Un poco de sensatez en Gibraltar

Publicado por el oct 17, 2012

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La relación entre España y Gibraltar en lo que va de año ha sido de todo menos buena y haría falta un poquito de sensatez en los responsables políticos para reconducir las cosas. El ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, abrió el melón quizás algo precipitadamente con aquel “Gibraltar español”, que pudo ser dicho en tono de broma, pero que levantó ampollas en las nuevas autoridades gibraltareñas, decididas, por otra parte, a radicalizar el sentimiento nacionalista de los llanitos.

 

 

Tanto es así que el ministro principal, Fabián Picardo, no ha parado, desde entonces, de multiplicar sus proclamas antiespañolas, al sentirse, por otra parte, bien amparado por el Gobierno de Londres. Eso no sería especialmente grave. Entra dentro de lo normal. Lo que sí puede considerarse como un acto claramente hostil hacia el vecino es la repetida actitud de acoso por la Policía gibraltareña a los pesqueros de La Línea y Algeciras, tras haber denunciado el acuerdo de pesca pactado con su antecesor en el cargo, Peter Caruana, y que desde 1999, venía permitiendo la subsistencia de tres centenares de familias modestas.

 

 

El argumento de que con esa actitud se trata de proteger el medio ambiente en las disputadas aguas que rodean el Peñón suena tan creíble como el de que ha sido preciso reforzar los controles aduaneros en la verja por parte de la Guardia Civil para detectar el contrabando, lo que ha provocado que para salir de la colonia en coche haya sido preciso esperar en algún caso hasta cinco horas. Pero donde las dan las toman. Si Picardo ha optado por la confrontación, tendría que saber que el del otro lado también tiene sus armas de combate. Y no parece difícil pensar que a futuros episodios de hostigamiento sigan otros de penalidades en la verja. Gibraltar tiene más que perder, si continúa en esa actitud, porque España dispone aún de otras posibles medidas para hacer más incómoda la vida a los gibraltareños, aunque eso naturalmente no sería lo deseable.

 

 

Las protestas del Reino Unido ante España por las largas colas en la verja o las de Madrid ante Londres por el hostigamiento a los pesqueros no pasan de ser una manera de oficializar los respectivos malestares. Pero mientras, todo sigue estancado.

 

 

Y hay un par de cosas que han quedado muy claras en estos meses. La primera, que el Gobierno de Mariano Rajoy no está dispuesto a volver a la fórmula del Foro Trilateral de Diálogo, con Gibraltar situado al mismo nivel que España o el Reino Unido; la segunda, que el Ejecutivo de David Cameron, pese a la existencia de un compromiso en la Declaración de Bruselas de 1984 para hacerlo, no va a ponerse a negociar con España sobre la soberanía, si los gibraltareños no lo aceptan.

 

 

A partir de ahí, convendría que, al menos, se hiciera por todas las partes implicadas, un ejercicio de imaginación y entendimiento para no tener que estar cada dos por tres con roces que pueden terminar –ojalá no sea así- con alguna desgracia de mayor o menor envergadura. Y eso es algo que, en mi opinión, corresponde abordar directamente a Cameron y Rajoy, en algún hueco que les deje la preocupación por la crisis económica.

 

 

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