Maruja Mallo

Publicado por el Dec 29, 2012

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            La siempre escasa bibliografía sobre las artistas españolas se ha enriquecido en 2012 con una biografía de Maruja Mallo, Maruja Mallo y la vanguardia española, escrita por Shirley Mangini y publicada en la editorial Circe. Es uno más de los acercamientos a esta extraordinaria mujer sobre la que han escrito libros tanto Ramón Gómez de la Serna como Estrella de Diego o José Luis Ferris.

            Una vida tan rica como la suya es imposible de abarcar desde un único punto de vista, de ahí que cualquier nuevo estudio sea la ocasión para seguir sorprendiéndose ante una creadora tan genial como, todavía, no lo suficientemente conocida. Eso a pesar de que se cuente con algunos catálogos que proporcionan material relevante para cualquier persona interesada; es el caso de Maruja Mallo, publicado en 1993 por el Centro de Arte Contemporánea de Galicia y que incluye una amplia antología de textos en gallego de y sobre Maruja Mallo, o de los tres volúmenes del también titulado Maruja Mallo, publicado en 2009 por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, con textos de María Escribano, Fernando Huici March, Estrella de Diego, Juan Pérez de Ayala, Antón Reixa y Antón Patiño. El nuevo libro de Shirley Mangini es, por tanto, otra ocasión para recuperar una figura que no acaba de ocupar el lugar central que merece en el panorama artístico del siglo XX.

Maruja Mallo en su estudio, Madrid 1936

            María Gómez González, más conocida por el seudónimo de Maruja Mallo, nació en Viveiro (Lugo) el 5 de enero de 1902 y falleció en Madrid el 6 de febrero de 1995. Perteneciente a una familia de buena posición, se inicia en el dibujo a edad muy temprana copiando ilustraciones de las revistas de la época. En 1922, al trasladarse su familia a Madrid, tanto ella como su hermano Cristino ingresan en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. A ese respecto le confesaría a María Escribano: «Mi padre era un hombre muy culto, leía mucho, sobre todo literatura francesa, y se dio cuenta de mi vocación. Mi padre vino conmigo al examen previo para ingresar en Bellas Artes, y a la salida, los profesores dijeron: “la única señorita que ha sido aprobada y de lo mejor de lo mejor”. Eso a mi padre, como yo era una cría, le puso muy orgulloso». Es una etapa que no repudió: «Me interné cuatro años en la Academia. Tenía a Romero de Torres de ropajes, a Benedito de colorido, a Moreno Carbonero de dibujo, a Rafael Doménech de historia del arte. Hoy hablas con cualquiera que expone y no sabe nada de arte antiguo. Sólo se puede superar una civilización o un yo cuando se tiene un conocimiento total y entonces saltas por encima de esos conocimientos y llegas al auténtico que es el inconsciente, pero si no conoces nada no puedes llegar a ningún sitio», diría a Escribano en 1982.

            En Madrid, su compañero de estudios Salvador Dalí la introduce en el ambiente de la Residencia de Estudiantes, donde encontrará a quien será su pareja intermitente entre 1925 y 1931: Rafael Alberti. También conoce entonces a dos personas de enorme influencia a lo largo de toda su vida: María Zambrano y Concha Méndez.

Maruja Mallo con Rafael Alberti

            En 1928 se produce su encuentro con José Ortega y Gasset. Crea algunos dibujos para la Revista de Occidente y realiza su primera exposición, de gran trascendencia en su momento (aunque Juan Pérez de Ayala recuerda que ya había expuesto anteriormente en Avilés, donde pasó su adolescencia, y en Gijón), en la que se incluye su serie Verbenas pintada, según escribió entonces Francisco Ayala, por «un sentido jovial de la vida». Para García Lorca: «Estos cuadros son los cuadros que he visto pintados con más imaginación, con más gracia, con más ternura y con más sensualidad».

