José Luis Gómez

Publicado por el Dec 28, 2012

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            El gran artista onubense José Luis Gómez ha ofrecido en 2012 dos excelentes muestras de su talento: primero, la dirección de Grooming, el texto del joven escritor almeriense Paco Bezerra en el que aborda los abusos sexuales a través de internet; después, su admirable interpretación de El principito de Saint-Exupéry, con dirección del italo-alemán Roberto Ciulli. Dos trabajos estrenados en el Teatro de la Abadía, la institución fundada y dirigida por él que, gracias a su esfuerzo, se ha convertido en una de las entidades culturales de mayor prestigio y relevancia.

            José Luis Gómez García nació en Huelva el 19 de abril de 1940. En 1960 se traslada a Bochum, en Alemania Federal, para estudiar en el Instituto de Arte Dramático de Westfalia, donde se diploma en 1964. También se desplaza a la escuela de Jacques Lecoq en París para seguir cursos de movimiento y expresión corporal.

            A lo largo de los años sesenta trabaja en teatros alemanes: Gelsenkirchen, Nürenberg, Múnich, Francfort, Düsseldorf, etcétera. Al principio lo hace como actor y mimo, para encargarse posteriormente de la dirección de movimiento. También participa en películas de televisión y crea mimodramas propios por los que es invitado a los festivales internacionales de Zürich, Praga, Basilea, Francfort…

            En 1971 se interesa por el trabajo de Jerzy Grotowski en Wroclaw, Polonia, y tras ese encuentro regresa a España con la intención de afincarse en su país. Así surgen espectáculos como Informe para una academia (1971) de Kafka, El pupilo quiere ser tutor (1971) y Gaspar (1973) de Peter Handke, Lisístrata (1972) de Aristófanes, Mockinpott (1975) de Peter Weiss o La historia del soldado Woyzeck (1976) de Büchner. Se trata de producciones propias pero que cuentan con el apoyo del Goethe Institut, lo que les permite ser vistas por toda España y recorrer asimismo varios países americanos.

            Su trabajo en La irresistible ascensión de Arturo Ui de Bertold Brecht, que estrena en 1975, coincidiendo con el estreno de la película Pascual Duarte (1975), de Ricardo Franco –por la que recibe el Premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes-, marcan el inicio de su verdadera popularidad. Desde el punto de vista cinematográfico, esto significará que Gómez será reclamado por importantes cineastas como Gonzalo SuárezParranda (1976)-, Jaime de ArmiñánNunca es tarde (1977)-, Manuel Gutiérrez AragónSonámbulos (1978)-, Carlos SauraLos ojos vendados (1978)-, Joseph LoseyLas rutas del sur (1978)- o Jaime ChávarriDedicatoria (1980)-. Además, tras un largo periodo de estudios en Nueva York con Lee Strasberg y una excepcional interpretación en Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga (1978) de José María Rodríguez Méndez, en 1979 forma parte del triunvirato director del Centro Dramático Nacional, con Nuria Espert y Ramón Tamayo como compañeros.

            En el Teatro Bellas Artes, sede entonces del CDN, estrena en 1980 La velada en Benicarló de Manuel Azaña, en una adaptación de José Antonio Gabriel y Galán y el propio Gómez, que aquí dirige pero no forma parte de un reparto encabezado por José Bódalo, Agustín González, Fernando Delgado y Juan José Otegui. Este mismo año asume la dirección del Teatro Español, donde estrenará La vida es sueño (1981), que no sólo protagoniza sino que además le proporciona el Premio de la Crítica al mejor actor, y Absalón (1983) también de Calderón dela Barca.

            En estos años también trabaja como actor para otros directores. Stavros Doufexis le dirige en una versión del original de Sófocles titulada El mito de Edipo Rey (1982), y Augusto Fernandes hace lo propio con el Juicio al padre de Franz Kafka. Pero él mismo vuelve a ser actor y director de ¡Ay, Carmela! (1987) de José Sanchis Sinisterra, y de su segunda incursión en Manuel Azaña titulada Azaña, una pasión española (1988), un monólogo que partía de una selección de textos del político y escritor adaptados por José María Marco y que se estrenó en el Teatro María Guerrero con producción del Centro Dramático Nacional.

