Provocando con el bronceador

Provocando con el bronceador

Publicado por el jul 7, 2014

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“¡Cómo le gusta a Marta exhibirse!”, pienso, mientras contemplo cómo se extiende el  bronceador, retadora, de pie, para que la pueda ver todo el mundo. Pasa lentamente las manos por sus pechos. No tengo muy claro si la admiro por su descaro o la odio por ese punto ordinario que tiene en algún momento. Lo que ocurre es que, después de 43 años juntas, he descubierto que debajo de ese aire de superficialidad provocadora hay una persona maravillosa.

En algún momento he llegado a pensar que lo mío hacia ella es pura envidia, pero lo he descartado siempre. Sé positivamente que nunca podría ser como ella y, además, no quiero serlo.

Yo sería incapaz de saltar de un hombre a otro con la facilidad con la que lo hace ella. Pero Marta no ha sido siempre así. Yo tengo la fama de ñoña, pero en la adolescencia ella me ganaba. Vivía en las nubes, soñando con príncipes, empeñada en escribir poemas de amor doliente en los que el sufrimiento siempre era el denominador común.

Lo cierto es que Marta llegó a la facultad sin haber salido con ningún chico, mientras que yo ya había tonteado con más de uno durante los veranos. Casi podría asegurar que prácticamente nadie la había besado hasta entonces.

Todo cambió en su primer año de practicas en verano, en tercero de carrera. Fue en un periódico de provincias. Allí se le quitó de golpe la tontería. La enviaron a cubrir sucesos en la sección local, donde tenía un redactor jefe cuarentón, que no paraba de mandarla a cubrir los reportajes más canallas: violaciones, pedofilia, explotación sexual en clubes de alterne, entrevistar a la “Mariloli” – una madame de 60 años que regentaba un puticlub en el puerto al que iban todos los marineros al tomar tierra- o aquel reportaje en un club de intercambio de parejas por el que le dieron su primer premio periodístico con tan sólo veintiún años.

Ese verano Marta despertó de la mano de su jefe y metió en un cajón toda la ñoñería y los poemas románticos que la habían acompañado hasta entonces.

Cuando le propuso hacer un reportaje sobre “swingers”, Marta aceptó sin dudarlo, pero sin saber exactamente de qué iba eso. El problema vino cuando su jefe se empeñó en acompañarla y le explicó el funcionamiento de este tipo de locales: sólo pueden entrar parejas. No supo o no quiso dar marcha atrás, y se plantó en la entrada de ese antro dispuesta a encontrar una historia. Una historia que sólo yo sé que es el relato en primera persona de la propia Marta.

En aquel club de intercambio de parejas Marta aterrizó en la cruda realidad, empujada por su jefe y por su obsesión por no defraudar. En un cuarto oscuro pasó del mundo de los sueños románticos a la más dura y cruel edad adulta. Tragó saliva y se sumergió en las perversiones sexuales sin haberse acostado antes con ningún hombre.

Desde entonces se inmunizó de todo y contra todo, una vacuna que le ha llevado a vivir mucho y de forma muy intensa, a pesar de que cuando salió de allí vomitó. Con es vómito enterró el pasado y se lanzó por una senda que, de alguna manera, la ha llevado a ser lo que es ahora, una profesional de éxito encantada de usar a los hombres como objetos para obtener placer.

Y aquí estamos, veinte años después de aquello, en la playa, junto a María, en nuestro segundo dia de vacaciones, observando una nueva muestra de su descaro. Con todos los hombres de nuestro alrededor mirando con la boca abierta mientras se embadurna de bronceador sus  pechos, que parecen haber pactado contra las leyes de Newton para desafiar a la gravedad de forma insultante.

-¿Podrías ponerte la crema sentada en la toalla como todo el mundo?, le reprocha María algo incómoda al ver el revuelo que se está formando.

Marta la mira sonriendo y responde de forma descarada.

- Ahora ya saben todos en las playa que estamos aquí.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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