La vida para principiantes

Publicado por el mar 11, 2013

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¿Se puede rescatar un libro? Yo esté estuve a punto de perderlo. Acabé la lectura y allí se quedó, sobre la mesa del bar. Afortunadamente uno tiene amigos y hoy he vuelto a recuperarlo. La vida para principiantes de Slawomir Mrozek (Acantilado, 2013) lo compré porque me lo recomendó una librera (esa especie en extinción) de las de toda la vida. Es un lujo que te recomienden un libro. Y que acierten. Por lo general, cuando alguien me dice “este libro te va a gustar”, una de dos: o es un tostón intelectualoide o el superventas de temática ligera y a ser posible ñoña. Efectivamente, cuando alguien se entera de que eres escritor, tiende a clasificarte dentro de dos grandes grupos: el escritor bufanda al cuello contento de conocerse y de una inteligencia superior a la media (a este le recomiendan el tostón), o el escritor excesivamente sensible capaz de conectar con un millón de compradores (para este, el superventas). Ninguno de mis referentes (afortunadamente, tampoco yo mismo) coincide con ninguno de estos dos tipos de escritores. El señor Mrozek tampoco.

En este libro encontramos ironía, humor inteligente y una sonrisa de medio lado, perenne durante lo que dure la lectura. Cuentos breves, treinta y nueve, que muestran la capacidad de observación e inteligencia de un autor que nació en Polonia en 1930 y que convierte una anécdota en una brillante reflexión sobre la identidad, o la carta de un “principito” en una denuncia soterrada de lo establecido. Textos que nos obligan a leer entrelineas, que seducen en una segunda lectura (ninguna palabra está empleada con descuido o al azar) y, por alguna extraña razón, nos ayudan a evadirnos de una realidad que es su propio epicentro. Curioso. Acudo al diccionario.

Evasión: Salida o recurso con que una persona elude afrontarse a una dificultad, un compromiso o un peligro.

Ahora lo entiendo: hay noches que llego tan cansado a casa que sólo soy capaz de darle al play y enchufarme a Dexter (acabo de empezar la quinta temporada), fines de semana en los que el fútbol es un bálsamo y el enésimo partido del siglo, una excusa para no hacer otra cosa. Pero es un alivio saber que he recuperado a Mrozec, que La vida para principiantes me espera en la mesilla y que sólo tengo que arrastrarme hasta allí. Quizá esta noche me toque un cuento de dos páginas capaz de concentrar el perfume de la alegría.

@pedroramos73

 

La revolución

Slawomir Mrozek

 

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.

Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.

Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.

Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.

Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.

La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.

Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedo más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.

Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.

Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese «cierto tiempo». Para ser breve, el armario en medio también dejo de parecerme algo nuevo y extraordinario.

Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la  vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.

Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.

Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez «cierto tiempo» también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio—es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.

De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.

Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.

Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

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