La útima visita a la ginecóloga

Publicado por el nov 23, 2012

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Como no sabéis quien es mi ginecóloga, creo que voy a aprovechar este blog para desahogarme, porque aunque no os lo había contado por no preocuparos, el miércoles pasado casi desfallezco en su sala de espera.
Una de las cosas que más me gustaba hasta ahora de la doctora que me lleva el embarazo es que siempre me atendía a la hora. Incluso algunas veces mi marido, que siempre viene a la consulta corriendísimo al salir del trabajo, me encontraba ya sentada en el despacho de la médico.


Además, ella me cae muy bien, sobre todo desde que me dijo que su suegra veraneaba en Cádiz y que a ella misma le gustaba tanto el cazón en adobo que algunas veces la familia de su marido, que es de Sevilla, se lo mandaban en una neverita por Seur para poder comerlo en Valencia.
El cazón en adobo es también una de mis comidas preferidas, y una de las cosas que una gaditana que vive en Valencia más puede llegar a echar de menos. Como comprenderéis, con esta similitud, la ginecóloga me tiene que caer bien sí o sí.

El caso es que, como os decía, siempre nos atiende a la hora. Por eso, mi marido y yo nos habíamos arreglado una agenda completita ese día contando con que la puntualidad de la ginecóloga no fallaría. El orden para esa tarde era: trabajo, giencóloga, dentista de mi marido, clases teóricas de preparación al parto y a casa.
Sin embargo, resulta que alguna de las pacientes de la doctora se había puesto de parto esa semana, la ginecóloga había dejado de pasar consulta unas horas y ella o alguien de su consulta había decidido apiñar a todas las que no habían atendido en la tarde en la que yo tenía cita.
El resultado fue catastrófico: más de una hora esperando en el sofá de pana del salón (porque la consulta es un piso, en el que el salón hace de sala de espera) a unos 59 grados centígrados, con 9 pacientes más, sus correspondientes acompañantes masculinos y una par de carritos de bebés metidas en los 18 metros cuadrados que tiene el susodicho salón.
No entiendo, de verdad, si es que pensaron que la doctora podría atender a varias pacientes a la vez, o que nadie tenía nada mejor que hacer aquella tarde, pero os prometo que salí de allí con un mareo infinito. Al final, mi marido llegó tarde al dentista, casi no llegamos tampoco a la clase preparto, y la consulta fue para mí como una nebulosa. No pregunté nada a la ginecológa, casi no miré al bebé en la pantalla de la ecografía y, hasta casi dos horas después, no fui realmente consciente de que nos habían dado una noticia estupenda: el bebé parece estar colocandose como debe, con la cabeza casi abajo.
Aparte de eso, la ginecóloga nos ha dicho que tenemos un bebé enormísimo y mofletudo, más gordito que largo que, a falta de un mes, a pesa casi 3 kilos. Al principio, esto me preocupó un poco pero, hablando con mi madre, la cosa se aclaró: “Pues cómo va a ser, como todos los bebés de la familia, gorditos y grandes, como tus hermanos, tu padre y tú misma”.
Ya lo había dicho también el profesor de preparación al parto: “Los bebés suelen ser como sus padres, no os esperéis ninguna aquí que de repente os salga un bebé negrito”.
También nos dijo que a veces salen negros, pero que, en ese caso, echarle la culpa a la genética no vale.

PD: El momento más temido ha llegado…el bebé ya es una sandía!

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