La pesadilla de Carromero toca a su fin

Publicado por el Dec 28, 2012

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La pesadilla de Ángel Carromero toca a su fin. El dirigente de Nueva Generaciones del PP de Madrid no olvidará los cerca de seis meses pasados en Cuba y su experiencia quizás sirva a quienes desean ayudar a la oposición al régimen para actuar con la máxima prudencia. Carromero puede no haber sido un modelo de conducta cívica en España, si se tiene en cuenta su historial de multas de tráfico, pero eso no es motivo para lanzar sobre él descalificaciones como las que se han lanzado. Su desgracia, y la de todos los que añoramos la democracia para Cuba, fue conducir en ese país el coche en el que perdió la vida el disidente con mayor prestigio dentro de la isla, que era Oswaldo Payá.

 

 

La familia y los compañeros de Payá han mantenido una actitud que les honra en relación con Carromero. Tienen muy claro que él está de su lado frente a un régimen que sigue impidiendo a los cubanos expresarse libremente y elegir de manera democrática a sus gobernantes. Por eso, sin actuar de forma que pudieran dificultar el regreso del dirigente juvenil del PP a España, no han dejado de pedir una investigación de lo que realmente sucedió. Tienen derecho a reclamarlo, a pesar de que resultará difícil determinar hasta que punto en el accidente tuvieron algo que ver, de manera directa o indirecta, agentes del castrismo, porque ya se vieron durante el juicio numerosas lagunas en la instrucción del mismo.

 

 

El Ministerio de Asuntos Exteriores ha hecho una labor que se ha demostrado acertada para conseguir que Carromero pueda cumplir en España la condena de cuatro años que le fue impuesta Es comprensible que su titular, José Manuel García-Margallo, subraye que todo el proceso se ha desarrollado con bastante celeridad y hasta acepte que se firme por el cónsul en La Habana un texto en el que se reconoce que el juicio se ha celebrado con todas las garantías. La realidad es que, si lo hubieran deseado, las autoridades cubanas podrían, además de haber acusado a Carromero de otros delitos, haber alargado todos los tiempos mucho más, con lo que todavía podríamos estar a la espera de juicio o de sentencia. Y es cierto también que Carromero podría haber estado en unas condiciones mucho peores en una de las poco acogedoras prisiones de la isla.

 

 

Para conseguir una marcha rápida del proceso, García-Margallo ha evitado, con tacto, cualquier manifestación o gesto que pudiera molestar al régimen de los Castro. Es comprensible. No lo sería, sin embargo, renunciar a los principios que el PP ha defendido tanto en el Gobierno como en la oposición, en apoyo de los demócratas cubanos. Puede que haya cambiado la situación con respecto a 2003, que convenga flexibilizar la Posición Común Europea o que invitar a las fiestas nacionales de las Embajadas europeas a los disidentes ya no resulte tan eficaz, pero lo que no debe hacer el Gobierno es preocuparse más de que no haya sobresaltos en la relación con Cuba que de apoyar a quienes, desde hace tanto tiempo, luchan pacíficamente por la libertad en la isla. La memoria de Oswaldo Payá, de Harold Cepero y de cuantos dieron su vida por lograr ese objetivo así lo demanda.

 

 

 

 

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