Tras la sangrienta huella de Hernando de Soto

Tras la sangrienta huella de Hernando de Soto

Publicado por el may 27, 2013

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“En el instituto estudiábamos un poco de Cristóbal Colón y la siguiente página ya era Jamestown”, me confesaba este domingo Abraham Sánchez, un ranger del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, de padres mexicanos y una tez oscura que evidencia sus raíces hispanas. Sánchez, sin poder evitar mezclar el inglés y el castellano cada dos por tres, me explicaba así cómo en la historia de EE.UU. que se aprende en su país se pasa prácticamente por alto los más de 300 años que los españoles fueron dueños y señores de buena parte de Norteamérica antes de que ningún inglés pusiera sus pies en estas tierras.

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La conversación tenía lugar en el De Soto National Memorial, un pequeño parque situado en la boca del río Manatee, en la bahía de Tampa, dedicado a uno de los conquistadores españoles más controvertidos, por decirlo de una forma suave, de cuantos dejaron su huella en lo que llegarían a ser los Estados Unidos.
En los más de 40 años que transcurrieron entre 1513, cuando Ponce de León descubrió la Florida, y 1565, momento en que Pedro Menéndez de Avilés fundó la primera ciudad de Norteamérica, San Agustín, se sucedieron una serie de desdichadas expediciones españolas por el sureste de lo que hoy es EE.UU. Una fue Lucas Vázquez de Ayllón, que en 1526 fundó en lo que hoy es el estado de Georgia San Miguel de Guadalupe, el primer asentamiento europeo en el territorio estadounidense, si bien no duró más allá de un par de meses. Le siguió Pánfilo de Narváez, cuya exploración en 1528 acabó en un desgraciado fracaso al ocurrírsele la brillante idea de enviar los barcos con las provisiones a un punto indeterminado hacia el norte mientras el grueso de la expedición avanzaba por tierra. Jamás se llegarían a encontrar.
El más célebre superviviente de esta descabellada aventura fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que vagó durante años por el sur de los actuales Estados Unidos y cuando por fin pudo reunirse de nuevo con los españoles aportó un valiosísimo testimonio de cuanto había vivido durante su odisea.
Hernando de Soto estaba dispuesto a aprender de los errores de los intentos anteriores. Por el tiempo en que Ponce de León estaba descubriendo Florida, este ambicioso extremeño llegó a Centroamérica a las órdenes de Pedro Arias de Ávila y luego se unió alaqueo de los incas por Francisco Pizarro, a cuya sombra amasó una gran fortuna. Después regresó a España, donde se casó con una hija de Pedro Arias de Ávila, Isabel de Bobadilla, pero le faltaba la adrenalina de sus aventuras al otro lado del Atlántico. Tras obtener licencia de Carlos I como adelantado, capitán general y gobernador de la Florida, y tras invertir todo lo que había ganado hasta entonces en América, se embarcó de nuevo hacia América y el 18 de mayo de 1539 partió de La Habana rumbo a Florida, donde desembarcó el 30 de ese mes con más de 600 soldados, una docena de sacerdotes, dos mujeres, sirvientes, esclavos, más de 200 caballos, así como una jauría de perros y hasta una manada de cerdos.
“Ellos dicen que hay mucho comercio entre [los indios]… Una abundancia de oro y plata y muchas perlas. Ojalá le plazca a Dios que así sea; porque de lo que estos indios dicen, no creo nada sino lo que veo, y lo debo ver bien; aunque ellos saben, e incluso lo tienen como dicho, que si me mienten, les costará la vida”. En una carta enviada a Cuba poco después de su llegada dejaba así de claras sus intenciones.
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Aunque no está claro del todo, se supone que Hernando de Soto desembarcó en algún punto de la amplísima bahía de Tampa, que se abre en la costa del Golfo de México. Comenzó a partir de entonces una búsqueda tan desesperada como inútil de las riquezas que los españoles habían descubierto entre aztecas e incas. Durante cuatro años, la expedición de De Soto recorrió no sólo buena parte del centro y norte de la actual Florida, sino que exploró territorios que hoy se corresponden con hasta diez estados norteamericanos, llegando a cruzar el inmenso cauce del río Mississippi. A su pasó dejó un reguero de muerte entre los nativos que dejaría impresa una sangrienta huella en su memoria colectiva acerca de los españoles. El propio De Soto no sobrevivió a su expedición y murió víctima de una fiebre en 1542. Sólo la mitad de los que lo habían acompañado lograron regresar a casa con vida.
No se puede decir que fuera una gesta gloriosa, pero la historia es historia, nos guste o no.
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El De Soto National Memorial recuerda este episodio del pasado de Estados Unidos sin ocultar sus rasgos más crueles. Hay un centro de visitantes donde se explica paso a paso los avatares de su expedición, así como un paseo natural sobre la intrincada vegetación de los manglares que permite hacerse una idea de lo que se encontró Hernando de Soto al llegar a Florida.
El Memorial recibió más de 350.000 visitantes en 2011, según los últimos datos que me pudieron facilitar. Sin embargo, pude comprobar lo desconocida que es esta parte de la historia entre los estadounidenses, incluso antes de salir de mi hotel. Durante el desayuno, una pareja de Carolina del Norte reconocía que en la historia que ellos aprendieron, la etapa de los conquistadores españoles aparece “separada” de la de su país, como si fuera algo que no hubiese ido con ellos. Por supuesto, ni habían oído hablar de Hernando de Soto. Mary, la recepcionista del hotel, no tenía ni idea de la existencia del De Soto Memorial y el nombre del conquistador sólo le sonaba porque hay un parque en Tampa y un condado de Florida que llevan su nombre.
Pero la historia está ahí, latente bajo los bañistas que ahora se zambullen en la bahía de Tampa, en los lugares por donde los españoles llegaron un día en busca de fama y riqueza.
La historia, además, se junta con el presente a través de la presencia hispana en Florida, a través sobre todo de los cubanos. Antes de abandonar la bahía, me acerqué a comer algo por Ybor City, un barrio cubano con un sabor muy especial, en el que abundan las tiendas de puros y está plagado de animados bares y restaurantes. Me dio penar tener que irme, pero si no, no llegaba a tiempo para mi próximo destino: Pensacola.
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