Y Klaus Mann nace otra vez…

Publicado por el dic 12, 2012

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Como les decía, Klaus Mann decidió escribir su propia vida dos veces.

Su primera autobiografía, Hijo de este tiempo, fue un bonito gesto de temeridad juvenil. Corría el año 1932 y el hijo mayor de Thomas Mann sólo tenía 26 años. Por entonces la sombra de Hitler ya se cernía en el horizonte, pero pocos le veían las orejas a ese lobo con bigote. La vida de este muchacho de desbordante talento fue un perfecto reflejo de los excitantes años veinte. Había dado la vuelta al mundo con su hermana Erika, había estrenado sus propias obras de teatro y había disfrutado sin esconderse del amor de hombres y mujeres. Vivencias suficientes para justificar, a sus ojos, la arrogancia de hacer pública la breve historia de su vida. Hasta tal punto se sentía autosuficiente que decidió ignorar la inmensa sombra del padre y nacer a partir de su propia memoria.

En 1942 publicó su segunda autobiografía, la extraordinaria Cambio de rumbo (editorial Alba, 2007). De este modo se permitió el lujo de nacer –al menos literariamente– por segunda vez.

En los años que han transcurrido entre la primera y la segunda autobiografía, Klaus Mann ha vivido cosas terribles: el ascenso al poder de Hitler, el estallido de la guerra, la persecución y el exilio. Tanta historia acumulada en una sola vida resta fuerza a la rebeldía juvenil y vuelve humilde incluso al hijo de un Premio Nobel. En el segundo relato de su vida, Klaus Mann decidió nacer de otra manera, bajo premisas diferentes. Ya no lo hace de forma autárquica, desde su primer recuerdo, como si hubiera sido arrojado al mundo desde el vacío. Si en Hijo de este tiempo aún afirmaba que la memoria es “lo único real”, en Cambio de rumbo matiza esta afirmación, incluso la rectifica: “No nos podemos fiar de los recuerdos” escribe, y se pregunta en base a qué  ignotos principios la memoria decide conservar algunas cosas para dejar que otras se hundan en el abismo del inconsciente.

Ahora Klaus Mann sabe que somos lo que vivimos, pero también lo que nos precede. La identidad no se compone sólo de memoria, sino también de historia.

Así, esta vez arranca su existencia con una ciudad que no puede recordar, pues ni siquiera la conoce: Lübeck, el escenario que su padre había inmortalizado en Los Buddenbrook:

“Una pequeña ciudad digna e idílica con callejuelas estrechas y casas grises con pináculos afilados. ¿Comienza aquí la historia? No tengo nada que ver con esta ciudad ni siento deseos de visitarla. Y aun así yo no existiría sin cierto senador Heinrich Mann, ciudadano respetabilísimo de la ciudad libre hanseática de Lübeck”.

De su abuelo Heinrich pasa a hablar de su abuela Julia, que al proceder de Brasil aportaba el elemento exótico-artístico a la familia, y relata el idilio entre su célebre padre y la joven matemática Katja Pringsheim. En realidad, todos los integrantes del brillante clan de los Mann desfilan por estas páginas introductorias. Y es que ahora, más maduro, Klaus Mann permite que la sombra del padre se proyecte sobre su nacimiento. Ha aprendido que nadie surge de la nada y que a pesar de todo su empeño por diferenciarse, él no habría sido el escritor que fue sin esa sombra que precedió inevitablemente a su memoria hasta proyectarse continuamente sobre su existencia.

Siete años después puso fin a su vida.

@RosaSalaRose

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