El teatro de la vida se llama Bárcenas

Publicado por el feb 6, 2013

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Los perros aúllan en sordina. La realidad parece víctima de un atracón de estímulos. Como si un atolón se hubiera bebido un océano y ahora estuviéramos haciéndole la respiración boca a boca: al alma cándida de los españoles que se creían habitantes de un archipiélago unido por la historia y los afectos y se han despertado en una centrifugadora emocional. ¿Quiénes son? ¿Quiénes somos? Se tienta la ropa el Partido Popular, temiendo que mañana una portada de un periódico le quite para siempre el hipo. Hay un duque empalmado dispuesto a aparecer en una obra póstuma de don Ramón María del Valle-Inclán y un congreso de grafología volcado sobre un gran mural del siglo XXI en el que aparecen anotadas en letra de contable periférico todas las facturas falsas (y las que nunca se pidieron y por lo tanto nunca se expidieron) que desde el tendero de la esquina al premio Nobel, desde el maestro de esgrima al catedrático de Ética, desde el fontanero al ministro de Hacienda y Naumaquia… han ido hinchando con la conciencia bien enterrada en salmuera. Los cines se quedan vacíos de realidad una madrugada más y los nuevos mendigos rebuscan en la basura para que los pille in fraganti de realidad un fotógrafo del New York Times mientras un camión cargado de cocaína incautado a la mafia galaicocolombiana escoltado por cuatro motoristas de la Guardia Civil de tráfico desaparece en medio de la niebla entre la Costa de la Muerte y la Ruta del Bacalao. Gonzalo Torrente Ballester, acostado en su húmedo y estrecho nicho que espera a las mejores plumas de cada generación –un asilo llamado provisionalmente purgatorio-, se da una vuelta para seguir la siesta de la eternidad, escéptico sobre la inmortalidad del alma y la regeneración de España.

Vamos a ser españoles hasta las últimas consecuencias. El teatro de la vida se llama Bárcenas. Mira si no el coro de periodistas haciéndole la ola a ese lindo tipo de varón (Manuel Martín Ferrand dixit). El varón hace el paseíllo como si fuera el torero de las finanzas, de los dimes y diretes, de las cuentas de una Suiza que Max Frisch (No soy Stiller ni quiero serlo) no había previsto tan complaciente para los grandes ahorradores españoles. Da gusto ver la capacidad para hacer del perfil un mascarón de proa y cortar el viento helado de Madrid sin cortarse ni el mentón. Viento de la Serranía de los Perplejos, los Amoratados, los Catadores de Carne Putrefacta, las Doñas y los Encubridores, los Fabricantes de Conspiraciones y los Mudos y los Sordos, los Nuestros y los Otros.

Hace demasiado tiempo que el tercer tomo de las voluminosas obras completas de María Zambrano espera en mi pupitre en ABC a que le haga justicia, le hinque el diente. Hace demasiado tiempo que quería escribir de su ensayo La España de Galdós, cuando la cuestión catalana nos ensombrecía el ánimo. Pero han pasado las semanas y ahora estamos asomados al brocal del pozo de la corrupción. Un tema eterno. No solo español, pero aquí sabemos darle nuestro hálito particular: mira si no a esa esposa de concejal catalán exigiéndole al mafioso ruso que se comporte, o esa presunta capaz de gastarse miles de euros en confetti. Hay tantos casos que los dramaturgos y los novelistas tienen exceso de salami. Pero acaso lo que vislumbramos en el fondo aparentemente terso del agua negra es el rostro de un tipo que se parece a Bárcenas. ¡Pero hay que ver cómo se parece a un español! Entonces vuelvo a María Zambrano y leo: “La obra de Galdós, y la novelesca especialmente, parece ir en busca de la realidad sobre todas las cosas”. ¿Dónde está Galdós? ¿Hace falta Galdós? Está Rafael Chirbes de guardia. Esta noche. Está la novela negra afilando la pluma digital. Están los grandes cronistas apurando las notas para escribir la historia de esta época aciaga. ¿Porque nos falta perspectiva galdosiana, porque al ser hijos del ahora no somos capaces de comparar esta época y nuestro inveterado narcisismo con otras objetivamente mucho más atroces? A cada ciclo, su afán. A cada ciclogénesis, sus exégetas y sus hombres del tiempo.

Ah, el viento (gran barbero celestial) ha de barrerlo todo. Al menos, el viento, desde Whitman a Machado. La Italia que trae la noche no es la de Leopardi. El viento se llevó el sombrero imaginario de un tal Bárcenas para mostrarnos desnudos en el espejo negro del pozo nuestra realidad, que ha de ser no solo interpretada con los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato, sino con buenas dosis de pericia económica, con fiscales y jueces que vuelvan a pensar en el bien común, con ciudadanos que renieguen de la corrupción, que se nieguen a seguir comprando la verdad podrida de los viejos partidos empeñados desde hace ya demasiados lustros en saquear España. Clase extractiva. El viento. El teatro de la vida. Telón.

 

Foto: Jaime García

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