Viviendo con un mentiroso

Viviendo con un mentiroso

Publicado por el jul 3, 2014

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- ¡Hola! ¿Qué te pongo?

Me giro para responder. Me encuentro a un camarero de aspecto limpio, con la cabeza afeitada y vestido de blanco, lo que realza aún más sus dientes “profidén”.

Lo cierto es que llevo cerca de media hora apoyada en la barra observando el panorama de un chiringuito sorprendente, decorado con mucho gusto, que atiende hasta el último detalle. La música es fresca, sin pretensiones, de las que se te mete en las piernas para que el cuerpo empiece a moverse de forma autónoma, seguramente no del gusto de los puristas, pero perfecta para el verano.

El público parece integrado en el decorado, como salido de un casting para una serie de televisión: combina a la perfección todo tipo de tribus, pero todas unidas bajo un punto común, son “gente guapa” y, como siempre dice María, limpia, que es lo más importante.

Lo único que no le pega y le da un toque hortera es el nombre, “Waikiki”. Supongo que es la perfección de lo imperfecto.

- ¡Yo te conozco!, grita el barman con los ojos muy abiertos.

Lo miro de forma sorprendida porque las relaciones sociales no son precisamente uno de mis fuertes. Todo lo contrario a Marta, que conoce a miles de personas, por ser periodista de prensa rosa y por su “habilidad” para intimar con todo tipo de personas, especialmente los de sexo masculino.

- Sí, mujer, éramos compañeros en la facultad, cuando estudiábamos ADE. Soy Mario, ¿no te acuerdas de mí?.

Muevo la cabeza negando.

- Es normal. En la Universidad era gordito y blandito, de esos personajes transparentes para el grupo de los guapos. Me sentaba detrás tuyo, pero claro, tú solo tenías ojos para Marcos. Bueno, tú y todas las mujeres de la facultad. No he conocido a ningún tipo con tanto tirón, un magnetismo que como veo en la prensa económica le ha aupado a la elite empresarial. ¿Qué sabes de él?

-  Hace tiempo que no lo veo. Ponme un gin-tonic y luego hablamos, que te veo muy ocupado, le respondo de forma incómoda.

Siempre aparece Marcos, el hombre diez, el que deja marca en toda la gente y que me tuvo engañada durante doce años, diez de ellos casados.

Yo era la chica que se sentaba en primera fila para tomar apuntes, que no faltaba ni un día a clase, que preparaba concienzudamente los trabajos y los casos que nos encargaban.

Él era, sencillamente, perfecto. Se le veía sin querer, destacaba por su altura, su belleza y su sonrisa, siempre sonreía.

El día que se me acercó para que entrara en su grupo para hacer un trabajo de clase me sentí la más afortunada del mundo. De hecho se me cayeron los apuntes de lo nerviosa que estaba.

Con el tiempo, he descubierto lo tonta que era y lo listo que es él. Me utilizó para sacar adelante la carrera, para pasarle apuntes, hacerle trabajos y ayudarle a comprender las asignaturas más hueso. En compensación, me invitaba a fiestas a las que nunca iba.

Todo cambió el día que me pilló leyendo en el periódico una reseña sobre el concierto de Génesis en el Calderón. Me encantaba Génesis y me sigue entusiasmando. Al día siguiente, en un cambio de clase me deslizó un sobre en la mano -el calambre al sentir su mano erizó todo el vello de mi cuerpo-. Era una entrada para el concierto y no pude decirle que no.

Todavía me tiembla la piel al recordar cómo me cogía de la cintura para que no me separara de él durante la actuación o cómo me cogió y me subió en sus hombros como si fuera una pluma. Tengo que tragar saliva al imaginar de nuevo la forma con la que secaba el sudor de mi espalda -¿cómo consiguó saltarse mi camiseta para colocar su mano sobre mi piel?-. Todo era muy fácil: estaba con el chico diez en el lugar perfecto.

Cuando me besó me quedé petrificada, pero me gusto. Me gustó tanto que me pasé el resto del concierto buscando su boca para volver a beber en ella. No quería que sus manos dejaran de tocarme y rezaba para que el concierto no terminara jamás.

Ahora, con la distancia y la madurez, comprendo que ese primer beso me anestesió y he vivido dormida hasta que Marta me demostró con pruebas que estaba viviendo con un mentiroso.

Marta y María, que no han parado de bailar desde que entramos en “Waikiki”, y ya han conseguido hacer una buena corte de seguidores que no les quitan ojo, se acercan a la barra.

- Mar, este sitio es una mina, me dice feliz.

- ¿Una mina de qué?

- Una mina de hombres dispuestos a pasarlo bien, solo tenemos que elegir a los más divertidos, pero de momento voy a tomar algo.

Me arrrebata mi copa para dar un sorbo mientras llama la atención de Martín, el camarero, el excompañero que ha resucitado el origen de mi doloroso pasado. Les presento. María se acuerda de él perfectamente, quizás porque ella también era la “tribu” de las gorditas blanditas cuando estábamos en la facultad.

Marta se vuelve hacia mí y me susurra al oído: “Es una pena, con lo bueno que está”. La miro con cara de “qué estás diciendo”.

- Es muy sencillo, es gay. Una pena, porque tiene un cuerpazo. Ahí hay muchas horas de gimnasio…

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