De nuevo en el Consejo: entre el reto y el riesgo

De nuevo en el Consejo: entre el reto y el riesgo

Publicado por el Oct 16, 2014

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España ha conseguido una vez más un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La quinta. Con una cadencia de diez o doce años nos hemos venido sentando en el órgano decisorio de la ONU, al lado de los países más poderosos, pero sin su capacidad de veto. A primera vista, puede parecer poco relevante estar sentados alrededor de una mesa en la que cinco miembros –Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China- pueden hacer naufragar cualquier iniciativa con la que no estén de acuerdo. Sin embargo, la pasión con que luchan los candidatos a miembros no permanentes por tener ese asiento revela que no es tan inocuo participar en la toma de decisiones que pueden tener una gran repercusión en el mundo.

Se trata, por tanto, de un éxito diplomático en el que el actual Gobierno ha tenido buena parte de responsabilidad porque ha tenido que hacer un importante esfuerzo desde que Turquía, de manera inesperada, decidió presentar su candidatura, y ha sabido sacar el máximo partido a los escasos fondos de que se disponía en época de crisis. La candidatura, sin embargo, fue presentada en 2005 por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, por lo que se puede decir que se trata de un triunfo de España y un ejemplo de cómo deberían afrontarse, en un clima de consenso, las cuestiones de política exterior.

Ahora España tendrá una mayor visibilidad en el concierto internacional, porque, cada vez con más frecuencia, el Consejo se ve obligado a debatir resoluciones importantes que afectan a asuntos como la ofensiva yihadista del estado Islámico, el conflicto ruso-ucraniano o la crisis del ébola. Esa visibilidad fue patente en el último bienio en que España formó parte del Consejo, en 2003-2004, en que se debatió la cuestión de Irak, sobre todo porque el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, se convirtió en una baza importante del presidente estadounidense George W. Bush para tratar de convencer a los socios iberoamericanos del Consejo -Chile y México- de que votaran a favor de la intervención para derrocar a Sadam Hussein.

La experiencia, en ese sentido, no fue buena, porque a Aznar se le recibió en Santiago y en México D. F. con bastante frialdad, cuando no hostilidad, y los dos países votaron en contra. Por eso, España debe tener claro que la presencia en el Consejo es un arma de doble filo. Un reto importante, sí, pero que no deja de tener sus riesgos cuando hay que tomar partido en uno u otro sentido. Y las cosas no son nada fáciles, como se ha visto recientemente en situaciones como la de Siria o Ucrania, en que hay uno de los miembros permanentes directamente involucrado.

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