Banderas españolas sobre Pensacola

Banderas españolas sobre Pensacola

Publicado por el May 29, 2013

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En mi viaje a las raíces españolas de Florida (y, por tanto, de Estados Unidos), no podía dejar de visitar Pensacola. Los españoles se establecieron aquí por primera vez en 1559, pero las dificultades de la zona, huracanes incluidos, les llevaron a abandonar aquel primitivo asentamiento. Así que ahora mantiene un divertido pique con la ciudad de San Agustín, fundada en 1565 también por los españoles. Los de Pensacola sostienen que ésta es la primera ciudad de Estados Unidos, pero los de San Agustín defienden que la suya es la primera ciudad del país que se ha mantenido en su sitio de forma ininterrumpida. Unos y otros tienen razón.

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Llegué a Pensacola después de un larguísimo viaje de más de 700 kilómetros desde la bahía de Tampa, teniendo que hacer escala en la ciudad playera de Panamá, una especie de Benidorm plagada de visitantes de la vecina Alabama.   Pensacola está en el extremo de la estrecha franja de territorio de Florida que se alarga hacia el oeste a lo largo de la costa del Golfo de México y que se conoce como Panhandle. Tan remota está que tiene un huso horario distinto al de Miami o Tampa y hay que retrasar una hora el reloj.
Pero el viaje mereció la pena. La costa del Golfo, con sus arenas blancas y sus aguas verde esmeralda, han sido para mí todo un descubrimiento.
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A Pensacola se la conoce como “la ciudad de las cinco banderas”, ya que a lo largo de la historia cambió más de mano que una moneda de euro. Aquí enarbolaron su enseña los españoles, los franceses, los británicos, los estadounidenses y, durante la guerra civil, los confederados.
Esta mezcla de culturas se refleja en la calle Palafox, el centro neurálgico del downtown, con sus soportales de forja al estilo del French Quarter de Nueva Orleáns. “Le llaman la mini-Nueva Orleáns -me confirmó Danica, una joven pelirroja que leía con despreocupación “El gran Gatsby” en una terraza-, pero es más bonita”, concluía con orgullo.
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La huella española es evidente en el distrito histórico, donde me apunté a una visita a los edificios de la época colonial adornados con banderas rojigualdas. La conducía Nancy, una guía vestida en traje de época que insistía en que Pensacola fue antes que San Agustín.
Los nombres de las calles están también llenas de sabor español: Zaragoza, Cervantes, Tarragona… Encontré una en la zona de la playa una que me hizo particular gracia: Calle Juela. Escrito así, tal cual.
Eché en falta, sin embargo, algún monumento dedicado a uno de los hechos históricos más destacados de la historia española en Estados Unidos: la toma de Pensacola por Bernardo de Gálvez. Tan sólo vi una apartada calle con su nombre.

Lamentablemente, la predicción que hacía el conde de Aranda en 1783, al concluir la guerra de la independencia de los Estados Unidos, se ha cumplido, al menos en lo que se refiere a los españoles. “Esta república federal nació pigmea, por decirlo así y ha necesitado del apoyo y fuerza de dos Estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aun coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento…”, auguraba el conde. Hoy son pocos los norteamericanos que conocen la contribución española a la formación de su país y, sin embargo, fue notable.

La toma de Pensacola impulsada por el valeroso mariscal y gobernador de Luisiana Bernardo de Gálvez en 1781 es una de las páginas más fascinantes de la Guerra de la Independencia. En el momento en que estalló la revolución americana, España había adquirido los inmensos territorios de la Luisiana francesa, pero había perdido la Florida, que ahora estaba en manos británicas. Aunque con dudas iniciales por el efecto contagio que podría tener en sus propias colonias, España de inclinó por el bando de los rebeldes y vio en este conflicto la oportunidad de recuperar los territorios que había tenido que ceder. La personalidad del malagueño Gálvez fue crucial en ese empeño.

Tras lograr hacerse con Mobila (hoy Mobile, Alabama), Gálvez preparó el asalto a Pensacola, protegida por los cañones británicos a la entrada de la bahía. El jefe de la flota española enviada para la operación, José Carlos Idiazábal, no se atrevía a meterse en la boca del lobo, pero Gálvez no estaba dispuesto a andarse con titubeos y se adentró con arrojo y sin ayuda a bordo de su bergantín: “El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galveztown para quitarle el miedo”, anunció, dando lugar al legendario lema de Gálvez: “Yo solo”. Y así fue. Desafiando a los cañonazos enemigos, se adentró en la bahía sin sufrir un rasguño. El resto de la flota, salvo el barco de Idiazábal, siguió su estela al día siguiente.
Comenzó así un sitio de nueve semanas a Pensacola que acabó con la rendición británica el 10 de mayo de 1781. España recuperaba así la Florida Occidental, a la que se uniría la Oriental con la firma en París del tratado que reconocía la independencia de las 13 colonias norteamericanas rebeldes.
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Durante mi estancia en Pensacola, me acerqué a la punta de la desolada isla de Santa Rosa, una franja de terreno arenoso a la entrada de la bahía donde desembarcó Gálvez para preparar la toma de la ciudad. Hoy, sin embargo, la zona está ocupada por el fuerte Pickens, que tuvo un cierto papel en la guerra civil, sin que haya ninguna referencia a Gálvez. Ojalá los españoles no le volvamos a dejar “solo”.

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