El Rey frente a Gibraltar

Publicado por el Jun 21, 2012

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Don Juan Carlos tenía prevista una visita a las unidades de la Guardia Civil que operan en la Bahía de Algeciras. No se trata de una reacción ante la ofensiva iniciada por las autoridades gibraltareñas y secundada por un Gobierno británico, al que parece importarle poco que desde la polémica colonia, se causen problemas a un socio y aliado como es España. Don Juan Carlos podría haber optado por dejar esa visita para otro momento en que la situación estuviera más tranquila. Pero no lo ha hecho. Ha preferido mantener su viaje, porque hoy su presencia en la zona tiene un gran valor.

 

 

Por un lado, el Rey, como jefe de las Fuerzas Armadas, respalda la labor que realiza la Guardia Civil en un área especialmente delicado, donde a la lucha contra el contrabando se une de cuando en cuando la necesidad de dar protección a los pesqueros de Algeciras o La Línea que, cumpliendo las normas comunitarias tienen pleno derecho a faenar en aguas que son españolas. El hostigamiento al que el nuevo Gobierno gibraltareño de Fabian Picardo somete a los pesqueros en esas aguas es inaceptable e innecesario. Además de poner en peligro el sustento de 300 familias que han vivido tradicionalmente de la pesca en la Bahía, puede insensatamente dar lugar a un conflicto de mayor alcance entre España y el Reino Unido, que sólo la sensatez de ambos Gobierno podrá evitar.

 

 

El Peñón, y con él el Reino Unido, pueden reclamar derechos de soberanía sobre esas aguas, como lo hace España, pero no abrogarse el dominio sobre las mismas, acosando con sus patrulleras a los pescadores y creando un ambiente en el que pueda darse un indeseado enfrentamiento con las embarcaciones de la Guardia Civil, que protegen a los barcos españoles. Si, por desgracia, sucediera algo así, el principal responsable sería Picardo, pero Londres no estaría exento de culpa por no llamarle al orden.

 

 

Que el Rey se haya reunido con los pescadores y armadores, que les haya mostrado su apoyo, muestra su sensibilidad con un grupo de españoles que sufre las consecuencias de una decisión política. Si los llanitos festejan los sesenta años de la Reina de Inglaterra, por qué no puede el Monarca español transmitir su aliento a quienes lo están pasando mal. Pero su visita debe también servir de acicate al Gobierno de Mariano Rajoy, para exigir al de David Cameron que se siente a negociar sobre las cuestiones de soberanía, algo a lo que le obligan las resoluciones de Naciones Unidas y la Declaración de Bruselas de 1984. Es cierto que la crisis económica obliga a centrarse en ella, como tarea fundamental, pero una vez que el ministro García-Margallo puso el asunto gibraltareño sobre la mesa, no es cuestión de volverse atrás. Al menos, que Gibraltar no sea una fuente de nuevos problemas.

 

 

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