CAPÍTULO1: Picada conmigo misma

Publicado por el jun 30, 2014

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- Mar está picada. Piensa que le hemos tendido una encerrona al traerla aquí.

- No lo creas, es muy confiada y siempre se ha dejado llevar por los demás. Quizás demasiado.

Son mis amigas, Marta y María. Piensan que no les oigo.
Estoy en la habitación de la lado mientras me pongo el bikini para bajar a dar un paseo por la playa.
Marta, impulsiva, como siempre, a pesar de que me conoce desde parvulitos, sigue sin saber interpretar bien mis silencios, ni mis aires ausentes.
No estoy picada con ellas por haber venido a este pueblecito de pescadores que tiene pinta de ser un remanso de paz.
Estoy picada conmigo, por haber llegado a la situación actual, y me siento muy afortunada por tenerlas como amigas.

María, en cambio, es mucho más serena, me conoce mejor a pesar de que entró en mi vida en la Universidad y hace un diagnóstico preciso: todo me pasa por ser demasiado confiada. Pero yo añadiría una cosa más, todo me pasa por no saber decir “no”.
Mi sumisión me ha llevado a vivir para los demás. De niña era la hija perfecta -obediente, aplicada, ordenada, dispuesta-. En la adolescencia, vivía en las nubes y, en la juventud, estudiaba para ser la mejor.

Me he dejado muchas cosas por el camino, pero soy la suma de todas las vivencias o, mejor dicho, de las NO vivencias. Últimamente pienso que en mi historia hay muchas lagunas y que he dejado de vivir cosas importantes por ser cómo querían los demás.

No, no quiero decir que me arrepienta de lo que soy, pero sí es cierto que hay alguna experiencia que no he vivido o la he vivido tarde, lo que me ha privado del bagaje necesario para inmunizarme contra los agentes patógenos de la vida que te hacen débil frente algunas situaciones.

Termino de ponerme el bikini, me anudo el pareo y salgo al salón.

- ¡Chicas, vámonos antes de que baje más el sol!

- Son cerca de las seis y quiero ver de cerca el sitio que habéis elegido para resucitarme tras mi letargo de 43 años.

- ¡Ya era hora! -suelta Marta-. Llevas media hora colgando vestiditos y luego soy yo la que tiene la fama de pesada cuando me arreglo para salir.

El apartamento está a doscientos metros de la playa. Es nuevo y limpio -menos mal, no soporto las casas viejas, siempre pienso que las paredes están llenas de cucarachas-, con dos habitaciones y una terraza grande desde la que se ve el mar.

Bajamos directamente a la playa, la calle está animada, con las terrazas llenas de gente tomando un refresco. Nos cruzamos con familias que vuelven a casa cargadas de bártulos. Algunas llevan un auténtico campamento sobre un carrito de ruedas en donde amontonan sillas, animales hinchables de lo más variopinto, sombrilla, toallas y todo tipo de artilugio que se pueda encontrar en los típicos bazares de playa.

La playa no es muy grande. Dejamos las cosas en la arena, en un lugar que Marta ha calificado como estratégico por estar a mitad de camino de un chiringuito de aspecto “cool”  y de los socorristas -“siempre suelen estar muy buenos y nunca se sabe qué calentura te pueden curar”, dice-. Y en el centro de la playa.

Marta y María se acercan a la orilla mientras yo me paro un momento a mirar a mi alrededor para ver qué personajes tenemos cerca. Un grupo de adolescentes haciendo el bestia, varias madres con niños -los padres seguramente estarán en el bar arreglando el mundo-, varios grupos de jovencitas en top-less apurando los rayos para empezar a presumir de bronceado, unos musculosos de gimnasio que no paran de observarse los brazos y los abdominales de forma disimulada… En definitiva, la fauna habitual de una playa en el Mediterráneo español.

Marta y María me gritan para que deje de mirar a la musarañas y me una a ellas mientras comienzan a andar.

Las sigo despacio, disfrutando del mar tranquilo y de la brisa que empieza a levantarse. Según avanzo, observo a un hombre solitario, sentado frente al mar, con un sombrero panamá. Está leyendo. Me llama la atención el curioso respaldo que ha fabricado con la arena, realmente es una obra de ingeniería: ha levantado un murete de arena sobre el que descansa erguida su espalda.

Paso a su lado y lo observo con descaro porque estoy segura de que no me presta atención. La verdad es que con el sombrero y las gafas no se le ve la cara, pero sí soy capaz de apreciar que las gotas de sudor cubren un cuerpo atlético, que lleva un bañador sencillo, de color azul oscuro, y auriculares para escuchar música. ¿Qué canciones le gustarán?.

Concentro la mirada para descifrar el título del libro. Es una tontería pero siempre clasifico a la gente en función de sus lecturas y, la verdad, creo que siempre acierto. A pesar de mis esfuerzos no consigo leer ni el título, ni autor… Cuando volvamos de paseo lo intento de nuevo.

Levanto la vista y veo a lo lejos a mis amigas. Menudo paso llevan, no se dan cuenta de que estamos de vacaciones.

Empiezo a sonreír.

Me gusta estar aquí, me gusta el sitio, me gusta estar con mis amigas, me gusta la temperatura y me gusta imaginar la historia del personaje misterioso y solitario que lee mientras recuesta su espalda sobre una obra de ingeniería hecha con arena…

 

 

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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