José Monleón

Publicado por el Nov 14, 2012

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            Ahora que la revista Primer Acto inicia la tercera etapa de su carrera, tras haber estado a punto de desaparecer por segunda vez, me apetece dedicarle un pequeño recuerdo a su fundador, José Monleón, figura indispensable del pensamiento escénico contemporáneo.

            José Monleón Bennácer nació en 1927 en Tavernes de la Valldigna, Valencia. Según cuenta Enrique Herreras en su magnífico libro José Monleón. Un viaje (real) por el imaginario (2002), «a Monleón le tocó ser un niño de la guerra. A los diez años ya había visto cadáveres en las cunetas y pasado horas debajo de la mesa del comedor cubierta de colchones durante interminables bombardeos; había visto cruzar, por la frontera de Port Bou, donde vivió (en concreto en Llansá, Gerona) en los últimos meses de la Guerra Civil española, a millares de soldados necesitados y tristes, después de su derrota y, sobre todo, vivió y sufrió dos experiencias que le marcaron para siempre. Incluso teatralmente hablando. Una, el fusilamiento de un soldado “nacional”, después de que las mujeres fueran a protestar a su general por la violación de una de ellas (…). La otra, a partir de vivir la condena a su padre por un tribunal de guerra».

            Mientras estudia Derecho en Valencia, se acerca al teatro como alternativa de carácter social a una realidad que no le gusta. Un comentario de Monleón ilustra la situación: «Recuerdo que a pesar de estar en cartel Historia de una escalera y La muerte de un viajante, el diario Levante, entonces del Movimiento, habló sólo del sainete titulado La cotorra del mercat, como lo único que era teatro. Por lo visto Miller y Buero sólo venían a molestar a Valencia». Para Monleón, el teatro fue una rebelión de su imaginario: «Mis padres y la gente de mi alrededor diseñaron la vida que yo iba a tener en función de que debía ser un abogado, que tendría éxito, que me casaría con una muchacha rica, quizá de mi pueblo y con naranjas; esas cosas que se dicen en las sociedades agrícolas. De pronto, mi imaginario se rebeló. Llegué a la conclusión que yo era de otro sitio, de que el espacio propuesto no era el que yo quería vivir. “¿Y tu mundo cuál es?”, me decía mi padre. “No lo sé, papá, pero este no es…”».

            A los veintisiete años, mientras trabajaba como abogado en Valencia, tuvo la oportunidad de renunciar a todo y quedarse en Madrid: «Al mismo tiempo que trabajaba de abogado, hacía crítica de cine en Radio Nacional de España, en Valencia. Un cliente (…) tenía un problema y nos fuimos a Madrid. Previamente me había matriculado en la Escuela de Cine. Cuando llegué con mi cliente, me escapé para hacer el examen de ingreso. Una semana después me comunicaron que había sido admitido. Decidí que tenía que irme a Madrid, y eso que en Valencia la profesión me iba bien. Aunque, eso sí, era un extraño abogado: en vez de pleitear convencía a las partes para que lo evitaran». En Madrid colabora con la revista Triunfo y acude a la Escuela: «Pude seguir en la Escuela de Cine en un momento muy importante. En clase estaban Picazo, Basilio Martín Patino, Manolo Summers… y teníamos a Carlos Saura de profesor de prácticas».

            Además de formar con Anastasio Alemán y Antonio Valdés un Teatro Popular Español que representaba en una carpa instalada en Cuatro Caminos, el trabajo en Triunfo le va interesando cada vez más y, tras un viaje junto a Adolfo Marsillach a un festival en Berlín propone a José Ángel Ezcurra, editor de la revista, la creación de Primer Acto a fin de «desarrollar lo que no cabía en las páginas de Triunfo. La revista había sido, primero, un semanario de información cinematográfica, y después, una revista del pensamiento de carácter general. Así que consideramos que el discurso teatral que pretendíamos solicitaba una publicación especializada. Primer Acto nació para profundizar y acercarse a un teatro que estaba prohibido no sólo por razones políticas, sino también culturales. Por razones análogas, siempre con Ezcurra, hicimos Nuestro Cine (hasta los setenta, yo escribía de teatro y cine a la par) que aglutinó, a lo largo de un centenar de números, a muchos nombres que luego han sido fundamentales para el mejor cine español (…). Le llamamos Primer Acto por este objetivo de incorporar lo que en España a menudo no era conocido. Paralelamente, en la revista Nuestro Cine decidimos hacer un número en el que de las 130 películas citadas ninguna se hubiera visto o se pudiera ver en España. La cuestión estaba clara, que el lector español tuviera la sensación de que su cultura estaba mutilada, ya que todo el cine del que estábamos hablando, con un lugar importante en Europa, aquí no había llegado. Ese fue el sentimiento inicial de Primer Acto, antes de una cierta politización que sufrió la revista en un periodo ulterior: informar y traer al imaginario español una noción del teatro que estaba, además de proscrito, menospreciado, como si no formara parte de la contemporaneidad».

