Libros con alma pero sin cuerpo

Publicado por el feb 23, 2013

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En Las nueve revelaciones -ese bombazo editorial lleno de torpezas narrativas que el autor justificaba con teorías new age- se hablaba de que el siguiente estadio de la evolución humana pasa por desprenderse del envoltorio físico de manera que todos acabaremos siendo pura energía, sin el mamotreto corporal que llevamos encima. Parece una cuestión mística, pero algo así ha ocurrido ya. No con nuestros cuerpos, que cada vez sienten más la necesidad de ser perfectos o ajustados al canon televisivo, sino con la cultura, que ha pasado de material a inmaterial. ¿Qué diablos estudiarán, me pregunto, los arqueólogos del siglo XXX? ¿Serán capaces de acceder al contenido de nuestros sofisticados gadgets o se quedarán en la carcasa?

Hago estas reflexiones mientras voy en el metro leyendo un ebook y escuchando música en el iPod. No son un libro y un disco, sino una novela y música. Leo una historia que me entra por los ojos y llega a mi cerebro, pero no sé dónde transcurre: si al lado izquierdo o al derecho. Jorge, eres idiota, me digo. Es cuestión de acostumbrarse, de desprenderse de las tres dimensiones y dejarse llevar por el material incorpóreo que te facilita hoy la tecnología. Me respondo que sí, pero que si en ese momento entra un borracho gritando en el vagón y levanto la cabeza un instante, luego me cuesta encontrar la línea donde me detuve porque si la marco con el dedo soy capaz de avanzar o retroceder la página, o desplegar un menú, o conectarme a Internet. Eso es porque eres un torpe, me digo. Y sigo leyendo, pero no me quedo tranquilo y vuelvo a la carga, esta vez con la cubierta.

¿Qué le pasa a la cubierta?, pregunto con más paciencia que un santo. Pues que si de pronto necesito hacer un alto en la lectura y  ver la ilustración,  el título o el nombre del autor, no me basta con un leve giro del soporte, como hacía Sebastian Baltasar Bux en La Historia Interminable al descubrir por primera vez el Auyrin. ¿Y qué? Pues que esa cubierta le da una personalidad pictórica a lo que estamos leyendo, y ese tocho de papel  nos indica que lo que tenemos en las manos tiene un algo, un ancho y un largo. Y que nos queda un trozo así para terminar el libro, y no el preciso y frío “tanto por ciento” que nos indica el cacharro.

Decido no hacerme caso, pero yo sigo en mis trece y llego a casa con la idea de sentarme y escribir este artículo, para ver si a ustedes les ocurre lo mismo o soy en realidad tan tonto como me digo.

No me voy a detener en tópicos románticos como el olor del papel y la tinta impresa, de los que tanto se ha hablado ya. Pero sí en la notable diferencia que percibo a la hora de concentrarme ante un soporte y otro. Hace algunos meses leí en un periódico de la competencia un interesante artículo en el que hablaban de Larry Page (cofundador de Google) y su preocupación acerca de la lectura digital y sus desventajas. Entre ellas mencionaba que es más lenta y menos eficaz que la lectura de siempre. Al menos, para los lectores de cierta edad, que necesitamos que nos den unas coordenadas espaciales para asimilar y memorizar lo que leemos. Me aferro a esa teoría para justificar que las cinco o seis novelas que llevo leídas en formato digital han transcurrido por mi mente como un relámpago, del que se percibe la estela y luego se borra. También me alegra enterarme, gracias a ese mismo artículo, de que los nacidos bajo el signo de Steve Jobs lo hacen con un cerebro configurado para los nuevos medios, por lo que no tendrán los problemas que yo tengo.

Me gusta el ebook y seguiré usándolo. Es cómodo, práctico y barato. Y lo defiendo porque es el futuro. O el presente. O qué sé yo. Pero cuando leo uno tengo la sensación del  astronauta que toma un comprimido proteínico en lugar de un filete. El principio activo es el mismo, pero la experiencia se me antoja incompleta. Espero no ser el único. Si no lo soy, agradeceré infinitamente sus comentarios. En caso contrario, se lo pido por favor, háganme una foto antes de que me extinga.

@Jorge_Magano

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