La deriva del Gobierno gibraltareño

Publicado por el abr 8, 2012

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Fabian Picardo es un político activo a quien tuve ocasión de entrevistar hace algunas semanas. Hombre afable y cercano, Picardo disfrutaba de su reciente triunfo sobre Peter Caruana, en las elecciones en Gibraltar. Había logrado desbancar a quien estuvo más de quince años en el poder y, por fin, conseguía devolver a los laboristas al número 6 de Covent Place.

 

El discurso de Picardo destila un exagerado fervor nacionalista que espero que su inteligencia sea capaz de moderar. El ministro principal de Gibraltar debería ser consciente de que no le conviene estirar demasiado la cuerda porque puede rompérsele por más de un sitio. Ni Madrid ni Londres, por distintos motivos, van a permitirle excesos. El contencioso abierto con los pescadores españoles que faenan en torno al Peñón no es una buena señal.

 

Afortunadamente, Picardo tuvo la sensatez de aceptar el ofrecimiento del alcalde algecireño y diputado del PP, José Ignacio Landaluce, de sentarse a conversar para recuperar la normalidad. A eso siguió la reunión de los representantes de las cofradías de pescadores de la Línea y Algeciras con la Policía de Gibraltar, en la que fue presentada una propuesta de acuerdo que será contestada el martes, día 10. Unos 70 barcos y un total de 300 familias que tradicionalmente han vivido de  las pesca en la zona están pendientes de la repuesta gibraltareña a unas condiciones que parecen bastante lógicas. No lo sería, por el contrario, pretender que los pescadores no puedan faenar hasta más allá de milla y media del Peñón en la Bahía de Algeciras y hasta tres millas en la cara este. Ni resultaría rentable para los pescadores, ni España podría aceptarlo, porque no reconoce al Reino Unido soberanía sobre esas aguas.

 

El Gobierno español ya ha expresado a Londres sus protestas por el acoso sufrido por los pesqueros y, según aseguran fuentes próximas al ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, está reiterando que si continúa una actitud hostil se podrían aplicar medidas que, desde luego, no harían más fácil la vida a los gibraltareños. Nadie quiere citarlas expresamente, pero ahí está el fantasma de la severidad en los controles en la verja o, incluso, la reposición de las prohibiciones de sobrevolar territorio español a los aviones que vayan o salgan de Gibraltar.

 

El Ejecutivo de David Cameron no quiere tampoco problemas con España. Si se escuda en los deseos de los gibraltareños para no reanudar las negociaciones sobre soberanía, no quiere, sin embargo, que la actitud de los llanitos dificulte sus relaciones con un país socio en la UE y aliado en la OTAN.

 

Fabian Picardo debería tener en cuenta todos estos factores.  

 

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