Meses sin sexo

Meses sin sexo

Publicado por el jul 3, 2014

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Tengo metido el despertador en mi cabeza desde mi época de estudiante. Acaba de salir el sol y parece que la cama me echa a patadas para que me ponga en funcionamiento.

Me tomo un café en la terraza del apartamento a unas horas a las que no hay restos de vida por las calles. Pienso en la suerte que tengo con mis amigas. Estoy ilusionada con estas vacaciones que me han preparado. Me gusta este pueblecito, la casita, el chiringuito “Waikiki” -donde me he encontrado con un viejo compañero de facultad, Mario-, la gente, la playa…

Una playa que veo desde la terraza y en la que se me ha planteado el reto de descubrir quién es el hombre que leía recostado sobre una montaña de arena frente al mar.

Marta y María siguen durmiendo aún.

No es que ayer volviéramos tarde de Waikiki, solo tomamos una copa y Marta ya marcó a los posibles objetivos masculinos para este verano.

Lo que no tengo muy claro es si los elegidos eran para mí o para ella, pero no me atreví a preguntárselo, sobre todo cuando me señaló al hippy de las rastas. Supongo que resolveré la duda con el paso del tiempo, aunque dudo de que sea capaz de tener algo con todos, sobre todo porque al llegar al portal de casa añadió otros tres que estaban bajando los bártulos de su coche.

- ¡Hola vecina!, me interrumpe los pensamientos una voz desde la mampara de separación de los apartamentos.

- ¡Hola!, respondo entre aturdida y sorprendida.

- Ya sé que suena a tópico y a excusa vulgar para intentar hablar contigo, pero ¿podrías prestarnos leche, café y azúcar? Es que llegamos ayer por la noche y no tenemos de nada.

No puedo evitar sonreír al ver una muestra habitual de la falta de previsión masculina. Seguro que las cervezas y el alcohol no se les han olvidado en el equipaje…

- Ahora te lo acerco, pero te tienes que conformar con leche desnatada y sacarina, le respondo mientras me levanto para ir a la cocina.

- Muchas gracias, me has salvado la vida. Yo no soy persona hasta que no tomo un café por la mañana. Por cierto, me llamo Martín y he venido con mi hermano y un amigo. Luego os lo devuelvo.

Martín tiene el pelo revuelto, de color castaño y con unos ojos vivos de los que exploran todo, como si no quisiera que se le escape ni un detalle de lo que ocurre a su alrededor. Una vez realizada la exploración de nuestra terraza, su mirada se centra de forma descarada en mi pecho.

Acabo de caer en que la camiseta que uso para dormir es de encaje, semitransparente. En otras ocasiones me habría tapado o encorvado hacia delante para ocultar mi pecho, pero me sorprendo echando los hombros atrás de forma retadora. “Muy bien, así me gusta, estás cambiando”, me dice una voz interior.

Me apetece mucho ir a la playa, pero conociendo a Marta y María, no creo que nos pongamos en marcha hasta las “mil y monas”, que traducido viene a ser no antes de la una del mediodía.

Así que decido lanzarme a la aventura y recorrer el pueblo. Las tiendas empiezan a abrir y las calles cogen vida. Localizo un sitio para comprar comida, un chino que vende de todo y la panadería en la que también está la prensa del día. Compro el pan, algo para desayunar y el ABCMe acerco a la playa, donde los pescadores están terminando de recoger las redes y asegurar las barcas. Doy un paseo por la orilla.

Mis ojos se paran en los restos del montículo de arena en el que se recostaba ayer el hombre misterioso. Me siento en el hueco en el que estuvo su cuerpo y  apoyo mi espalda para ojear el periódico.

Me siento una “okupa” que ha usurpado algo que no es mío. Siempre he imaginado las historias de los seres anónimos con los que me cruzo y, en esta ocasión, tiene un componente morboso. Me estoy obsesionando con un hombre que puede ser un horror -no le he visto aún la cara- o ser un sátiro con orden de alejamiento por maltratador. Pero prefiero pensar en que tendré una aventura con él, que este verano encontraré a una persona que volverá a la vida mi cuerpo, que con solo mirarle me pondrá la carne de gallina y que me llevará a disfrutar.

El hecho de que lleve varios meses sin tener relaciones sexuales ayuda a este estado de excitación latente. Se me está despertando la líbido, eso es bueno, creo que estoy en la primera fase para olvidar al imbécil de Marcos.

¡Bienvenido a mis sueños, hombre misterioso!

¡Adiós imbécil!

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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