Verbena, 1928

 

            En 1932 expone en París –adonde llega becada por la Junta de Ampliación de Estudios para trabajar en escenografía- la serie surrealista Cloacas y campanarios, de la que Juan Ramón Jiménez ya había abominado al señalar de Sobre los ángeles «el satanismo de farsa vana de la última poesía de Rafael Alberti, separado de su propio y bello ser natural por las malas compañías de Salvador Dalí y María Mallo, acopladora habilísima de estamperías de basura, los cuales empantanan con su inocente terribilidad putrefacta, chupada en el peor expresionismo alemán, en el más espectacular sobrerrealismo francés y en el subromanticismo satanista fúnebre de Espronceda la nueva primavera española». Por contra, André Breton compra una de sus piezas: «André Breton, el jefe surrealista, se presenta con sus entorchados y sus charreteras en el estudio de la pintora y compra un cuadro titulado Espantapájaros», escribirá Gómez de la Serna. Un año después conoce al uruguayo Joaquín Torres García, junto a quien profundizará en el estudio de la geometría y de los estudios sobre la proporción áurea del príncipe rumano Matila C. Ghyka, de tanta relevancia para su trabajo posterior.

Espantapájaros, 1929

            Los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil los pasa como profesora de la Escuela de Cerámica y trabajando sobre temas sociales –a lo que no es ajena su amistad con Miguel Hernández- y las Arquitecturas minerales y Arquitecturas vegetales, que los críticos emparentan con la Escuela de Vallecas. A este respecto hay que recordar su excelente relación con Benjamín Palencia y Alberto Sánchez. También colabora con Rodolfo Halffter en los decorados y escenografía de la ópera Clavileño –ya había hecho lo propio con El ángel cartero de Concha Méndez y varias obras de Alberti-, y presenta Sorpresa del trigo en la exposición organizada en mayo de 1936 por ADLAN (Amigos de las Artes Nuevas) en Madrid. Para María Escribano, «todas las obras de esta exposición, realizadas en los primeros años treinta, reflejan, tras sus contactos con la Escuela de Vallecas, su atención focalizada ahora exclusivamente sobre la España rural, sobre sus humildes creaciones arquitectónicas y sobre la escueta naturaleza de Castilla, contemplando con ojo cercano, casi científico, la estructura desnuda de la piedra o de la semilla, porque, en las antípodas de una mirada romántica, su sensibilidad hacia lo natural nunca incluyó la llamada del paisaje considerado como escenario, ya fuese indiferente, amenazante o acogedor, de las acciones humanas»

Sorpresa del trigo, 1936

 

            Desde Galicia, donde se encuentra al inicio de la guerra con las Misiones Pedagógicas, se desplaza a Buenos Aires en principio como conferenciante invitada por la asociación de Amigos del Arte y con Gabriela Mistral, embajadora en Lisboa, como mediadora, pero su estancia se extiende hasta 1961, interrumpida sólo por algunas temporadas en Chile y Uruguay. Esta vez es el entorno de la revista Sur quien la acoge.

            La geometría y el espacio neutro marcan la trilogía formada por Mensaje del mar, Arquitectura humana y La red, que finaliza en 1938. Nada más darlas a conocer, escribió Julio Payro: «La geometría eterna, enemiga de lo accidental, le daría en adelante certezas estáticas afanosamente buscada hasta entonces. Las certezas morales las pidió a los sencillos milagros de la naturaleza y del trabajo que dan al hombre el pan cotidiano. Y así nació la otra Maruja Mallo. La Maruja Mallo en plena y fecunda actividad creadora que se encuentra hoy ente nosotros. La Maruja Mallo del Mensaje del mar, la Arquitectura humana y La red, tres obras poderosas, tres cantos monumentales de esperanza en los cuales no se sabe qué valorar más, el inquebrantable rigor del equilibrio plástico, la tersa pureza y lunar armonía del colorido, la rotunda expresión cordial o la sobriedad elocuente y el símbolo, factores todos ellos de la más viva y estimulante emoción».

