La tarde que (no) vimos a la Velvet

Publicado por el oct 28, 2013

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A Lou Reed no se le puede responsabilizar en exclusiva de predicar la fe de la droga desde los altares del rock, evangelio que desde los años sesenta y a uno y otro lado del foso del escenario ha envenenado una actividad artística y lúdica que hasta no hace mucho exigió al oyente una comunión integral y diaria con un credo en el que la música era un ingrediente más de una experiencia conjunta, asistida por las sustancias más dulces y tóxicas. Antes que Lou Reed y su sinfonía integral sobre el caballo, estuvo la psicodelia californiana, y el terrorismo lisérgico de los yippies, y los Pink Floyd de jeringa y cucharilla, y más tarde vinieron los Ramones del pegamento, y luego las pastillas del segundo verano del amor, y en seguida se murió el pobre Kurt Cobain. Un no parar. El rock no trajo la droga, pero la convirtió en estribillo y componente de una receta magistral e indivisa. El que no esté colocado, que se coloque, y al loro. Pues así, como dijo el alcalde, nos presentamos en Francia. Era el verano de 1993.

Por entonces no había mucho internet, y tampoco manera de comprar las entradas de los conciertos de manera anticipada, con su correspondiente tajada de gastos de gestión y a vuelta de correo electrónico, así que fuimos a la aventura y la vendimia, todo para arriba. La gira de desagravio con que la Velvet Underground se reunió y se mostró en Europa, una docena de conciertos en locales de mediano aforo, se había terminado ya, vista y no vista, pero los U2, que ese verano habían estrenado su apabullante y visionario -valga la redundancia- Zoo TV, ficharon a la banda de Lou Reed y John Cale como teloneros. No tenían escapatoria. Subimos hasta Estrasburgo, al borde de Alemania, y nos quedamos compuestos y sin tickets, pero en París, donde ya había Fnac, en la planta de “agiba”, cogimos sitio para el concierto del hipódromo, que era un recinto, muy grande, en el que cabía todo el mundo que quisiera. Íbamos de Rubifén, pero volvimos en el Metro y acabamos en una suerte de M-30 a medio urbanizar y por la que de madrugada apenas pasaban coches. Cuando paramos un taxi ni siquiera sabíamos cómo se llamaba el hotel el que nos alojábamos y el buen hombre que nos subió nos soltó al rato en una estación de tren. Desde allí fuimos bajando.

En medio de todo eso vimos a la Velvet Underground, y también el espectáculo de secuencias televisadas que cambió para siempre el formato del rock de estadio. Durante el concierto, en el que también intervino Belly, los franceses nos miraban de lejos, venga a meternos cosas, como a esos rumanos a los que ahora, igual de exquisitos que entonces, expulsan por desintegrados y marginales. Nosotros a los nuestro, con las pastillas que nos habían recetado para la excursión. Nos los pasamos muy bien, como en la canción, “Were Gonna Have A Real Good Time Together”, pero no nos enteramos de casi nada. Creo que cuando empezaron a tocar era todavía de día, y estuvimos bailando y traduciendo a nuestro inglés de batalla lo que el grupo iba haciendo, con un Lou Reed que recitaba, sin fraseo. Rock And Roll.

Para eso nos habíamos preparado. Para eso nos había preparado bien toda esa cultura del rock, en el pecado llevan la penitencia sus creadores, que hizo de la música el ingrediente básico de una combinación que, en directo o con el tocadiscos, incluía sustancias para el disfrute inmediato y la desmemoria. Esta es la crónica de un concierto, si no como Dios manda, como los profetas del rock habían predicado. Amén.

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