María Jesús Valdés

Publicado por el nov 10, 2012

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El 12 de noviembre de 2010 falleció María Jesús Valdés, exquisita como actriz y como persona. Dos años después me gustaría hacerle el homenaje, siempre insuficiente, de recordar lo que fue su excepcional carrera y su talante amistoso y acogedor.

María Jesús Valdés Díez nació en Madrid el 26 de enero de 1927. En los primeros años cuarenta descubre su vocación teatral mientras estudia en el Instituto Beatriz Galindo y se integra en el TEU, el Teatro Español Universitario comandado por Modesto Higueras. En 1944 debuta profesionalmente y en 1949 se convierte en primera actriz del Teatro Español, al que accede por invitación de Cayetano Luca de Tena, siendo uno de sus primeros cometidos protagonizar el estreno mundial de Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo. Algunas de sus obras de estos años son El alcalde de Zalamea, Don Juan Tenorio, Llama un inspector, etcétera.

Alfredo Marqueríe la reclamó en 1953 para el Teatro María Guerrero. Un ejemplo de cómo trataba la crítica a María Jesús Valdés puede leerse en ABC de 5 de diciembre de 1953, con motivo del espectáculo Fin de siglo que incluía tres comedias de Enrique Gaspar: «María Jesús Valdés unifica las tres piezas al tomar el mismo nombre y soldarlas con los prologuillos. Ha comprendido bien la figuración semejante y distinta, y al romper la figura en línea quebrada de torso y brazos, acompaña la voz, que va doblándose, también, en gentil donaire de sonido. Nunca la vimos más dueña de sus manos y aun de sus dedos. Toda la figura se hizo inteligencia, para poner sabor donde era necesario y picardía en lo que fue menester ponerla. Una noche muy grata para la actriz y espléndida para la mujer, que en las telas y frunces de un sesenta y tantos estuvo como en su propia envoltura».

En 1954 formó su propia compañía junto a José Luis Alonso: «Fuimos José Luis y yo los que elegimos a los actores de la compañía. La formaban: Mariano Asquerino, como actor de carácter; José María Mompín, como primer actor, también lo era del María Guerrero; Jesús Puente, José María Prada, Paco Valladares, Julieta Serrano, Alicia Hermida, María Luisa Ponte, Agustín González, Fernando Delgado, Mari Carmen Prendes y Ángeles Capilla, entre otros magníficos compañeros. Como verás, la mayoría grandes actores actualmente. Era una compañía toda de gente joven y muy ilusionada por hacer teatro de calidad… Representamos durante esos tres años que estuvimos juntos, del 54 que se creó hasta el 57, una enorme cantidad de obras: La fierecilla domada, por ejemplo, la recuerdo porque José Luis movió todo el montaje como si se tratara de una danza fantástica, parecían marionetas algunos actores. También representamos El cuarto de estar, que yo ya había hecho en el María Guerrero; La feria de Cuernicabra, que era la primera obra de Alfredo Mañas; El mensaje, de Jaime Salom; El hijo pródigo, de Valdivielso; La hora de la fantasía de Anna Bonacci; Medida por medida, una obra de Shakespeare que yo no conocía y que fue estreno absoluto en España; El fin del paraíso de Priestley. Casi todas eran en versión y traducción de José Luis. También representamos con gran éxito El mejor alcalde, el rey, de Lope de Vega; y La Celestina, esta última la hicimos en homenaje a una gran actriz del teatro español, Adela Carboné –que a José Luis el gustaba mucho-, en la que yo representé el personaje de Melibea. Igualmente la versión que hizo José María Pemán de la Electra de Sófocles. Asimismo José Luis nos propuso representar una obra de Echegaray y nos decidimos por Mancha que limpia, y aunque no era un tipo de teatro que nos apeteciese presentar al público, gustó mucho. La última obra que representamos fue Macbeth y la última representación en Sevilla, con ella me despedía del teatro porque de José Luis nunca me despedí».