            También el María Guerrero fue el escenario donde el 20 de octubre de 1989 se estrenó Hamlet, un espectáculo dirigido por José Carlos Plaza que, a la sazón, acababa de ser nombrado director del Centro Dramático Nacional. En 1992 regresaba al CDN para dirigir Lope de Aguirre, traidor, de José Sanchis Sinisterra, y ese mismo año estrenaba en el Odeón de París su versión de La vida es sueño. También en París, pero en la Ópera de la Bastilla, dirige en 1993 la Carmen de Bizet.

            En la segunda mitad de los años ochenta regresa a la televisión con Los pazos de Ulloa (1985) y al cine con La estanquera de Vallecas (1987) de Eloy de la Iglesia, Las dos orillas (1987) de Juan Sebastián Bollaín, Luces y sombras (1988) de Jaime Camino, Remando al viento (1988) de Gonzalo Suárez y Beltenebros (1991) de Pilar Miró. Pero deja aparcado este mundo hasta 2000, cuando interpreta Gitano (2000) de Manuel Palacios, para concentrarse en su gran proyecto: la creación del Teatro dela Abadía.

            Dice la web de este teatro fundado en 1994 e inaugurado en 1995: «El Teatro de la Abadía es una casa de teatro y estudios que aspira a incidir en la vida social y cultural a través de la poesía de la escena. En La Abadía aunamos la creación y exhibición de espectáculos con la búsqueda artística y humana mediante talleres y encuentros. Bajo la dirección de José Luis Gómez, las vértebras de nuestro compromiso son la pasión por la palabra y el equilibrio psicofísico. Desde este espíritu se ha configurado un equipo habituado a un trabajo en sinergia, en la tradición de los teatros de arte europeos… La sede de nuestro teatro es la antigua iglesia de la Sagrada Familia y el salón de actos anejo, rebautizados como Sala Juan de la Cruz y Sala José Luis Alonso. La proximidad escenario-público y el peculiar recinto, de calculadas dimensiones, nos permiten compartir con máxima intensidad aquello que buscamos: el placer inteligente».

            Asimismo se informa de que «el Teatro de La Abadía nace de una iniciativa compartida por la Comunidad de Madrid y José Luis Gómez. Es una fundación cultural con financiación pública y una gestión privada. Este modelo nos permite obrar con menos ataduras que un teatro institucional al uso, con mayor libertad de riesgo y plena independencia artística. Juntas semestrales y auditorías anuales aseguran un consenso y una contabilidad transparente… El Patronato, máximo órgano de gobierno, está compuesto por cinco patronos institucionales y cinco privados, presididos por D. Gregorio Marañón y Bertrán de Lis».

            En La Abadía, aparte de su labor como director artístico, responsable de formación y gestor, José Luis Gómez ha intervenido en diversos espectáculos ya como director, como actor, o bien desempeñando ambos cometidos. Entre los que sólo ha dirigido se cuentan Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte (1995) de Valle-Inclán, Castillos en el aire (1995) de Fermín Cabal; Entremeses (1996) de Cervantes, en codirección con Rosario Ruiz Rodgers; Baraja del rey don Pedro (2000) de Agustín García Calvo, Mesías (2001) de Steven Berkoff, Defensa de dama (2002) de Isabel Carmona y Joaquín Hinojosa, El Rey se muere (2004) de Eugène Ionesco, y La paz perpetua (2008) de Juan Mayorga, que se estrenó en el Teatro María Guerrero al ser una coproducción con el Centro Dramático Nacional. Una relación a la que se añade Grooming.

            Aquellos en los que sólo ha trabajado como actor son Las sillas (1997), de Ionesco, que dirigió Carles Alfaro;  El señor Puntila y su criado Matti (1998), de Brecht, dirigido por Rosario Ruiz Rodgers; Play Strindberg (2006), de Friedrich Dürrenmatt, donde Nuria Espert y él fueron dirigidos por Georges Lavaudant; y Fin de partida (2010), de Samuel Beckett, con dirección de Krystian Lupa; además, claro está, de El principito.

