Tronas y restaurantes

Publicado por el abr 8, 2014

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Nos encanta ir con Martín, nuestro hijo de 15 meses, a todas partes. Lo llevamos de viaje, disfrutamos con él de la playa y lo llevamos a los restaurantes, porque generalmente se porta bien y, porque, sinceramente, pasamos poco tiempo con él por culpa de nuestros trabajos y nos apetece compartir nuestros días libres los tres juntos.
En estas actividades de ocio, lo que más le gusta a Martín, sin duda alguna, es hacer las cosas exactamente igual que nosotros: si su padre y yo vamos andando y le dejamos andar también a él un rato (aún le cuesta), sonríe de oreja a oreja mirándonos sin parar. Si vamos a comer y todos compartimos el mismo plato, se le escapan carcajadas al ver que los mayores comen lo mismo que él, y, si vamos al supermercado y le dejamos tirar un ratito de la cesta, mueve las piernas colgando de su silla como signo de felicidad.
Que Martín esté feliz durante nuestro tiempo de ocio, aparte de ser genial para él, lo es también para nosotros y, no se engañen, para las personas  que nos rodean, conocidos o no.
Si vamos a un restaurante y Martín está contento, saludará con la mano a todos los que pasen, les regalalará un par de sonrisas vergonzosas a los camareros y, lo mejor, estará callado y sin molestar a nadie en el local. Para que esto pase hay un requisito fundamental: que el restaurante en cuestión tenga trona. Como acabo de explicaros, a Martín le encanta ser como nosotros, y, por eso, hay una diferencia enorme entre comer sentado en su silla de paseo, a un palmo de altura de la mesa, o hacerlo desde una trona, a la altura de todos y con la posibilidad de comer él mismo de su propio plato.

 

Esto que os cuento me imagino que sirve para muchos bebés y niños: cuando las condiciones son favorables y se encuentran a gusto, todo es fácil, para sus padres y para el resto de clientes y empleados del local. Si el ambiente no es el adecuado, pueden pasarlo mal y hacernos vivir una auténtica pesadilla a los que estmaos cerca.
Por eso, mi post de hoy es un consejo para empresarios de restauración y encargados de locales de hostelería varios: compren tronas, una o dos, o tres, según la alfuencia de niños en su espacio. Una trona Antlop de Ikea vale 12,99 euros , es de plástico duro, desmontable, lavable y, además, estécticamente aceptable. Comer en un restaurante sin trona puede ser un suplicio y, más allá, puede quitarnos las ganas de querer volver a su local.
Si la compran, además, recuerden a sus empleados que la ofrezcan a los padres: no sería la primera vez que doy por hecho que un restaurante no tiene sillas de bebé y, antes del postre, descubrir al ir al baño las tronas amontonadas en una esquina.

 

Si son padres, irán, como nosotros ,buscando por la ciudad locales en los que comer a gusto con niños. De momento, les recomiendo dos cadenas de restaurantes con trona: Macdonalds y Panaria, lugares en los que los niños son bienvenidos.

 

Si vienen por Valencia, añado Cocotte & Co y Maíz Bistró y, como siempre, os invito a hacer vuestras recomendaciones en el apartado de comentarios de este post.
¿Qué me dicen? ¿No es la vida social de un bebé mucho más fácil gracias a los restaurantes con trona?

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Las aventuras de una madre primeriza © DIARIO ABC, S.L. 2014

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