Con motivo de la representación de Macbeth en Sevilla, dentro de un festival, se leía en ABC: «La interpretación de esta sesión de clausura del ciclo teatral fue, sin duda, la mejor de todas, a considerable distancia. En general, el elenco entendió y asimiló lo que debe ser una interpretación de teatro clásico. Justísimamente María Jesús Valdés fue aplaudida en el postrer mutis de su cruel, ambicioso, impar personaje. Verdaderamente, María Jesús estuvo exacta y mejor que nunca».

María Jesús Valdés dejó el teatro para casarse con Vicente Gil, médico personal de Francisco Franco. Así hablaba de ella su esposo en el libro Cuarenta años junto a Franco: «Mi vida en aquel tiempo era marcadamente pueblerina, para satisfacción de un hombre como yo que ama la vida rural. Por la mañana hacía la visita médica al Caudillo. Después jugábamos al tenis y si por la tarde salía al monte, le acompañaba (…). Luego ocurrió un hecho feliz en mi vida. Conocí a María Jesús Valdés cuando era primera actriz del teatro Español en un momento fulgurante de su carrera artística. María Jesús, madrileña, universitaria, había estudiado Filosofía y Letras y cuando se especializaba en Filología Románica comenzó su carrera teatral fulgurante, nada menos que en el teatro Español, donde representó el Tenorio con Guillermo Marín y con José María Seoane…». Tras un breve repaso a su trayectoria, añade: «Aludo someramente a este hecho porque en la España de los años cincuenta todavía infundía recelos el hecho de dedicarse al teatro y, pese a su condición universitaria, en el ambiente semicortesano en que realizaba yo mi trabajo, una parte de mi familia acogió el noviazgo con cierta ñoñería que hoy no deja de producirme ternura».

Vicente Gil falleció en 1980. En todo ese tiempo, María Jesús Valdés se mantuvo apartada de la interpretación, pero tampoco se integró en la vida cercana a Franco. Dice Gil: «Mis veranos familiares no han podido ser programados ni por mi mujer ni por mí, porque habían de ser un servicio permanente de todos, padres e hijos, para que yo continuase la asistencia al Caudillo (…), que yo conceptuaba como un servicio a la Patria. Por eso no procuré nunca –ni estuvo nunca en su ánimo- que mi mujer frecuentara aquel ambiente semicortesano en las diversas oportunidades que hemos tenido. María Jesús ha sabido estar siempre en su sitio».

En 1987, Adolfo Marsillach consigue que dé algún cursillo de verso en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Por fin, Juan Carlos Pérez de la Fuente la devuelve a los escenarios al dirigirla en 1991 en La dama del alba, de Alejandro Casona. Después vendrán Tres mujeres altas, de Edward Albee, dirigida por Jaime Chávarri; El cerco de Leningrado, de José Sanchis Sinisterra, con Nuria Espert; La casa de Bernarda Alba, de Lorca dirigida por Calixto Bieito; Una noche con los clásicos, junto a Adolfo Marsillach y Amparo Rivelles; y, sobre todo, tres montajes más con Juan Carlos Pérez de la Fuente: La visita de la vieja dama de Friedrich Dürrenmatt, La muerte de un viajante de Arthur Miller y Carta de amor de Fernando Arrabal, que ha sido su despedida de los escenarios. De esta última interpretación se escribiría: «La estremecedora tierna, prodigiosa María Jesús Valdés en un trabajo de los que hacen contener la respiración, que justifican un espectáculo; la actriz realiza una creación que da carne, voz, pálpito esencial a una criatura devastada por las espinas de la historia» (Juan Ignacio García Garzón, ABC); «En el exorcismo hay una sacerdotisa, la actriz María Jesús Valdés, que encarna a la madre de Arrabal, y con ella a todas las madres de la dura, de la feroz, de la saturnal España» (Ignacio Amestoy, El Mundo); «Las resonancias telúricas del espacio, buscando la revelación de lo maravilloso. Como si la voz de la Valdés y la palabra de Arrabal se amaran en el fondo de un pozo excavado en la tierra» (Juan Antonio Vizcaíno, La razón); «Hay tanta lúcida amargura, tanta desesperada esperanza, tanta calcinada hermosura en su composición, que, por un momento, uno siente que se halla, más que ante una mujer, ante la encarnación ancestral y eterna de la Mujer» (Juan Manuel de Prada, ABC); «Esa es la complejidad del ser que encarna María Jesús Valdés: lleva dentro el protagonista y el antagonista, los choca en sí misma, porta el castigo y el perdón, la incomprensión, el dolor de la antigua historia. La hora que dura la representación se mantiene tensa y cálida: por ella, por el autor, por el director» (Eduardo Haro Tecglen, El País).