            En cuanto a los espectáculos donde ha sido a la vez actor y director, son la nueva producción de Azaña, una pasión española (2000); Memoria de un olvido (2002), sobre textos de Luis Cernuda; Informe para una Academia (2006), adaptación teatral del relato de Kafka, y el Diario de un poeta recién casado (2009) de Juan Ramón Jiménez.

            Con motivo del estreno de Mesías, en 2001, José Luis Gómez repasaba la trayectoria de La Abadía en una entrevista que hice para ABC: «No salgo un poco de mi asombro, porque desconfío de que las cosas puedan llegar a ser como uno sueña, piensa, pretende… Nunca se llega totalmente, pero hemos conseguido abocarnos a una temporada que es buenísima en cuanto a los títulos, en cuanto a los resultados de actores que han surgido y se han ido labrando. Se han ido bastantes actores y han venido nuevos, como es natural, y después de siete años eso era más que lógico. Se han ido colaboradores, han venido otros, pero hay la convicción de que la cosa estaba, al menos, bien pensada, y de que aquellos que se han ido saben que han adquirido un capital fundamental».

            Gómez añade: «Estaba pensado que fuese una Casa de Teatro. Para mí, una Casa de Teatro no es un sitio donde se produce o se ensaya teatro, sino que el espíritu impregna todos los rincones y el tema de la formación está presente. “El placer inteligente” fue un motivo que se eligió porque siempre he pensado que el teatro, aparte de ser un sitio de placer, es una manifestación cultural que tiene que ver con el pensamiento, la poesía y la reflexión. De hecho, la dramaturgia de Occidente es una expresión clarísima del pensamiento de Occidente, desde los griegos hasta aquí. Este es un punto: un lugar donde el hecho teatral genera algún tipo de reflexión de naturaleza social. Luego hay algo que viene de que mi formación fuera de España había sido fuerte en lo físico, más que en la palabra; pero al volver a España me parecía que había un nivel pobre de alocución verbal en el escenario, y pensé que había que hacer algo. Intenté trabajar este aspecto en mis espectáculos durante mucho tiempo, pero en La Abadía pude poner pautas, exigir y hacer entrenamientos. Y estoy casi seguro de que quizá sea el teatro donde mejor se hable castellano del país».

            El director desarrolla ese concepto de Casa del Teatro: «Una casa donde hay un trabajo muy horizontal, aunque haya un patrón o un jefe. Hay camaradería y mucha disciplina con lo que es trabajo actoral, con unos puntos deontológicos muy claros: los actores vienen con mucha antelación sobre la representación, hasta dos horas antes para calentar y prepararse, porque les pido cosas que no son habituales. Creo que pertenezco a un tipo de persona que hay que reconvertir, que es el perfeccionista iracundo. He sido muy exigente, y creo que ahora soy igual de perfeccionista pero mucho más amable y comprensivo. El segundo aspecto es el trabajo sobre la palabra, y para eso se cogieron dos polos, Cervantes y Valle-Inclán: dos espectáculos muy característicos de nuestro trabajo. El punto de reflexión está en obras como Castillos en el aire, Santiago y cierra España o el problema del antisemitismo muy presente en El mercader de Venecia, que no es tanto antisemitismo como el problema del otro, aunque el público español está poco acostumbrado a las transparencias y a ver que el judío es simplemente el otro. En Mesías continúa este tema; hay un texto terrorífico que dice Pilatos: “Y cuando los descendientes de Abraham sean aniquilados, no podremos interferir, pues está escrito”. Berkoff nos lleva a un punto de reflexión social. Naturalmente que en el tema de Jesús hay bandos irreconciliables: los que admiten su divinidad y los que no lo consideran como Dios sino como ser humano excepcional que lanza un mensaje excepcional en un momento de la historia, y nosotros, Occidente, hemos sido forjados en este mensaje. Otro polo que ha estado siempre en la Abadía tiene que ver con los autores contemporáneos; no sé si es una barbaridad que este año hagamos dos contemporáneos y ningún clásico, pero es que Berkoff está en un lugar de poesía pegado a Shakespeare como una de sus fuentes. Y Defensa de Dama es una obra maravillosamente contemporánea y que habla de hoy, de cómo las mujeres españolas de hoy son tratadas por los hombres. Y tenemos al director emergente en Cataluña, Alex Rigola, un director joven de la deconstrucción que hace Ubú Rey, un texto que no se ve nunca. Y lo monta con un elenco nuevo que ha surgido el último año del Centro de Estudios».

