Rosa García Ascot y Jesús Bal y Gay

Publicado por el Dec 31, 2012

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            La demasiado frecuente falta de atención a las mujeres artistas se acentúa en el caso de quienes se dedican a la música. Tal vez por eso apenas ha habido referencias en 2012 al décimo aniversario del fallecimiento de esa excepcional pianista que fue Rosa García Ascot. Oculta tras las figuras de su maestro, Manuel de Falla, y su esposo, el estudioso y compositor Jesús Bal y Gay, García Ascot merece que se la recuerde por sus propios méritos.

            Rosa García Ascot nació en Madrid el 8 de abril de 1908 y falleció el 2 de mayo de 2002 en Torrelaguna (Madrid). Aunque a los 10 años ya era una gran pianista, nunca acudió a un conservatorio. Según cuenta María Luisa Ozaita en su apéndice al libro de Patricia Adkins Chiti Las mujeres en la música, «su talento fue descubierto por Felipe Pedrell; con él mantendría una entrañable amistad y a través de su padrinazgo tomará contacto con sus grandes maestros. De Enrique Granados, con quien estudió piano durante dos años y de quien guardaba un grato recuerdo, solía decir que le había enseñado la manera perfecta de utilizar el pedal. Tras el trágico fallecimiento del maestro, iniciará sus estudios de composición y de piano con Manuel de Falla. En su ausencia, recibió también los consejos y las enseñanzas de Turina; pero su verdadero maestro, sin duda, es Manuel de Falla, y para Rosita siempre será un orgullo haber sido su única alumna directa de composición. A través de él conoció profundamente a los clásicos, así como las nuevas tendencias, el Impresionismo o la propia obra de Falla, junto al que permaneció hasta 1935».

Manuel de Falla, Rosa García Ascot y Jesús Bal y Gay

            Existe una carta de Manuel de Falla a Felipe Pedrell, fechada el uno de noviembre de 1916, en la que el primero le expresa su satisfacción tras haber conocido a Rosa García Ascot por mediación del segundo: «No doy lecciones por falta de tiempo, pero siendo cosa tan de Vd. y lo que encuentro de extraordinario en Rosita –cuya organización musical es prodigiosa, como Vd. dice muy bien- hago una excepción en mi plan y desde el martes próximo empezaremos las lecciones de piano y de composición, si a esto no se opone Vd».

            Falla añade: «El caso es que he de seguir con ella un método de enseñanza muy especial, partiendo de lo que ella ya sabe sin saberlo, y con cuidado que no se desoriente ni se eche a perder con cosas inútiles y aun perjudiciales, como le ocurriría seguramente de seguir una enseñanza conservatorial. De este modo estoy seguro de que tendremos un gran fruto».

            Ozaita cuenta cómo García Ascot, o más bien Rosita –como ella quería ser llamada-, «participó activamente en la vida musical y cultural española, cultivando la amistad de Federico García Lorca –de quien, según cuenta, aprendió toda la música popular-, Buñuel, José Bello, Emilio Prados, Adolfo Salazar y todos los que en la época destacaron en una u otra especialidad. Federico le dedicó un poema. Recibió elogios, sobre todo por sus excelentes interpretaciones pianísticas, de Ravel, Pedrell, Pérez Casas, Falla y Nadia Boulanger, a quien le unió su magisterio en París y una profunda admiración mutua». Rosita fue, además, la única mujer del Grupo de los ocho, que incluía a Salvador Bacarisse, Julián Bautista, Ernesto y Rodolfo Halffter, Juan José Mantecón, Gustavo Pittaluga y Fernando Remacha, considerado paralelo a la generación del 27 en cuanto a renovación musical.

            García Ascot fue reconocida como pianista y se encargó de la parte solista en el estreno en 1921 de la versión a cuatro manos de Noches en los jardines de España, de su maestro Falla, en París. En 1933 se casó con Jesús Bal y Gay, y en 1935 se marchó de España para no regresar hasta 1965. Siguió interpretando –aunque en contadas ocasiones- en Inglaterra, Francia y México, pero de vuelta a España permaneció retirada de la vida pública.

            Entre sus obras –en buena medida inéditas- destacan Suite para orquesta, Preludio y Concierto para piano y orquesta. El musicólogo Xoán M. Carreira recuerda cómo su pieza para guitarra, La española, fue programada con cierta frecuencia durante el periodo de la Segunda República.

            Más conocido es indudablemente su esposo, Jesús Bal y Gay, quien nació en Lugo el 23 de junio de 1905 y falleció en Madrid el 3 de marzo de 1993. Estudió piano en Lugo con Mercedes Cornide y María Mota, y en 1921 se trasladó a Madrid, ciudad en cuyo Real Conservatorio se examinó por libre. Entre 1924 y 1933 vivió en la Residencia de Estudiantes, con un intervalo entre 1927 y 1928 en el que ingresa en el Seminario de Estudos Galegos e inicia la recopilación del Cancionero gallego, que le llevará cinco años. Antes de convertirse en residente había fundado en Lugo la revista Ronsel, donde publicó poemas, canciones y artículos sobre música, y había dado a conocer un primer libro, Hacia el ballet gallego (1924); posteriormente publicará en El Pueblo Gallego la crítica de conciertos realizados en Madrid.

            Comienza en 1928 su colaboración con el Centro de Estudios Históricos de Madrid, donde trabajará en proyectos etnomusicológicos como el citado Cancionero gallego y una recopilación de romances cacereños. Ramón Menéndez Pidal lo conduce hacia la musicología histórica, cuyo primer resultado será el libro Treinta canciones de Lope de Vega (1935).

            Una vez casado con Rosa García Ascot, recibe en 1935 una oferta para ser lector de español en la Universidad de Cambridge, donde permanecerá tres años estudiando con Dent y Wolf y preparando la edición de Romances y villancicos del XVI (1939).

