Los bebés nos educan a nosotros

Publicado por el May 7, 2013

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Uno de los mayores cambios que ha traído Martín a nuestra vida familiar es la responsabilidad que supone tener una personita en casa cuyos valores, personalidad y actitud ante la vida van a depender en gran medida de lo que nosotros, sus padres, le trasmitamos durante su infancia.

Durante todo el embarazo, yo, con la perspectiva distorsionada por la impaciencia y la ignorancia, pensaba que nada más llegar a casa con nuestro hijo la tarea de educar comenzaría a tope, pero la realidad es que no es así. Con un recién nacido la necesidad de dar ejemplo no es aún imperiosa, es decir, todavía puedes ver películas violentas o programas en los que digan palabrotas, abusar de la comida basura, saltarte la cena o incluso saltarte un semáforo en rojo.

Haciendo un repaso de estos cuatro meses y poco con Martín junto a nosotros, me doy cuenta de que no le he enseñado aún demasiadas cosas comparado con todo lo que él me ha enseñado a mí.

 

(Martín y yo haciendo un poco el ganso para mi otro blog)

 

Su padre y yo hemos conseguido que sea capaz de dormirse solo, de levantar la cabeza cuando lo tumbamos boca abajo y de sujetar el biberón por sus propios medios durante unos 20 o 30 segundos.

Él, a cambio, nos ha enseñado en este tiempo cosas mucho más importantes que hacen que nuestros pequeños logros queden en casi nada. Incluso desde antes de nacer, nos enseñó cosas que será difícil que olvidemos. Durante los nueves meses que estuvimos esperándolo yo aprendí, sobre todo al final, que una puede sentirse guapa estando gordita y que se posible sobrevivir sin problemas con dos pantalones vaqueros, tres camisetas y cuatro jerseys, uno de ellos de mi marido.

Cuando estaba a punto de llegar, vimos como pequeños asuntos que antes nos preocupaban en exceso, como pensar los regalos de navidad, o decidir qué comer en la cena de Nochebuena, desaparecían detrás de la ilusión por  ver su carita, las ganas de que estuviera sano y fuera un bebé fuerte y, por supuesto, los nervios que nos entraban cuando pensábamos en cómo sería el momento del parto.

Y, desde que está en casa, aprendemos cada día de su actitud ante la vida. Nos enseña, por ejemplo, que se puede ser feliz simplemente con tener comida, ropa, un techo donde vivir y el cariño de los que viven contigo. Martín nos regala una gran sonrisa cuando, después de su biberón, lo arropamos en su cuna y le damos un beso. Eso, no me digáis que no, da qué pensar.

Pero de todas, la lección más importante que Martín me ha enseñado es que los seres humanos estamos programados para hacer felices a los que nos rodean. Cada vez que alguien coge en brazos a nuestro hijo, ya sea de la familia, amigo, o simplemente un conocido que por casualidad lo sostiene durante un rato, el peque les regala un ratito de felicidad. Todos sienten su calorcito, las patadas que da cuando está contento, su curiosidad por todo, cómo Martín se agarra a ellos como si no existiera nadie más en el mundo y, si tienen un poquito de suerte, se llevan una sonrisa enorme o incluso una pequeña carcajada. Hasta los que se llevan un “regalito”, se van contentos.

Desde que llegó Martín he descubierto que la capacidad de regalar momentos de felicidad a los que nos rodean es innata en el ser humano. Por eso, su padre y yo tenemos un objetivo claro: hacer todo lo posible porque Martín no pierda esta capacidad al crecer, y que toda la vida intente hacer  más felices a cuántos pasen por su lado.

 

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