            Al preguntarle cuál es la aportación de ese Centro de Estudios, Gómez responde: «No soy el más indicado para decirlo. Lo que sé es que me traen a un actor de fuera y a otro de aquí, les pregunto cuál es el portador de sentido de una frase, y el de fuera preguntará qué es eso mientras que el del Centro lo tendrá clarísimo: son las palabras que uno privilegia. Los maestros decían que en la alocución hay que proceder como un pintor: hay un primer plano de palabras que sobresalen, un segundo plano en el que son audibles pero no están privilegiadas, y el trabajo sobre el portador de sentido es fundamental para que el público no se pierda en un mar de palabras, sino que el plano ideológico del texto sea comunicado al espectador. La palabra es sonido y sentido, los dos en equilibrio, y eso es lo que se trabaja aquí. La voz es un instrumento que en otros países se usa corrientemente mejor que en España. No es que nuestros actores sean menos capaces, sino que hay un aporte de información que no les ha llegado».

            A Gómez no le gusta pensar que La Abadía pueda tener algo de isla solitaria: «No quisiera que fuera así, pero sí nos sentimos un poco solos. Uno no se puede poner a discutir los procedimientos técnicos con los colegas, porque no es la labor de uno. Con el tiempo he aprendido que todos tienen derecho a estrategias de supervivencia. Por otra parte, con la falta de elencos estables, es raro que un ayudante trabaje tres años seguidos con un director para empaparse de un sistema, de una manera de trabajar. Eso es triste, porque un elenco no es sólo un grupo de personas que trabajan juntas, y la cohesión, facilidad de interacción y flexibilidad de respuesta es algo que se puede cultivar. Más que aislamiento, hay una singularidad de La Abadía; pero si hay un director interesante fuera, como Rigola, se le llama y se le enseña el elenco y su manera de trabajar. Es un teatro que se adhiere a la tradición europea de Teatros de Arte. Viendo mi profesión, cada día me percato más de que nos han estafado: si he hecho Azaña no es por nostalgia dela República, sino porque en esa época se generaron los maestros de los que nos privó la guerra civil».

            Gómez es actor y gestor, pero no son esas sus prioridades: «Más que nada soy director. Mi trabajo en la gestión está hecho, en el sentido de haber conseguido anudar un cuadro jurídico decente para esta casa y haber podido negociar desde la lealtad unas dotaciones adecuadas, no excesivas pero tampoco ínfimas. En el fondo, dentro de tres años me debería jubilar, pero no pienso hacerlo. Siento que tengo los mejores años por delante como creador. Estoy más tranquilo. Sigo siendo perfeccionista pero no iracundo. Creo que como actor estoy mejor que nunca, quizá porque he aprendido mucho al enseñar. Durante estos siete años nos hemos leído todo y hemos puesto en práctica un treinta por ciento de lo leído. Ese es nuestro acervo».

            En la última década ha regresado al cine con pocas pero importantes películas: La luz prodigiosa (2003) de Miguel Hermoso, El séptimo día (2004) de Carlos Saura, Hormigas en la boca (2005) de Mariano Barroso, La buena voz (2005) de Antonio Cuadri, Los fantasmas de Goya (2006) de Milos Forman, Teresa, el cuerpo de Cristo (2007) de Ray Loriga, Los abrazos rotos (2009) de Pedro Almodóvar, Todo lo que tú quieras (2010) de Achero Mañas y La piel que habito (2011) de Almodóvar.

            José Luis Gómez ha recibido, entre otros galardones, el Premio Nacional de Teatro 1988, la Cruz de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 1997, la Cruz de Caballero de la Orden del Mérito de la República Federal Alemana en 1997, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2005, el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid en 2006 y el Premio Ciudad de Huelva 2009 con motivo del XXXV Festival de Cine Iberoamericano de Huelva; y asimismo sus espectáculos han sido premiados en Chile, México y Uruguay. En diciembre de 2011 fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua. También en 2011 fue galardonado con la Medalla de Oro de la provincia de Huelva.

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