Entre sus muchos galardones destacan el Premio Nacional de Teatro 1999 y los premios Max y Mayte 2003 por Carta de amor.

En 2002, recién empezado a saborear el éxito de Carta de amor, María Jesús Valdés me respondía así en una entrevista para ABC en la que quiso hablar de teatro, claro está, y también de la vida:

PREGUNTA: Es llamativa la rara unanimidad de considerar que estamos ante algo magistral. Es comprensible que el fracaso se tema, pero ¿el éxito puede llegar a asustar?

MARÍA JESÚS VALDÉS: El éxito siempre es bueno y estupendo, pero me ha hecho una magnífica pregunta porque es verdad que a veces asusta y te crea una responsabilidad tremenda. Esta es una profesión en la que cada día se aprende. Aunque uno crea que ha llegado, no ha llegado nunca; y el que lo crea de verdad es tonto. Me siento muy responsable para proyectos futuros y no quisiera creerme todo lo que me dicen, porque pienso que, en el momento en que lo crees, te abandonas un poco en esa victoria que es simplemente momentánea

P: Menciona la palabra «victoria» y esta es una obra que habla de un fracaso. ¿A qué se ha agarrado para componer este personaje?

MJV: A muchas cosas, vivencias, muchos recuerdos… Sobre todo a pensar en las madres, en la palabra «madre», madre con letra grande; madre de Arrabal pero también madre de todas las guerras, madres de la guerra civil pero también madres actuales de Pakistán, madres del mundo entero. Salvo excepciones terribles, la madre da la vida; es capaz a veces de acaparar demasiado, como esas arañas alrededor de los hijos, pero seguramente es por amor, aunque no sé si bien o mal entendido. La madre es capaz de dejarse crucificar por los hijos. Yo me emociono verdaderamente cuando esta carta tan esperada, con este amor tan edípico, no llega nunca y hay que inventarla. Creo que en la vida hay mucha gente que inventa el amor para estar contento, feliz; para pensar que hay una esperanza de que algo va a llegar, aunque no llegue. Conozco madres que dicen: «Ayer estuve hablando con mi hijo». Y te lo dicen de verdad: ese hijo ha muerto, no existe, pero está en su cabeza y por las noches… A mí me pasa: me acuerdo de muchos amigos que ya no están y les pregunto, y de mi hermana que falta y parece que vive… No quiero de ninguna manera que la gente se muera.

P: Usted es madre. ¿Cómo concibe la relación con sus hijos?

MJV: Soy madre y muy madraza, esa es la realidad, pero también he sido una madre muy dura, porque una mujer que se queda viuda tiene que hacer de padre, de madre y de todo. Y aunque he sido dura con mis hijos, al mismo tiempo ha sido una relación de amigos. Cuando volví al teatro les pregunté si les parecía mal, si alguno se creía un poco olvidado o abandonado por mí, y de manera unánime me dijeron que por supuesto que lo hiciera, que ni siquiera les preguntase, que eso era algo mío, mi vida y mi decisión.

P: ¿Concibe que la relación con tus hijos pueda degradarse hasta el extremo de Carta de amor?

MJV: No. Está clarísimo en la función que eso existió, una relación de amor de hijo y de madre. Yo respeto todo, y entiendo que se pueda tener esa relación, pero en mi caso no ha sido así. Yo adoro a mis hijos, pero no hasta esos extremos que plantea Arrabal.

