Colón habita al final de la playa

Colón habita al final de la playa

Publicado por el jul 8, 2014

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- ¡Mar,  cariño, hazme un favor!, me dice Marta mientras se pone de rodillas a mi lado tras  su sesión de exhibicionismo playero mientras se aplica el bronceador.

- Claro, Marta, ¿qué quieres?

Según respondo me doy cuenta de que he cometido un error. Mi amiga no pregunta, da órdenes. Órdenes que suelen conllevar un sacrificio o renuncia por mi parte. Así que ya me veo cediendo de nuevo en alguna de mis costumbres.

- Estamos a seiscientos kilómetros de Madrid, en una playa en la que no conocemos a nadie.

- Eso no es cierto, interrumpo. Conocemos a Mario, el camarero de “Waikiki”, mi compañero de facultad.

- Ese no vale, es gay y hace casi veinte años que no sabías de él. De hecho es prácticamente igual que sí lo acabaras de conocer. Así que, como te iba diciendo, hazme un favor, insiste.

- ¿Qué quieres?, respondo resignada.

- Mira a María y mírame a mí.

Hago caso y observo a las dos. María está tumbada en su toalla con los cascos puestos escuchando música mientras ojea una revista del corazón. Marta sigue de rodillas a mi lado.

- Os tengo muy vistas, prácticamente me conozco cada detalle de vuestra cara, sería capaz de reconoceros con los ojos cerrados.

- Míranos a nosotras y mírate tú, insiste Marta mientras empieza a perder la paciencia -una virtud que jamás ha tenido-.

Vuelvo a mirarlas y no veo nada.

Marta estira el brazo y de forma rápida me quita la parte de arriba del bikini.

- ¿Qué haces?, le reprocho asustada mientras me cubro el pecho.

- Ahora ya estamos las tres iguales, en topless. Tus tetitas -nunca mejor dicho, apenas tengo una 80 de pecho, aunque me empeño en comprarme sujetadores de la 85 que nunca lleno- te lo van a agradecer, sobre todo cuando te pongas escotes. No hay cosa más fea que las marcas de bañador cuando una se viste. Tranquilízate, nadie se asusta de ver unas tetas hoy en día en la playa.

Me tumbo resignada, me pongo los cascos con la música de Keane a tope y procuro olvidar mi estado de semidesnudez.

Creo que me he quedado traspuesta, porque abro los ojos y me veo sola. Marta y María se han debido de ir a dar un paseo o a tomar algo. Levanto la vista para buscarlas. No están en el chiringuito cercano, tampoco las distingo en la orilla, ni están tonteando con algún grupo de chicos.

Miro al fondo de la playa, en la parte más alejada del pueblo. Sin querer, mi vista se detiene en el lugar donde habita el hombre que lee recostado sobre una montaña de arena, pero no lo veo, aunque creo distinguir el montículo en el lugar habitual.

Decido ir a dar un paseo con la excusa de buscarlas, pero en realidad es una incursión para intentar descubrir al hombre misterioso. Mientras lo pienso, siento que me recorre un escalofrío por la espalda.

¿Porqué me pongo nerviosa con sólo pensar en él?

Llego a la altura del montículo y veo su toalla extendida, junto a un macuto y un libro que asoma debajo del sombrero Panamá. Me hago la distraída, intentó averiguar el título del libro, pero sólo alcanzo a distinguir parte de la ilustración de portada, un niño en una roca antes de lanzarse al mar. Si fuera más valiente levantaría el sombrero para ver el título.

- ¡Hola!, escucho a mi espalda la voz de María.

- No dejes de ir al fondo de la playa, el espectáculo merece la pena. Es un territorio en donde residen los descendientes de “Colón”, comenta Marta.

- ¿Los descendientes de Colón?, pregunto.

- Sí hija. Los “colonos”, así llamo yo a los que practican el nudismo -me explica Marta-. La gente práctica el nudismo por tres razones básicas: narcisismo, naturismo o exhibicionismo. Estos últimos son los más colones de todos, van desnudos para que todos los veamos. Pues bien, mi querida Mar, en el fondo de la playa hay una buena colección de descendientes de Colón pertenecientes a la categoría exhibicionista.

Miro al fondo intentando divisar, pero decido regresar con ellas a nuestras toallas. Mientras volvemos, miro a todos los hombres con los que nos cruzamos intentando de averiguar quién puede ser el que empieza a obsesionarme…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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