Ajetreo en la habitación de al lado

Ajetreo en la habitación de al lado

Publicado por el jul 11, 2014

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La noche ha sido movidita en la habitación de al lado. Marta nunca pierde el tiempo: objetivo al que apunta, objetivo que caza.

A veces me gustaría ser tan descarada como ella y aparcar mis miedos y mis vergüenzas, pero no se pueden borrar los principios de la noche al día o, por lo menos, yo no sé hacerlo. Reconozco que el coqueteo previo es divertido y no me cuesta, creo que las mujeres nacemos con ese gen incluido en nuestro ADN.

Con Martín la noche fue divertida, apenas hablamos, porque la música no lo facilitaba, pero me reí mucho; lo necesitaba. Consiguió que el virus del verano se asentará en mis venas de forma definitiva. Adiós al trabajo, a los agobios y… ¿Adiós a Marcos?

Mientras bebía y me dejaba acariciar la espalda por Martín con la excusa de que estábamos bailando, el whatsapp de mi ex también había desparecido de mi cabeza.

Me preparo un café, salgo a la terraza a contemplar el mar mientras el pueblo empieza a desperezarse. “Estaría bien escuchar el ¡hola vecina! de ayer”. Inconscientemente, me miro en el cristal de la puerta de la terraza para ver cómo estoy.

Estiro mi camiseta semitransparente para que se ajuste a mi cuerpo y marque más el pecho. Observo mis piernas y los cachetes del culo que quedan al descubierto con mis braguitas brasileñas. “Realmente estoy muy bien para tener 43 años, voy a tener que empezar a pensar que mis amigas tienen razón cuando me lo dicen”.

A través del cristal de la puerta se ve el salón y, al fondo, la cocina americana. Alguien ha abierto el frigorífico, pero no parece ninguna de mis amigas. Creo que es el ligue de Marta con el que nos ha dado una serenata de gemidos esta noche.

Se incorpora una segunda figura a la escena, parece Marta. Lleva una batita blanca. Abraza al hombre por detrás y le obliga a volverse hacia ella.

Me parece que voy a asistir a una escenita en directo.

El chico es el hippy de las “rastas” con el que estuvo tonteando mi amiga en “Waikiki” las dos últimas noches. Tiene un cuerpo delgado, con músculos largos y completamente bronceado, no hay huella de ninguna marca de bañador. “Este es un descendiente de Colón”, sonrío al recordar la explicación de Marta sobre los nudistas del fondo de la playa.

La batita de Marta cae al suelo mientras los dos se funden en un abrazo y sus bocas se buscan de forma desesperada. Él la maneja como si no pesara nada, la coge con sus brazos y la gira para abrazarla por la espalda.

Marta levanta la cabeza y me ve detrás del cristal. Me sonríe de forma cómplice, se gira con delicadeza, aparta un poco al “rastas” y lo coge de la mano para guiarlo de nuevo hasta la habitación.

Ver estas cosas no es nada recomendable después de una noche de coqueteo con tu vecino y, sobre todo, después de meses sin sexo, porque despiertan partes de mi cuerpo que había olvidado.

En vista de que no llega mi ansiado “¡Hola vecina!”, soy yo la que se acerca a la mampara de separación para explorar la terraza colindante.

Como era de esperar, aunque solo llevan dos días, ya parece una leonera. Las tollas están tiradas encima de las sillas, junto a bañadores prensados como una bola, camisetas y chanclas. Todo esto acompañado por latas de cerveza vacías. “Qué típicos y previsibles son los hombres”, pienso.

Cuando ya me retiraba, al no ver ningún ser vivo, mis ojos se quedan clavados en algo. Encima de la mesa de la esquina hay un sombrero Panamá encima de un libro.

El corazón me da un vuelco y la cabeza se dispara hacia el hombre misterioso de la playa. Con mi mirada, busco desesperadamente entre los bañadores desperdigados uno de color azul, pero no lo encuentro. No me lo puedo creer: ¿la persona con la que fantaseo desde que he llegado a este pueblo es mi vecino?

Mis pensamientos los interrumpe el ruido de la puerta de la terraza al abrirse detrás mío.

- ¡¡Mar!!

Me giro como un resorte al oír a María que me llama entre sollozos.

- ¿Qué ocurre, cariño?

Mi amiga se abraza a mí mientras entre pucheros me enseña un whatssap en su móvil.

Veo que es un mensaje de su chico, un alto ejecutivo de un banco español destinado en Brasil con el que lleva saliendo hace dos años.

“Querida María -leo-, porque para mí siempre serás mi querida María -esto empieza mal, suena a despedida, pienso-. Te quiero demasiado para tenerte engañada y no me sale mentirte: creo que ya no estoy enamorado de ti. Lo fácil habría sido seguir esta relación en la distancia, pero medio año en Brasil, aunque nos hayamos visto cada dos meses, me han servido para comprender que lo nuestro no tiene futuro. Entenderé que me odies por decírtelo de esta manera, pero no me parecía justo mantenerte engañada. Mil besos”.

- ¡Menudo hijo de… su madre! -exclamo-.

- Seguro que ha conocido a otra por ahí que le dice a todo que sí, con tetas de goma y un culo espectacular. Lo sabía: la última vez que vino estuvo frío, poco cariñoso, casi lo tenía que forzar para que se acostara conmigo después de más de dos meses sin vernos. Pero no quise darle importancia. Lo justificaba por el jet lag.

Abrazo con fuerza a María.

No hay mal que por bien no venga.  Ahora ya estamos las tres solteras, las tres liberadas.

- ¡Hola, vecina!, escucho a mi espalda mientras seco las lágrimas de mi amiga…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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