            En 1938 la pareja se exilia en México. Los dos primeros años reciben subvenciones estatales, de 1940 a 1942 trabaja en el Colegio de España –reconvertido en Colegio de México-, y de 1943 a 1949 es periodista del British Propaganda Office en México. Hasta 1965, en que regresa a España y se instala en Madrid, mantiene una rica actividad en su país de adopción: director de la sección de musicología del Instituto Nacional de Bellas Artes, crítico musical de El Universal, fundador de Nuestra Música, profesor de Estilografía Musical en la Universidad Nacional Autónoma y director musical de su emisora de radio, profesor de Folclore y Polifonía en el Conservatorio Nacional…

            En España imparte Composición en el curso internacional de música de Compostela, en 1965, teniendo como alumno a Jesús Villa Rojo, considerado por Xoán M. Carreira «el más fiel intérprete de su música».

            Carreira comenta cómo Bal y Gay fue un radical defensor de las novedades desde su juventud. Así, en Ronsel había publicado un artículo, «Patología del aficionado», en el que declaraba: «Bajo esa entente contra lo joven toman idéntica fisonomía “aficionados” y “profesionales”. Comprenderá el lector que hablo solamente de aquella especie que ostenta determinadas características patológicas. Tal vez en otros países la palabra “aficionado” no pueda asumir la significación que aquí tiene; pero el que desee conocer numerosos y acabados ejemplares de esta casta, puede venir a España y, ya dentro de ella, dirigirse al paraíso del Real, delicioso paraíso para los “aficionados” y espléndida arca de Noé para el zoólogo de la música. El coeficiente de su miopía o el de su sordera viene dado por el número de patadas con que, aun hoy, reciben a Debussy, Ravel o Béla Bartók. Mi creencia de que ese tipo tiene su origen en la hipertrofia de los más primitivos instintos se afirma de día en día. Por regla general carece de una educación musical conveniente. Me explicaré. El “aficionado” se inicia en la música por medio del pasodoble o del vals. Las melodías y las armonías pegadizas e instintivas despiertan en él una fácil delectación y hasta, si se quiere, un primitivo orgullo: ¡es tan agradable para alguno poder tararear la melodía que se acaba de oír! En ese sentido prosigue su melómana excursión. Su paladar, iniciado con la plebeya peladilla, va buscando, a través de la confitería universal, las más saturadas confituras con que saturarse y sobresaturarse. El instinto de lo fácilmente agradable va creciendo rápidamente: de ahí el desequilibrio orgánico tan difícil de corregir. Su cultura musical, si cabe llamarla así, se forma a posteriori, es decir, al tiempo que va deslizándose la deleitosa onda. Y nada más perjudicial que esa clase de cultura».

            Los autores predilectos de Bal y Gay –Bartók, Brahms, Debussy, Falla, Ravel y Stravinsky- influyen en su obra como compositor, no muy abundante: Seis pezas pra canto e piano (1931), Cuatro pezas pra canto e piano (1939), Serenata para orquesta de cuerda (1941-42), Divertimento para cuarteto de maderas (1942), Hojas de álbum (1946-48), Sonata para clarinete y piano (1946-47), Concerto grosso (1951)…

            Dice Jesús Bal y Gay de su propia obra: «Me he planteado muchas veces qué motivos me han impulsado a componer. Siempre coincidí en mis respuestas a mí mismo. Nunca he compuesto movido por causas externas: entorno musical, ambiente musical en el que me movía, el estudio de alguna obra determinada, etc. Es posible que todo o algo de esto haya influido de forma directa o de un modo del que yo no haya tenido conciencia. De mi “autoanálisis” surge siempre una respuesta positiva a la necesidad, a algo que estalla en mí y me produce la inquietud de componer como menester expresivo. Prueba de ello es que he dejado de componer hace muchos años, desde antes de 1960, por falta de ganas, por falta de necesidad, por la misma razón por la que cada vez que compuse lo hice por necesidad imperiosa e insoslayable de expresarme. No puedo explicarlo de mejor modo. Sólo sé que en mí ha surgido siempre de mi propio interior la “obligación” de componer y siempre sin “iluminaciones externas”. De todas mis obras, que son pocas, estoy contento, porque si no fuera así las hubiera destruido. De este modo, aclaro y afirmo que estoy satisfecho, pero jamás he pensado que con esta o con esta obra habría llegado a la cúspide. No. Creo que, si siguiera componiendo, seguiría haciéndolo en el mismo tono. De todas formas, dentro de mi obra hay diferencias, porque el Concerto grosso es una obra más ambiciosa, más densa y compleja que la Serenata para orquesta de cuerda. El planteamiento conceptual es otro y el deseo de más amplios horizontes es más intenso. Si tuviera que conservar una sola de mis obras, desde luego, sin temor a dudas, salvaría el Concerto grosso; aunque hay otra que no me parece mal, que se podría comparar con el Concerto grosso, que es la Sonata para clarinete y piano. No voy a pecar de falsa modestia y me atrevo a decir que cuando los vi impresos y los oí me encontré con cosas que hubiera modificado con gusto. No he quedado nunca plenamente satisfecho con ninguna obra mía, pero sí lo suficiente para hacerlas oír y para publicarlas… No son ningún mamarracho ni ninguna arbitrariedad, pero seguramente si hubiera tenido tiempo y humor habría modificado algo, qué sé yo, o escrito otras cosas».

            Entre los escritos musicales de Jesús Bal y Gay se cuentan Chopin (1959), Tientos (ensayos de estética musical) (1960), Debussy (1962) y las ediciones de Cancionero de Upsala (1944), Tesoro de la música polifónica en México (1952) y Cancionero gallego (1974).

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