Mal vamos, volvemos a necesitar superhéroes

Publicado por el mar 31, 2013

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Con esta frase del título se despachaba el otro día en su Facebook la escritora María Zaragoza, haciéndome reflexionar. Tal vez porque es cierto que el mundo de hoy vuelve a necesitar a esos seres salvadores y sacrificados que cada cierto tiempo recuperan su auge. No son una moda, ni un producto de mera distracción, ni acompañamientos de plástico al Big Mac y a la Coca Cola (aunque a veces lo parezcan), sino reflejos de nuestra época. Encarnaciones míticas en las que necesitamos creer, pese a que la realidad –Corea del Norte nos lo vuelve a confirmar- esté más bien poblada por supervillanos. Por eso surgieron con fuerza en el convulso periodo de entreguerras y volvieron a hacerlo en plena era atómica. Y aquí están de nuevo, ofreciendo sus servicios desde el cómic y el cine, aunque en realidad llevan haciéndolo de manera ininterrumpida desde hace más de noventa años.

Llevo varias semanas devorando todo lo que cae en mis manos con el sello Marvel o DC. Y lo cierto es que no sé por qué. Nunca he sido fan ni de uno ni de otro. El único representante de la superheroicidad que llenó mi juventud y parte de mi etapa adulta fue ese genial e insignificante hombrecillo bigotudo con los problemas propios de cualquier español cuyo nombre era –sigue siendo- Superlópez. Tal vez por eso he desarrollado más afición por la guasa que por la justicia. El caso es que durante mi adolescencia fui totalmente inmune a los supuestos encantos de Batman, Spiderman, Superman y toda esa panda de seres rarunos por los que muchos de mis amigos se pirraban. No sé si los veía demasiado infantiles o demasiado adultos, pero el caso es que jamás llamaron mi atención. Es ahora, a mis treinta y seis primaveras y con varias decenas de lecturas sobre el sustrato mítico de las historias en mi haber, que he empezado a considerar a esos fantoches disfrazados como lo que son: auténticos héroes mitológicos del mundo moderno, como lo fueron en su día los dioses de las religiones politeístas o lo son aún hoy los santos del Cristianismo.

Tal vez gracias a Christopher Nolan algunos hemos empezado a ver a Batman como un héroe trágico, complejo, que esconde bajo su traje muchos de los célebres arquetipos con que la Humanidad ha ido tejiendo su peculiar mitología desde que los miembros de la tribu se reunían en torno al fuego de la caverna para contar historias que explicaran el mundo. De ese fuego sagrado surgieron los dioses, los héroes, los magos, los monstruos, los ángeles, los demonios, los caballeros, las doncellas, los dragones, las brujas, los robots, los vaqueros, los pilotos espaciales, los ejecutivos agresivos, los hombres del saco, las chicas guerreras. Y, por supuesto, los hombres murciélago y las mujeres gato.

¿Enemigos? Muchos. Yo entre ellos, de pequeño. Ahora ya no. Pero la verdadera kryptonita se llama prejuicio. Sólo una vez superado y acercándose el descreído a maravillas como el célebre Batman: Año Uno de Frank Miller, puede comprobarse no sólo la incuestionable calidad artística de algunos de estos trabajos, sino también la riqueza en elementos dramáticos y estructuras narrativas, tanto o más potentes que muchas de las obras literarias universales más renombradas.

Por eso hoy más que nunca estoy de acuerdo con Miguel Ángel Elvira Barba, profesor de iconografía clásica en la Universidad Complutense de Madrid y ex director del Museo Arqueológico Nacional, quien dijo en una clase que los antiguos griegos seguían las hazañas de Heracles, Perseo y Odiseo con el mismo fervor con que nosotros seguimos las de Astérix o Tintín.

Yo pongo a Iron Man, Hulk y la Viuda Negra en la lista.

@Jorge_Magano

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