¡Caray con la literatura!

Publicado por el dic 17, 2012

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Gonzalo Torrente Ballester es un nombre que formó parte de mi primera juventud por diversas razones. La primera, que así se llamaba el instituto en el que cursé el Bachillerato. La segunda, que en casa había multitud de novelas escritas por un señor del mismo nombre, todas ellas cariñosamente dedicadas a mi padre. Y la tercera, que así se llamaba un gallego viejo con poca vista y mucha sabiduría que tuvo el detalle de venir a hacernos una visita a clase y de quien luego supe que había sido amigo de mi progenitor, lo que explicaba los autógrafos en los libros.

Nunca tuve mucho más de él salvo opiniones sueltas: que Los gozos y las sombras es una obra maestra imprescindible y que La saga/fuga de J.B. es un coñazo, argumentos ambos que hasta el momento no he podido aceptar ni rebatir debido a mi desconocimiento casi total de la trayectoria de este autor. Y digo casi porque recientemente ha caído en mis manos una primera edición de la novela que le hizo ganar el Planeta allá por 1998, una obra con título tan sugerente como Filomeno a mi pesar. Memorias de un señorito descolocado. Ya saben: uno de esos títulos que uno conoce por las bibliografías y los medios de comunicación, pero que a determinadas edades, ni fu ni fa. Ha sido ahora, en esta madurez que equilibra la treintena en su punto medio cuando he decidido aproximarme por primera vez a la obra torrentiana. Y aparte de que me han bastado las dos primeras páginas para cuestionarme seriamente mi vocación, he encontrado entre sus párrafos un pasaje que creo apropiado reproducir aquí por su sorprendente similitud con la situación actual (¿o debería decir permanente?) del planeta Tierra.

Les pongo en antecedentes. En algún momento durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial, Filomeno, hombre de familia supuestamente aristocrática, se encuentra almorzando en Londres con Úrsula, una compañera de trabajo de origen alemán que lo ilustra con las siguientes palabras:

“Pero la economía del mundo es mucho más compleja. Existe esa zona inferior, la de las huelgas y de los obreros parados, a la que cualquier profesional da una explicación generalmente falsa; porque no es cierto, como se dice, que de la situación actual tenga la culpa sólo la torpeza yanqui. Eso es un factor, pero la causa está en el sistema mismo. Eso lo saben perfectamente los de arriba, los que están en esa zona oscura, impenetrable, salvo para ellos, los que la habitan, los que la poseen, los que la gobiernan, y sólo desde ella puede verse la verdadera realidad, que debe ser fascinante y terrible, porque es más que el juego de las riquezas y abarca el porvenir del mundo. Lo que ahí se trama no podemos adivinarlo. No es sólo que manden, como tú piensas, sino el modo como mandan, y lo que proyectan, o lo que se les viene encima, porque, a veces, la realidad se les escapa de las manos. Si continúas en esto, verás cómo renacen las industrias de guerra, única solución del paro, y las industrias de guerra conducen a la guerra”.

Tras leer esto uno levanta los ojos del libro, traga saliva, recuerda vagamente un discurso que solía estar en labios de su difunto abuelo, piensa en lo que escuchó el día anterior en una tertulia televisiva, en lo que leyó en el periódico, en lo que dijo ese analista tan listo en una red social. Luego vuelve a leer el pasaje y exclama: ¡caray con la literatura!

Al menos es lo que hice yo.

@Jorge_Magano

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