El enemigo del lector

Publicado por el dic 10, 2012

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Siete de la mañana. Autobús. Camino al trabajo. Tienes cara de sueño porque anoche te quedaste hasta las tantas pegado a las páginas del libro que te tiene en un sin vivir y que tuviste que cerrar a regañadientes tras dura carrera con tus párpados. Ahora, en el silencio del amanecer, con el runrún del motor de fondo, te dispones a saborear el desenlace. Te arrellanas en el sillón (tienes dos para ti solo), abres por la página en que te quedaste y comienzas a devorar. Cuatro páginas después, la primera parada. Es hora punta y la cola es considerable. Van subiendo uno a uno, como zombis, resignados a un destino que no pueden cambiar y que pasa necesariamente por el trayecto que tú sigues. Con angustiosa lentitud, agradeces en silencio a cada viajero que pase de largo, aunque sabes que es cuestión de tiempo que alguien acabe ocupando el asiento contiguo al tuyo. Sigues leyendo, vigilando la fila con el rabillo del ojo, esperando que tu futuro vecino no sea el típico plasta afiliado a las conversaciones de móvil. Pero el destino es aún más cruel. Una cara conocida destaca en el desfile. Pertenece a un hombre o una mujer (esto es indistinto) a quien conoces de vista porque compráis el pan en la misma panadería.  O porque fuisteis a la misma clase en el instituto aunque nunca intercambiasteis palabra. O porque una noche, en plena borrachera, mantuvisteis un diálogo para besugos en la puerta del retrete. Da igual. La cara conocida sonríe cuando su mirada confluye con la tuya, que se apresura a realizar un aterrizaje de emergencia sobre la página del libro con la vana esperanza de que la sonrisa boba del otro se deba, por ejemplo, a que su equipo machacó al contrario en el partido de anoche. Pero sabes que nadie es tan afortunado, y el otro avanza inexorable hacia ti mientras haces lo posible por no mirarlo. “Si yo no lo veo, él no me verá”, piensas ingenuo. El negro de las letras se funde con el blanco de la página mientras a tu vez te esfuerzas por fundirte con el asiento. Y entonces ocurre lo inevitable. Se sienta a tu lado, te mira, te saluda, y al cabo del rato, por si esto no fuese ya bastante malo, te suelta: “Te aburrías, ¿no? Como vas leyendo…” A partir de entonces el tiempo se ralentiza, el  libro quema en tu regazo y solo deseas que el viaje (o el mundo) llegue a su fin.

Esta noche tendrás una nueva oportunidad, pero ya te han agriado el día.

@Jorge_Magano

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