El hermoso teatro invisible de Peter Handke

Publicado por el may 22, 2013

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Me entero ni sé cómo de que en la Sala Fernando Rojas del Círculo de Bellas Artes van a echar una obra de Peter Handke, “Los hermosos días de Aranjuez”. Como veo que la van a echar muy pocos días, del 10 al 26 de mayo, me abalanzo sobre entradas.com, temerosísima de perdérmelo si vacilo un segundo. Ya me pasó con “El pimiento Verdi” de Albert Boadella, visto y no visto (por mí). Trabuco de la abuela en mano me aposto ante la taquilla del Bellas Artes.

Doy mi nombre, aquel que uso legalmente para todo, también para comprar entradas de teatro. Rebusca la señora de la taquilla, parece que no me encuentra. Angustiada preciso que las compré tal día y que…”Ah, te refieres a entradas pagadas”, casi se asombra ella, y me pasmo yo. “Sí, las pagué”, musito poniéndome coloradísima de vergüenza.

Llega una amiga a la que he invitado al teatro porque resulta que me estoy divorciando y no quería ir sola. Mi amiga es una mujer inquietísima y muy inteligente pero menos handkemaníaca que yo y, por si acaso, llevo días ocultándole que he leído una crítica atroz de la obra, poniendo a caldo el texto (que si es plúmbeo, que si es ininteligible…), a los actores, al traductor de la obra del original alemán al castellano pero sobre todo y esencialmente al autor, “quien fuera enfant terrible y hoy carece del mínimo interés”. Así por las buenas.

Todo lo demás es silencio. Si han salido más críticas en otros sitios, yo no me he enterado. Tiene mucha más repercusión cualquier cosa que se estrene en el teatro de títeres del Retiro. Quién diría que estamos hablando de un autor del prestigio, para bien y para mal, de Peter Handke.

No es que el mecanismo sea muy nuevo ni muy sorprendente. En términos de censura intelectual, siempre me ha llamado mucho la atención el contraste entre la eficacísima mala hostia de ciertos progres frente a la ingenua torpeza de, ¿quiénes serían a estas alturas los otros? ¿Los no tan progres? ¿Los fachas? ¿Los del “no nos representan”? Sean quienes fueren, hasta que en el mundo se inventó la izquierda cultural organizada, la famosa intelligentsia, cuando al poder de uno u otro signo le molestaba o le incomodaba un autor, o le quemaban a él y a sus libros, o le metían en el índice, o le hacían la puñeta de tal modo que por lo menos le quedaba el consuelo de que todo el mundo se daba cuenta. Era evidente lo que estaba pasando. Los lectores o espectadores se podían jugar el tipo o no por acceder a aquel discurso prohibido. Pero sabían a qué atenerse.

Ahora el tema es mucho más sibilino. Cuando un autor no interesa al que manda, o al que controla el cotarro cultural, simplemente ese autor no existe. No es que se le nieguen el pan y la sal (que también), es que se le niega la mayor, la mismísima existencia. Se finge que el radar no lo reconoce. Que es invisible, vamos.

¿Tan sobrados andamos de oferta cultural en Madrid como para pasar olímpicamente del estreno en español de una obra de Peter Handke? ¿De verdad nos lo podemos permitir?

Está claro por qué Handke entró en la categoría de los invisibles: por su para muchos inquietante, incomprensible o incluso abominable discurso sobre los Balcanes en general y sobre Serbia en particular. Yo personalmente creo que el hombre tiene razón, o razones, en más cosas de las que parece. Ojo con los blancos y negros absolutos. Aun así, en aquello que pongamos que no la tenga, ¿no bastaría con llevarle la contraria y ya está? ¿Hay que borrarle del mapa, o intentarlo? ¿Alguien ha eliminado a Jean-Paul Sartre de las librerías por su feliz, ciego y sectario apoyo a la Unión Soviética, del que jamás se retractó? Hasta Racine y Heidegger, dos personajes intensamente odiados por sus opiniones políticas, mantienen su visibilidad literaria e intelectual.

Ah, pero Handke cometió el arriesgadísimo pecado de ser un autor que la izquierda consideraba suyo y de repente ponerse a mear fuera del tiesto autorizado, empezar a salirse por la tangente de lo políticamente correcto, romperles la unidad de destino, y de discurso, en lo universal. Y eso, para ciertos progres, se paga incluso más caro que haber nacido de derechas.

Resumiendo, que fue en medio de un silencio de plomo, de una fina pero cerrada lluvia de ignorancia, que entradas (pagadas) en mano me adentré en el Círculo de Bellas Artes y subí al segundo piso, a la pequeñita sala donde unos cuantos ¿bichos raros? ¿escogidos? ¿espíritus libres? nos congregamos para presenciar “Los hermosos días de Aranjuez”, el último texto escrito por ahora para el teatro por Peter Handke.

¿Y qué pasó?

Bueno, pues que el montaje era y es opinable, como todo en esta vida. Pero si les interesa mi opinión, el texto de Handke no tenía nada de plúmbeo y mucho menos de ininteligible. Todo lo contrario, era de una belleza y de una certidumbre conmovedoras. La actriz, productora y poco menos que pionera del teatro alemán en España, esa walkiria de las tablas que es Ana Caleya, comandaba con su actuación tan sutil como brutal toda una inmersión en las simas más oscuras de la pareja, de la dialéctica entre lo masculino y lo femenino, que dejaba a la Molly Bloom de Joyce a la altura de una Olvido Hormigos de andar por casa.

Qué lujo.

Y qué pena para todo aquel incauto y seguidor de lo políticamente correcto que se lo perdió y se lo va a perder siempre. Como dicen en mi pueblo: mientras haya burros, ciertos progres no marcharán a pie.

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