La casa de Thomas Mann y su extraño destino

Publicado por el May 24, 2013

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Es el 10 de mayo de 1945. Hace dos días que la guerra ha terminado. Klaus Mann, el gran hijo del igualmente grande Thomas Mann, está al servicio del ejército americano. Dados su conocimiento del alemán y su labor como escritor en la vida civil –y acaso también su poca idoneidad como soldado—la U.S. Army lo envía a Alemania como corresponsal del diario militar The Star and Stripes. Klaus Mann entra en su ciudad natal, Munich, en un jeep militar conducido por su amigo el fotógrafo John Tweksbury. Su destino: la casa de la familia Mann en la Poschingerstrasse.
La casa de los Mann, a la que los miembros de la familia llamaban cariñosamente “Poschi”, es toda una institución de las letras alemanas. Aparece como escenario en algunos relatos de Thomas Mann, como en el delicioso Desorden y dolor precoz. Entre sus paredes no sólo crecieron sus seis hijos, entre ellos los literatos Erika y Golo, sino también algunas de las obras cumbre de la literatura alemana. Fue también aquí donde Thomas Mann durmió aquella siesta de la que su mujer no se atrevió a despertarlo para comunicarle la concesión del Premio Nobel. Si hubo una vivienda en Alemania que merecía convertirse en “casa-museo”, sin duda era ésta.
Pero tanto los Aliados como los nazis habían previsto un destino muy distinto para la vieja Poschi.
¿Qué debió de sentir Klaus Mann aquel día, frente a su casa natal, doce años después de haberla abandonado camino del exilio y vistiendo el uniforme del enemigo? En su artículo para Stars and Stripes, dijo haberse sentido ante “una perversa caricatura de su propio pasado”. La fachada de la casa permanecía más o menos intacta, pero detrás de ella se veía el abismo ennegrecido de paredes y cristales rotos que habían dejado las bombas. Esta había sido la contribución de los Aliados a su destino.
Pero en la parte de la casa que todavía quedaba en pie, se apreciaba también la contribución de los nazis.
Klaus Mann se fue abriendo camino entre la ceniza y los escombros: “Había paredes y puertas que no había visto nunca antes. Todas las habitaciones se habían vuelto más pequeñas, como si el asco y la aversión las hubiera llevado a encogerse. El despacho de mi padre, antaño espacioso y respetable, parecía ahora extrañamente reducido”.
La policía política de Baviera, que ya había confiscado en 1934 la casa del célebre exiliado, la declaró oficialmente propiedad del Reich alemán en 1937. A partir de esa fecha empezaron a levantarse tabiques para dotarla de más habitaciones y las espaciosas estancias de la Poshi fueron divididas en celdas. Klaus Mann no tardaría en averiguar el motivo. Y sólo por la deliciosa descripción que hace de esta escena, que aquí no puedo sino resumir, vale la pena leer su extraordinaria autobiografía Cambio de rumbo:
Entonces descubrí a la muchacha desconocida. Estaba en el balcón que había delante de mi habitación, sin moverse, un poco agachada tras la balaustrada. Seguramente había permanecido todo el tiempo allí y había observado mi paseo. La saludé con la mano, pero no reaccionó, sino que se quedó petrificada, como si creyera no haber sido descubierta. ¿Me tenía miedo? Sin duda, yo vestía el uniforme del enemigo.
A las preguntas de Klaus Mann, la muchacha le dijo que vivía allí y que se había instalado en el balcón, confiando en que no lloviera. La muchacha era alpinista, por lo que había improvisado una más que precaria escalera en la fachada posterior de la casa para acceder a él. Tras casi partirse la crisma, Klaus Mann logró subir así a lo que había sido su habitación.
La muchacha “apenas tendría más de veinticinco o veintiséis años, pero ya estaba ajada, la piel mortecina y con impurezas y un ceño mohíno y terco bajo el riguroso flequillo”.
Poco a poco Klaus se fue ganando su confianza, aunque si revelarle a la intrusa que aquélla que había sido su casa. Atónito, asistió al relato de la muchacha que, con toda naturalidad, le contó que la vieja Poschi había sido escogida por Himmler como sede de uno de sus centros de cría de individuos arios, los escandalosos Lebensborn (‘fuente de vida’).
Pero ¿de veras no sabe usted lo que eso significa?” –le preguntó—“Robustos muchachos de las SS estuvieron acuartelados aquí; gente muy fina, se lo aseguro: auténticos sementales. Y precisamente para eso los utilizaban, como sementales, por lo de la raza, ¿entiende? Estos Lebensborn –teníamos muchos, por todo el país—existían para las necesidades raciales, para la cría de sangre nórdica, para aumentar la descendencia alemana. Naturalmente, también las chicas tenían que ser racialmente impecables; el cráneo, las caderas… ¡Todo se les medía!
En ese momento el fotógrafo instó a Klaus Mann a que bajara, así que se despidió sin aclarar del todo cuál había sido exactamente la relación de la muchacha con aquella peculiar institución de Himmler.
Y nosotros nos quedamos atónitos al saber que lo que había sido la casa del espíritu alemán por excelencia –Thomas Mann llegó a decir que donde estaba él, estaba Alemania—había podido ser también, durante ocho años, la casa del cuerpo ario.

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