José Hernández

Publicado por el Jan 7, 2013

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            La hermosa exposición de José Hernández en la Galería Leandro Navarro, con dibujos y óleos de los dos últimos años, es una buena oportunidad para admirar la labor de este pintor y escenógrafo estrechamente vinculado con el mundo creativo de Francisco Nieva.

            José Hernández nació el 5 de enero de 1944 en la Zona Internacional de Tánger. Con unos diez años se inicia en la pintura de manera autodidacta. Comienza dibujando y pintando del natural, pero enseguida descubre las posibilidades del informalismo matérico y estudia la técnica del óleo. Además se interesa por lo enigmático y onírico, presentes en su obra desde el principio. En Tánger celebró su primera exposición individual, bajo la tutela de Emilio Sanz de Soto, en 1962.

Hipnosis, 2010

            Carmen Laforet, en 1983, glosa así la edición de una conversación entre Sanz de Soto y Hernández: «La vida de Pepe Hernández es pura lucha consigo mismo. Amigos de su edad, refugiados internacionales en su barrio tangerino, y la asistencia a una escuela francesa -gratuita- le han dado el conocimiento de dos idiomas -francés e inglés-. A los 11 años alterna los estudios con el aprendizaje en un taller de mecánica. “Aquello no me gustaba”, dice José Hernández. “Decidí estudiar delineante por correspondencia. Gracias a ello entré a trabajar con un ingeniero francés. Ganaba poco, pero así fue como comencé a comprarme libros sobre pintores contemporáneos. E incluso comencé a pintar a solas, sin orientación alguna, de forma, ahora que lo pienso, absolutamente caótica…”. En este momento, cuando después de ocho horas de trabajo, en sus clases nocturnas, Pepe Hernández terminaba su bachillerato español, se produce el encuentro decisivo con Sanz de Soto. Emilio, inmediatamente, se muestra partidario de una primera exposición de los dibujos de Hernández… En esta primera exposición tangerina en la librería francesa Des Colonnes estuvo presente quien firma estas líneas, arrastrada por el entusiasmo certero, genial de Emilio Sanz de Soto. Y arrastrados por este mismo entusiasmo, acudieron personajes mucho más importantes, algunos ya famosos, como Francis Bacon; otros en vías de la fama (que ha sido mundial después) residentes en Tánger entonces y amigos de Emilio, de los que José Hernández recibe el impacto de una cultura viva y un recuerdo imperecedero: el pintor marroquí Ahmed Yacoubi, Gregory Corso, Allen Gingsberg. También amigos de Emilio eran Truman Capote, Tennessee Williams, Orson Welles, Paul y Jane Bowles…

            »Emilio lleva a José Hernández a una exposición del también escritor Brion Gysin. “Tras la exposición”, recuerda José Hernández, “nos fuimos a un café a charlar con William Burroughs, y al afirmar Burroughs que en España no se había producido ninguna obra literaria realmente onírica, Emilio se levantó, fue a su casa y trajo un ejemplar de Los sueños, de Quevedo. Burroughs quedó tan fascinado que, sin decir palabra, se fue a otra mesa y se enfrascó en su lectura. Estaba también en la reunión el pintor Harloff y una persona que, pasados años, había de abrirme muchas puertas: el poeta y crítico Edotiard Roditi, a quien estaré eternamente agradecido. Pintaba cuando podía”, dice Pepe Hernández, “casi siempre de noche. Las ocho horas de trabajo rutinario se me imponían como irrebatibles, por el imperativo de un sueldo. Decidí tirarlo por la borda y marchar a Alemania. Estaba en un momento de total ofuscación, pero el hecho de que a lo mejor en Alemania podría ahorrar era determinante”».

Retrato de vieja, 1965

            Aconsejado por Sanz de Soto, en 1964 recala en Madrid, donde se queda a residir y es ayudado por un grupo de artistas: Pablo Runyán, José Jardiel, Julio Zachrisson y Manuel Millares. En 1966 realiza una exposición personal en la Galería Edurne, a raíz de la cual José María Moreno Galván lo vincula con Orfeo: «Ese ser angélico, como Orfeo, debe tener alguna experiencia de su descenso a los infiernos».

Aquelarre, 1979

            Si bien Hernández apenas pinta entre 1966 y 1970 –entre otras cosas por el cumplimiento del servicio militar-, su importante obra gráfica nace en 1967 cuando edita su primer aguafuerte, Naturaleza muerta, al que seguirán varias litografías generalmente realizadas en el taller de Dimitri Papageorgiu antes de pasar a su propio taller. Así surgirán aguafuertes como Los Tarados (1974), Guardián de espectros (1975), Aquelarre (1979), Caballero del Eterno Retorno (1976), Conjuro (1996)… Y en 1971 comienza su prolífico trabajo como ilustrador con la serie Ópera, seis litografías para dos poemas de Ángel González.

Ópera, 1971

            Al comentar este trabajo gráfico, Yves Leroux asegura que «el arte de Hernández ni ignora ni imita la Naturaleza, sino que la supera, la perfecciona y la transpone gracias a la imaginación, de lo que resulta una visión nueva o renovada (…) La estética de José Hernández –y, sin duda alguna, su ética- nace de la observación crítica y lúcida, y por tanto pesimista, de la realidad, lo que le inscribe en la modernidad, pues son muchos los que comparten con él, en este fin de siglo, la misma visión pesimista del mundo», y menciona a Cioran, Beckett, Claude Verlinde, Jean-Marie Poumeyrol, Francis Bacon, Horst Janssen, Beksinski… «Todos ellos nos introducen en un universo en el que se mezclan la decadencia, la corrupción, el crimen, la miseria, la podredumbre y la muerte. Y en su obra gráfica José Hernández no duda en hacer hincapié en cómo los excesos y desmanes de cualquier ejercicio abusivo del poder, ya sea burgués, religioso  o político, conducen al deterioro social».

