: yo lo quiero.

- Tú le quieres y él a ti no. Vamos a relajarnos y verás cómo todo lo ves de otra forma está tarde. Además, aquí no hay cobertura, no podemos enviar ni recibir ningún maldito whatsapp.

La paz de la calita la interrumpe de pronto el ruido del motor de una lancha que vara en la orilla muy cerca de nosotros. De la embarcación bajan a la arena un grupo de ocho personas. Mis ojos se quedan clavados en uno de ellos y, por un momento, se me corta la respiración.

Agarro del brazo a Marta y señalo con la barbilla a uno de los que desciende.

- ¿Quién es?, me pregunta, mientras María se tapa la boca sorprendida.

- Es Martínez, la mano derecha de Marcos. Un baboso cuya única misión en esta vida es hacerle la pelota al imbéciles de mi ex. ¡No me lo puedo creer! -exclamo mientras inclino la cabeza entre mis rodillas-. Y nosotras atrapadas en la cala sin poder escapar hasta las las ocho de la tarde…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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