Paradojas

Publicado por el may 8, 2013

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Quisiera empezar estos devaneos poniéndome bajo el signo de Henry David Thoreau, uno de los clásicos de la literatura americana, uno de mis clásicos personales y también uno de los escritores más jóvenes, ligeros, líricos, profundos y modernos que conozco.

Todo el pensamiento de occidente desde el inicio del siglo XX y especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, se ha vuelto paradójico. Resulta curioso que Thoreau dijera, por ejemplo, en El Diario (Capitán Swing) que “la verdad es siempre paradójica”, porque creo que tiene razón.

Pero lo que estamos viviendo es una decadencia de la paradoja. La paradoja entra en decadencia cuando presuponemos que, puesto que la verdad siempre es paradójica, todas las paradojas son verdad.

Todas las ideas sufren similares procesos de decadencia. Normalmente, las ideas son rechazadas en un principio. Luego se aceptan, y finalmente se popularizan, se extienden , se degradan y se convierten en hojarasca, en palabras vacías. Ahora, cuando ya todo el mundo está de acuerdo en que la idea en cuestión es verdad, es cuando por primera vez es mentira: porque ya no significa nada.

El pensamiento de la modernidad es paradójico. Tomemos a Nietzsche, por ejemplo. Toda su obra se basa en la paradoja. Lo que consideramos “bien” es en realidad algo que nos debilita, nos esclaviza, nos anula, nos mata. Lo que consideramos “mal” es, en realidad vida, energía, posibilidad de realización. Tomemos a Marx, otro brillante paradójico. El Manifiesto Comunista, por ejemplo, no es más que una acumulació de paradojas. Lo que llamamos “libertad” en realidad es esclavitud, y el pueblo ha de liberarse de sus cadenas imponiendo una “dictadura”. ¿Se puede ser más paradójico?

Todo el desarrollo de la lingüística general que trajo consigo la revolución estructuralista y más tarde la deconstrucción, se basa en la paradoja del signo. El signo, como la palabra, ya no serán a partir de entonces vehículos de significado, sino más bien constructores del significado. Al decir “manzana” no nombro una fruta, sino que creo una realidad secundaria. El signo muestra, y al mismo tiempo, hace desaparecer: oculta.

Freud: paradojas. Las cosas que “yo” quiero y pienso, en realidad no las quiero y no las pienso. Yo quiero otra cosa, que ni yo mismo imagino porque me he prohibido a mí mismo desearla. Cuando deseo matar a alguien, en realidad le amo, y cuando amo a alguien en realidad deseo destruirle. Esta clase de paradojas han llegado a hacerse muy populares.

“Todo el mundo destruye la cosa que ama”, dice Wilde.

Y Keats: “el poeta no tiene yo”. Es decir, que el poeta puede escribir de verdad cuando no intenta escribir: cuando “él mismo” se quita de en medio. Baudelaire: “oh oscuridad, mi luz”. Paradoja.

Rilke: “todo ángel es terrorífico”. Paradoja.

Walter Benjamin: “todo acto de cultura es un acto de barbarie”. Paradoja.

Busquemos donde busquemos, sólo encontraremos paradojas. El resultado es que en nuestra época, cuando la modernidad ya es una etapa histórica pasada y lejana, la paradoja se ha apoderado de todo. Ahora cualquier conversación de café, cualquier reunión de amiguetes, cualquier reflexión a vuelapluma, cualquiera de esos dictámenes forenses a los que el español es tan afecto, como si fuera experto internacional en el tema que sea, sea cual sea, se basa en el uso indiscriminado de la paradoja.

Todo el mundo sabe, por ejemplo, (o al menos todo el mundo lo defenderá, enarcando las cejas como si estuviera desvelando un tremendo misterio) que en un libro las cosas que no se dicen importan más que las que se dicen. Este tipo de paradojas pseudoprofundas se repiten diariamente, y han llegado a sustituir nuestra intuición directa de la realidad de las cosas.

La paradoja se ha convertido para nosotros en sofisticación, cuando es en realidad pensamiento ramplón y derivativo. Repetimos que la música más importante es el silencio, por ejemplo, sin siquiera saber por qué lo decimos. O que el poema más bello es el que no se escribe. Algunas veces relacionamos este tipo de pensamientos con el Zen, y aplicamos el término Zen a casi cualquier cosa: a un sofá, a una peluquería, a un jabón.

En la portada de uno de los cuadernos de su Diario, Thoreau anota una serie de defectos que ha encontrado en su manera de escribir. El primero, y hemos de suponer, el peor de todos, es éste: “Paradojas; decir únicamente lo contrario, en un estilo fácil de imitar.”

El propio Thoreau sabía que, aunque la realidad es siempre paradójica, el hablar en paradojas es un estilo fácil y mecánico. Esto es, quizá, lo paradójico de la paradoja.

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