            Añade Leroux: «En sus primeros grabados, Hernández representaba preferentemente personajes, a veces superpuestos, pero, poco a poco, las referencias espaciales se han impuesto, y los trazos han adquirido soltura y expresividad. Los grabados de Hernández desembocan pronto en lo fantástico, e ignorando el lado oscuro, fuente de inspiración para la mayoría de los artistas de todos los tiempos. Su arte se ha afianzado más bien en lo insólito y, más concretamente, en los “espacios inquietos”: aquellos que el Hombre parece haber abandonado, pero que han sido estructurados por él, y que se han convertido en espacios desiertos ocupados por el vacío (…). Junto a lo fantástico que transpone o invierte las formas del mundo conocido, encontramos en Hernández lo fantástico que crea seres sin relación alguna con el mundo visible. El artista ha sabido construir un universo en el que lo inconsciente, lo no formulado, lo impreciso, se desarrollan con una libertad y una fecundidad que el arte antiguo, tan estrechamente vinculado a lo conocido, no podía poseer».

Crucifixión, 1970

            Rosemary Mulcahy, siguiendo de cerca la evolución de Hernández, afirma que «los años de 1970 a 1972 fueron un período de actividad intensa en el que Hernández fraguó su particular estilo de expresión artística». Obras como La grieta de las reliquias (1970), Ópera veneciana (1971) y Restos de resurrección (1972) mezclan lo arquitectónico con «estratos superpuestos de detrito cultural (telas y objetos litúrgicos)» y la introducción de lo increíble, destacando «la calidad del dibujo, la elaboración cuidadosa y el liso acabado, las tonalidades apagadas de veladuras ocres y verdes». Alcanzaría su culminación con el tríptico Reflexión sobre el gran malestar (1972-1973), donde «las figuras de pesadilla que hasta aquí sólo estaban sugeridas se presentan completamente formadas y a plena luz».

Testamento inútil, 1974

            Mulcahy considera que «a partir de 1973 la figura adquiere un mayor protagonismo», como en Testamento inútil (1974) o Pensador amenazado (1975), pero en un entorno de ambigüedad espacial, «la incertidumbre de si los ambientes son interiores o exteriores». Hacia finales de la década de los 70 aumenta la «complejidad compositiva y espacial», compitiendo «con los excesos del arte barroco»: La galería de los prestigios usados (1977), Los privilegios deshidratados (1978), Lugar de afligidos (1977-1978)… A partir de ese momento «la obra se construirá con menor densidad y la imaginería será menos horrible», hasta concentrarse «más en la figura única» en los ochenta: Práctica de náufragos (1982), Lección de morfología (1983)…

Metamorfosis XIV, 1985

            De 1985 son los quince dibujos con que ilustra La metamorfosis de Kafka. El interés por el animal repulsivo pero cotidiano coincide con una mayor preocupación por la naturaleza: raíces, flores, troncos en descomposición… Se confunde lo vegetal con lo animal y lo mineral, cada vez con menos elementos. La figura humana va desapareciendo, lo que también destaca Corredor-Matheos, y «las cualidades formales del arte de la pintura, composición, geometría y medida, pasan a ser primordiales»: Mesa sistemática (1988), Práctica de náufragos II (1988)… Esta evolución culmina en sus Retratos-Fósiles (2002), donde «la cabeza humana aparece como un fenómeno de la naturaleza, como un roca o una peña agrietada y gastada por el tiempo. Las pinturas mismas parecen viejas. La manera de pintar de Hernández refuerza la idea de cambio continuo, destrucción y degradación. Usa pigmentos naturales, tierras, ocres, sienas, aplicados en múltiples capas. Se sirve de la tela preparada por él mismo dejando que asome la trama y aprovechando manchas accidentales (…). Ninguna de estas obras es un retrato en el sentido habitual. No representan a nadie en concreto, pero se pueden ver como metáforas del tiempo. Expresan la angustia de la inevitabilidad del cambio y la imposibilidad de la permanencia».

El desprendimiento, 2006

            Desde 1974 tiene una amplia dedicación al teatro, la ópera y el cine. Comienza colaborando con el grupo Ditirambo en la versión de Francisco Nieva del Danzón de Exequias de Ghelderode. Le seguirán, entre otras muchas, Así que pasen cinco años (1978) dirigida por Miguel Narros, El engañao (1980) de José Martín Recuerda, La devoción de la cruz (1987) dirigida por Eusebio Lázaro o Pelo de tormenta (1997) de Francisco Nieva, dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente, con quien también realiza Puerta del Sol, un episodio nacional (2008). También trabaja frecuentemente con José Luis Gómez, Joaquín Vida y Eduardo Vasco. Con Nieva como director repetirá en dos óperas –La vida breve (1999) de Falla y La señorita Cristina (2001) de Luis de Pablo- y en la obra Tórtolas, crepúsculo… y telón (2010) del propio Nieva. Además ha trabajado con Carlos Saura en la película Buñuel y la mesa del rey Salomón (2001).

            José Hernández ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de Artes Plásticas (1981), el Penagos de dibujo (1992), el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid (1998), el Premio Nacional de Arte Gráfico (2006) o el Premio Tomás Francisco Prieto (2007). Además ha recibido galardones en Alemania, Polonia, Noruega, Bulgaria, Italia, México y Yugoslavia no sólo por sus grabados, dibujos y pinturas, sino también por sus escenografías.

www.pedrovillora.com

 

Hotel Alhambra, 2012

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