Bragas brasileñas

Bragas brasileñas

Publicado por el jul 2, 2014

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No llevamos ni seis horas de vacaciones y ya me he ganado dos amonestaciones de Marta.

Una, por no querer salir a tomar algo y otra, por mi indumentaria.

- ¡Prometiste que ibas a dejarte llevar y que encerrarías todas tus tonterías en un cajón con siete llaves! Así que de quedarte en casita porque estás cansada, nada de nada. Acabamos de llegar de vacaciones y lo primero que hay que hacer es reconocer el terreno. Nunca se sabe dónde está la diversión y yo he venido aquí a hacer que te olvides del cenutrio de marido al que has estado unida como tonta durante diez años, sin darte cuenta de que te engañaba desde el día siguiente que le conociste.

Tras la reprimenda de Marta, que cuenta con el respaldo incondicional de María, acepto las normas del juego y me dispongo a arreglarme.

Abro el armario y contemplo mi colección de vestidos veraniegos. Me decido por uno negro de corte recto y cuello cuadrado.

A mi lado, María, con la que comparto habitación, consciente de que su fuerte es la cara y los ojos más azules que haya visto jamás, se inclina por un traje sedoso en tonos azulones, que no le marca las caderas y deja intuir el cuerpo cuando se mueve.

Salimos al salón y esperamos a que Marta, que siempre tiene la habilidad de quedarse un cuarto para ella sola cuando vamos de vacaciones por lo que pueda pasar – lo que traducido quiere decir por si se liga alguno y se lo trae a casa-, salga de una vez. Cuando abre la puerta aparece sonriendo, con un vestido de guipur rojo completamente ceñido, que no deja nada a la imaginación. Está claro que está dispuesta, no solo a investigar el terreno, sino a marcarlo desde el primer día.

La sonrisa de Marta se convierte en mueca al mirarme y me cae la segunda amonestación de la noche.

-¿No pensarás salir vestida de monja?

- ¿Qué le pasa a mi vestido? Es de marca, me ha costado un pastón, seguramente diez veces más que el que tú llevas.

- El vestido será carísimo -responde-, pero es para una madre aburrida. Entérate de una vez, la Mar aburrida y sosa es pasado. La Mar nueva viste de forma nueva. Vamos a mi habitación, que esto lo arreglo en dos minutos.

Me coge de la mano y me arrastra hasta situarme delante de su armario. Sin dudarlo, saca de un cajón una blusa palabra de honor blanca y unos shorts azul cielo y los tira encima de la cama.

- Póntelo. Ahora mismo.

No me atrevo ni a rechistar. Me quito el vestido.

Marta resopla al ver mi ropa interior.

La miro resignada.

- ¿Qué pasa ahora?

- Pasan dos cosas. Con esa blusa tienes que ir sin sujetador y con los shorts no se pueden llevar bragas de cuello alto porque se te verían al agacharte. Recuérdame cuando volvamos a Madrid que vayamos de compras para renovar toda tu lencería.

Marta abre de nuevo uno de los cajones y saca algo que parece unas bragas propias de una película porno. Poca tela y de encaje.

- No te voy a pedir que te pongas un tanga o que vayas sin braga como hago yo. Empieza con unas brasileñas.

Me visto y me miro al espejo.

María y Marta sonríen.

- Estás estupenda. Ya era hora de que enseñaras esas piernas tan preciosas. Yo pagaría por ellas, me anima María.

- Y lo más tremendo es que las tiene de forma natural, sin machacarse en el gimnasio, como hago yo. Mar, eres una suertuda.

- Bueno, ¿Cómo te ves?

- No parezco yo, pero he de reconocer que me sienta bien el conjunto, aunque se me hace raro ir sin sujetador.

Cuando subíamos de la playa vimos que en el chiringuito se anunciaba música en directo todas las noches.

Marta puso en marcha su radar de encontrar fiestas y aquí estamos, en la barra del “Waikiki” -el nombre del local no puede ser más hortera-.

Música de verano, gente de todo tipo, desde los veinte a los “tan-tantos” años -esa edad que va desde los cuarenta hasta los que el cuerpo aguante-, decoración sencilla y elegante.

No puedo evitar acordarme de Marcos, mi ex, el que me engañaba desde que me conoció, como siempre me recuerda Marta. A él le encantaría este sitio y sería el centro de atención de la fiesta, con su metro ochenta de estatura, su pelo rubio y esa sonrisa que llenaba todo.

Sacudo la cabeza para espantar recuerdos tormentosos y me dejo empapar por la música.

Suena “Bailando” de Enrique Iglesias.

Marta y María empiezan a mover el cuerpo. Yo las miro y sonrío.

Me pongo a soñar. Podría estar por aquí el hombre misterioso de la playa. El que leía recostado sobre una obra de ingeniería hecha con arena…

 

 

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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