P: En la obra se habla dela Madrastra Historia…

MJV: Ese es el gran personaje que crea Arrabal. Madrastra Historia es un personaje que no se ve físicamente pero que está ahí. Es la guerra, son todas las guerras. Las guerras deshacen familias, y a esta familia la deshizo Madrastra Historia, de eso no hay ninguna duda. Ella lo dice muchas veces: «Madrastra Historia eclipsó aquella luna de miel». Es esa Madrastra a la que Arrabal ha perdonado claramente, como se ha reconciliado con su madre y ha querido la reconciliación de todos los españoles; y le gustaría, porque lo he comentado con él, la reconciliación del mundo, porque es un hombre sin el menor rencor. Eso me pareció grandioso en el personaje, porque me gustaba mucho la obra, pero me interesó muchísimo el hombre.

P: ¿El escritor?

MJV: El escritor y el hombre, la persona, cómo era Arrabal, cómo era ese mundo de Arrabal. He tenido que leer mucho y he visto películas de él, lo he estudiado y me ha parecido un personaje interesantísimo, con un alma de niño que es increíble.

P: Ha utilizado la palabra «alma». Al hablar de Carta de amor suelen aparecer términos religiosos, incluso se la compara a usted con una virgen. ¿Qué sentido tiene lo religioso en esta obra?

MJV: Tiene el sentido del teatro de ceremonia, el teatro de rito, que Juan Carlos Pérez dela Fuente conoce como nadie y que aquí lo ha trabajado a la perfección. El rito está en todo: cuando nos sentamos ante una mesa a comer, cuando nos saludamos, cuando tenemos una reunión, la presentación de un libro… Nuestra vida está llena de pequeñas ceremonias, lo que pasa es que aquí va más allá, va al amor religioso, incluso al amor de Jesucristo, de Mater Dolorosa. En la obra hay una comunión de la madre con su propio hijo: ella hace un pequeño muñeco de cera, porque no tiene otra cosa, y se lo come. Es una comunión, que es el máximo amor, porque es entrar dentro de una persona y que una persona, un ser, entre dentro de ti.

P: ¿Qué importancia tiene lo religioso en su vida?

MJV: Muchísima. Soy creyente; no soy beata pero soy creyente. Creo que esto no puede terminar así: esa naturaleza, esos espacios, eso que el hombre jamás llegará a conocer… Todo tiene una unidad, una forma justa que impide que nos estemos estampando unos con otros. Acudes a la ciencia y ves, por ejemplo, el mundo de las hormigas, y notas que todo se mueve con amor. El amor es el fundamento de nuestra vida, y no puede acabar aquí. Si no te volviese a ver cuando me muriese, sería terrible para mí. Estoy segura de que volveré a ver a todos mis amigos. Si no, esto sería un fraude. Tú y yo, gracias a Dios, hemos nacido con pocos defectos físicos; pero ¿y el que nace en esos países alejados, que conoce el hambre desde pequeñito, que tiene que luchar para ganarse la vida a fuerza de latigazos? Sería un fraude terrible y eso no puede ser. Y se dice: «¿Cómo permite Dios…?» Tenemos libertad y, si por una serie de señores no vivimos todos de una manera normal, allá la conciencia de cada uno, pero Dios es algo mucho más grandioso. Aunque respeto al agnóstico, que puede ser una bellísima persona. Conozco agnósticos muchísimo mejores que yo, claro que yo estoy llena de defectos, pero también buscan, también piensan.

P: Recientemente ha fallecido un amigo suyo, Adolfo Marsillach, agnóstico…

MJV: Agnóstico, efectivamente, y precisamente he hablado con él de estos temas muchísimas veces. En la gira que tuvimos Amparo Rivelles, él y yo, hemos hablado de esto y me decía que no podía comprender el porqué del hambre: si ese Dios que decíamos de amor es tan bueno, por qué consiente esto y lo otro. Y, como verdaderamente es un misterio, le decía que tampoco yo lo podía comprender, pero que estamos hechos de una materia que no tiene que ver con lo fundamental, con lo que vamos después a tener, a recibir. «Ah, ¿es que es por esperar algo, un premio?», me decía. «No, no es por un premio. Es porque pienso que aquí no te puedes quedar ni me puedo quedar yo, en una tumba o un crematorio. Es ridículo. No, esto va mucho más allá, es mucho más grande, como es grande el espacio, como es grande el firmamento».

P: ¿Qué vacío le ha dejado Adolfo?