La red, 1938

 

            En 1942 Ramón Gómez de la Serna publica la monografía Maruja Mallo en la editorial Losada, donde hace un recorrido por su evolución artística para culminar en estos retratos: «Esta Maruja Mallo, ante la inmensidad del retrato -ventanas de ojos hacia galerías de almas, que se corresponden en laberinto y, en este momento, como El Greco, como los grandes retratistas italianos-, medita en la soledad de la figura humana, la única fórmula condigna de la vida, la que merece estudiar su resolución (…). Maruja Mallo, dada la vuelta a la pobreza de símbolos que le quedan al mundo, ha encontrado que siempre será rica una diferencia de fisonomías interpretadas por su arte ya emancipado y ha conseguido una manera especial de representar cabezas parlantes, humanizadas por su pelo, agrandadas por sus ojos, idealizadas por su carne».

            Con Pablo Neruda viaja a la isla de Pascua en 1945, y es el tiempo en que inicia la serie Naturalezas vivas que, según Fernando Huici March, resuelve «en su expresión más compleja y definitivamente efectiva, una intuición esencial que, de forma muy precoz, había intentado explorar ya, como advertíamos, en las Arquitecturas vegetales y minerales. Y a la que se refería reiteradamente en sus textos y entrevistas, con esa apelación al doble canon, mineral y orgánico, que rige el desarrollo morfológico del cosmos natural. En rigor, los elaborados emblemas que componen estas telas, con su maridaje de flores, conchas y otros especímenes de la fauna abisal, implican un muy sofisticado y singular desarrollo innovador de la estirpe del bodegón. Y de ahí la elocuente inversión de la expresión tradicional de naturaleza muerta que su autora propone para ellos».

Naturaleza viva, Vida en plenitud, 1943

            Es también ahora cuando crea el mural hoy destruido del cine Los Ángeles de Buenos Aires. En 1947 intenta realizar otros murales para la Fundación Rockefeller y los Estudios Metro Goldwyn Mayer, pero el proyecto no se lleva a efecto. En cambio logra el Primer Premio de Pintura de la XIII Exposición de Nueva York en 1948. En 1949 publica Arquitecturas, cuyo prólogo escribe Jean Cassou: «La exuberancia creadora, una disposición permanente a la invención y la poesía, un constante estado lírico: he aquí lo que caracteriza a esta mujer alternativamente injuriosa y encantadora, española auténtica, toda nutrida de savia goyesca, que se complace con juguetes de niño, con trompos, con caballos de cartón, con trajes, con peinados y también con esqueletos, con osarios, con montañas de lodo y de basuras»

Cabeza de mujer, 1946

 

            Los años 50 son de una retirada de la vida pública, aunque expone sin mucha trascendencia en París, Uruguay y Buenos Aires y crea parte de las series de Cabezas de mujer y Máscaras. José Luis Ferris, en su biografía Maruja Mallo. La gran transgresora del 27 (2004) titula este periodo como «Malos tiempos para una diosa» y explica cómo la inestabilidad política y económica de Argentina puede estar relacionada con este retiro.

            En 1961 hay un primer regreso a Madrid, que puede considerarse definitivo a partir de 1962. En 1967 obtiene el Premio Estrada Saladrich en la Bienal Internacional de Pintura de Barcelona y desde los años 70 se convierte en una presencia fundamental de los ambientes artísticos madrileños, aunque más por su pasado que por sus nuevas obras que pocos ven: las series Moradores del vacío y Viajeros del éter. Como escribe Estrella de Diego: «Fascinaba encontrar a esa mujer que venía de ese tiempo suspendido, tan moderna, tan de ultramar, tan vanguardista. Y se pensó que, si no llegó a ser surrealista hubiera podido ser una surrealista impecable. Aunque, seguramente, de haberlo sido, no hubiera recibido el apoyo de Ortega, cuyas posiciones nunca fueron favorables al movimiento. Quizás llamamos surrealista a Maruja Mallo porque no supimos cómo llamarla, porque su viveza personal y pictórica nos dejó, a nosotros también en plenos años ochenta, sin etiquetas convincentes».

www.pedrovillora.com

 

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