De la democracia a la “dedocracia”

De la democracia a la “dedocracia”

Publicado por el Jan 29, 2014

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La irrupción y el desarrollo de las nuevas tecnologías, junto al nacimiento o fortalecimiento de pequeños pero influyentes núcleos de resistencia en la calle, ajenos a las instituciones clásicas, hacen que nuestra sociedad sea cada día más compleja y los poderes democráticos, cada vez más limitados. Lo describe Moisés Naím en su interesante libro “El fin del poder”, pero, si bajamos de la teoría a la práctica, lo comprobamos cada vez con más frecuencia. En concreto, el creciente peso de las redes sociales y de los numerosos agentes digitales (aunque no solo)  gana terreno hasta deslizar peligrosamente nuestra democracia hacia una “dedocracia”, una pseudodictadura capaz de provocar cambios inesperados y de echar abajo decisiones de los gobiernos de turno. Es la doble cara de la revolución tecnológica: puede ayudar a perfeccionar la democracia, en cuanto acercamiento de los poderes públicos al ciudadano, pero, también, derribar o, si acaso, limitar y condicionar el legítimo y obligado ejercicio del poder salido de las urnas.

El explosivo cóctel de los grupos de protesta en la calle y una alta dosis de activismo militante en las redes sociales ha conducido, por ejemplo, a la paralización de las obras en el barrio burgalés de Gamonal (en este caso por la violencia ejercida) o a la paralización del proceso de externalización de hospitales en la Comunidad de Madrid. En el primer caso, un proyecto aprobado, con más o menos detalle, por el 80% de la representación política en el Ayuntamiento de Burgos, mientras que en el segundo, una iniciativa que, aunque frontalmente rechazada por la oposición y por gran parte de la comunidad sanitaria, contaba con la fuerza democrática de una mayoría absoluta en el Parlamento y con la constatación de que el modelo ha funcionado (por cierto, sin que los usuarios hayan notado nunca quién gestionaba los centros) tanto en Madrid como en comunidades de otro color político, léase Andalucía o Cataluña, sin que nadie se haya rasgado las vestiduras. En la polémica sanitaria madrileña se añade un inquietante exceso del poder judicial, que, sin entrar a valorar el fondo del asunto, ha sido capaz de tumbar una iniciativa política con el simple hecho de llevar a cabo continuas paralizaciones cautelares.

¿Es razonable que partidos o formaciones minoritarias tuerzan la voluntad de un gobierno respaldado por una mayoría utilizando herramientas como las redes sociales? ¿Hasta dónde llega el legítimo ejercicio de control o contrapeso al poder? ¿Es la violencia el único límite tolerable? Sin duda, estamos ante el que es ya uno de los grandes debates de nuestro tiempo, pero lo que sí podemos concluir es que el control efectivo del poder hoy empieza a estar mucho más allá que el que tiene lugar en el Parlamento, y, perniciosamente, a veces se demuestra que es mucho más efectivo y real. No está de más una llamada a la cordura de todos, no vaya a ser que el juego de lo que algunos llaman “democracia real” acabe supliendo a lo que debe seguir siendo el pilar de nuestra sociedad: un adecuado reparto los tres poderes clásicos y el gobierno de la mayoría, sí de la mayoría, por mucho que las minorías deban ser respetadas.

 

 

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Sin comillas. Españar, como suena. Sí, después de más de cinco siglos de una historia pendular entre fuerzas centrífugas y centrípetas, el dibujo vuelve a la parte más baja del diente de sierra, la de Más sobre «Toca españar»

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