            Enrique Herreros recuerda cómo la historia de Primer Acto «comienza en 1957 y llega hasta nuestros días, tan sólo interrumpida por una pausa entre Noviembre de 1975 y diciembre de 1979, año en el que reaparece como Cuadernos de Investigación Teatral». Para el investigador, «la revista fue una plasmación de la búsqueda de Monleón del ese “otro” teatro, el no vencedor, tanto en el pasado como en el presente, tanto fuera como dentro de nuestras fronteras (…). Le importó mucho, pues, replantearse la posible renovación teatral española. Y ello dando gran importancia al estudio de las teorías de la pedagogía y de la puesta en escena que la realidad española había hurtado. Pero no se trataba, para Monleón, de copiar, por ejemplo, al Living o al Berliner, sino de estudiar a fondo el teatro español y buscar y rebuscar en él los caminos cortados, investigar las formas inscritas en la maltrecha tradición democrática, que se precisaba para la construcción de una nueva cultura política».

            La búsqueda la va concretando Monleón en libros como Treinta años de teatro de la derecha (1971), El teatro de Max Aub (1971), García Lorca (1973), El teatro del 98 frente a la sociedad española (1975), Cuatro autores críticos: José María Rodríguez Méndez, José Martín Recuerda, Francisco Nieva y Jesús Campos (1976), Larra: escritos sobre teatro (1976), Rafael Alberti y Nuria Espert, poesía y voz de la escena española (1979), El mono azul: Teatro de urgencia y romancero de la guerra civil (1979), Tiempo y Teatro de Rafael Alberti (1990) o Las limitaciones sociales del teatro español contemporáneo (1993), a los que hay que sumar los de la colección teatral que dirige para la editorial Taurus entre 1963 y 1970 y en los que escribe enjundiosos prólogos para autores como Arniches, Arrabal, Buero, Gala, Martín Recuerda, Muñiz, Olmo, Rodríguez Méndez, Sastre, etcétera.

Desde los años sesenta, también su mirada se va tornando hacia Hispanoamérica. En 1967 viaja por primera a América con motivo del tercer Festival de Manizales, y para cuando una década después publica América Latina: Teatro y Revolución (1978), José Monleón ya era «no sólo transmisor de sus ideas y reflexiones, sino también propulsor de espacios para el diálogo y la confrontación de ideas. En unos países donde el teatro estaba inmerso en una politización bien importante, Monleón intentó echar luz sobre términos ingenuos y esquemáticos», dice Herreras, para quien «este incansable viajero trató de aportar reflexión teatral unida a la necesaria madurez política, y de situarse más allá de las demagogias que suelen aparecer en estas situaciones compulsivas, y lo evidente, lo trasmitido, es la riqueza adquirida al meditar, al realizarse preguntas sobre las relaciones entre teatro y sociedad, teatro y proceso político».

            Tras el franquismo, José Monleón fue catedrático de Sociología del Teatro en la Real Escuela Superior de Arte Dramático desde 1977 a1992 y crítico teatral de Diario 16 durante casi toda la década de los ochenta. Dice Monleón: «En mi primera etapa hacía una crítica muy contundente. Cuando hoy la releo, esa contundencia no me gusta, pero lo pedía la época. La situación política no permitía la ambigüedad. A veces, el antagonismo comenzaba antes de ver la obra, simplemente por la posición del autor. Después he pensado en el valor de la ambigüedad, que no tiene nada que ver con el vacío. La crítica está sujeta al pensamiento del crítico, pero ese pensamiento debe ser puesto a prueba cada vez e impedir que nos someta. La crítica es un elemento de la estructura teatral. Se dice que no puede haber teatro sin espectadores, o sin actores. Cierto. Aunque tomado el teatro como un hecho cultural, generado por las sociedades a través de los siglos, también se necesita esta figura del crítico. El teatro necesita que se hable de él, que se reflexione sobre él. La aportación de los espectadores está muy bien, pero son ocasionales y sin constancia ni comunicación; por ello es lógico que igual que en su momento el público eligió al coro para que interviniera en su nombre, sean los espectadores quienes elijan a unos para que se conviertan en críticos, que contribuyen, con su observación y su testimonio, a la historia del teatro y a su estimación cultural».

También ha sido director del Festival de Teatro Clásico de Mérida desde 1984 a 1990, del Festival de Teatro y Música de Elche en 1994 y del Festival Internacional Madrid Sur desde 1996. Además fundó en 1991 el Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo. Para Herreras, «desde sus comienzos como crítico teatral, Monleón se ha caracterizado por la conciliación de la lectura estética y la lectura sociopolítica del teatro (ningún tema fundamental de nuestro tiempo se le escapa), por su tratamiento de este como bien público antes que como producto meramente artesanal. Un personaje, en fin, como síntesis del hombre que reflexiona, que se interroga y vive, que expresa la contradicción y una inextinguible llama de dignidad. Ello ha supuesto en cualquiera de las facetas de su actividad teatral, una constante atención a las relaciones entre teatro y sociedad».

            José Monleón ha recibido el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid en 1999, la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes en 2003, el Premio Nacional de Teatro en 2004, la Cruz de Sant Jordi en 2006 y el Premio Max de Honor en 2011.

www.pedrovillora.com

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