MJV: Un gran vacío. Ha sido una de las veces que me he llevado un auténtico disgusto. Siempre me quedo mal cuando falta un amigo, recientemente otros dos chicos amigos míos también, pero en este caso además era una persona muy inteligente, que no le gustaba nada la sociedad de su tiempo y por eso ironizaba. Y era un hombre tímido pero con un gran corazón. Parecía el niño terrible de su tiempo, y yo creo que no lo era. Era un hombre de una enorme bondad; lo que pasa es que con esa sensibilidad que tenía se sentía mucho más herido por cualquier detalle que otros. Entonces lo ironizaba y se granjeaba enemigos… Me ha dejado mal. Nos conocíamos desde 1949. Imagínate todo lo que hemos hablado. Hicimos La heredera con Luis Escobar, empezaba en mi Teatro Español y estrené con él Murió hace quince años, hizo La moza del cántaro en Valladolid, y la gira con Amparo Rivelles fue de los mejores momentos que hemos pasado en nuestra vida los cuatro, porque incluyo a Mercedes Lezcano. Mercedes es un ejemplo de dignidad, de lo que una mujer viuda tiene que hacer. Este es el momento en que le han ofrecido televisiones, entrevistas, yo qué sé; porque es la legal y auténtica mujer de Adolfo Marsillach. Y está en la sombra, no ha querido saber nada. Me ha parecido una mujer sacrificada y con un amor tremendo, igual que él estaba también muy enamorado de ella, pero hasta el final de su vida ha tratado de que no se le viera ni un momento cómo tenía el corazón, que lo tenía muy mal, deshecho, y sin embargo ha estado sonriendo, ayudándole en esos momentos terribles sin separarse de su lado, y en ningún momento, ninguno, ha dejado ver su dolor.

P: ¿Podría decirse que Marsillach es el responsable del renacer de María Jesús Valdés para el teatro?

MJV: Él me ofreció impartir clases en la escuela que había creado en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Josefina García Aráez impartía la clase de verso y yo la de interpretación. «Esto no significa que vuelvas al teatro», me decía con una sonrisa, «pero quién sabe lo que puede ocurrir». Fue él, pero también Juanjo Seoane me llamaba cada año para que volviese al teatro, y lo mismo tengo que darle las gracias a Nuria Espert y a su marido, Armando Moreno, que me ofrecieron El cerco de Leningrado cuando se pensaba en María Casares…

P: Nuria viuda, Mercedes Lezcano viuda, usted viuda. ¿Cómo se vive la viudedad?

MJV: La viudedad depende de cómo haya sido tu vida con tu pareja. Lo que sí se siente cuando uno cree que ha realizado un deber con esa persona, y se ha portado, creo yo, bien, es tranquilidad; y en este caso uno a las tres, porque creo que hemos sido unas magníficas y estupendas mujeres de nuestros maridos, y creo que Nuria siente su tranquilidad como la vive ahora mismo Mercedes y como la vivo yo: sin necesidad de conocer a nadie más y con nuestro teatro.

P: ¿A qué se aferró durante su matrimonio?

MJV: A mis hijos y a mi marido. No tenía tiempo de ver a mis amigos, y mi marido tenía su formación y sus ideales y sus sacrificios, que eran muy grandes, y yo quería que mis hijos supieran lo que es el teatro, el arte, que hay que respetarse en el mundo, que todos nos debemos un respeto, y creo que han salido muy buena gente.

P: ¿Y ahora que son mayores…?

MJV: Mi vida cotidiana es el teatro, estar con mis hijos lo más posible y mis amigos. Mis amigos son fundamentales en mi vida.

P: Algo que le haga seguir creciendo para el futuro.

MJV: Tengo proyectos, me ofrecen muchas cosas, pero sobre todo tengo una palabra que recomiendo a todo el mundo: curiosidad. Curiosidad por todo, por la prensa, por un libro, por sentirte joven… Se trata de caminar por la vida con ilusión. Nunca puedes tener depresión cuando puedes hacer mucho bien a la gente, por ejemplo escuchando. Escuchar es un don que no toda la gente tiene y que el mundo necesita. Eso no está en el dinero ni en el no dinero, está en escuchar.

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