Malaparte

Publicado por el oct 20, 2012

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El apellido presagiaba un lado oscuro contundente, pero solo se trataba de un seudónimo. El verdadero nombre de Malaparte era Curcio Suckert, escritor y periodista italiano  hijo de padre alemán y madre lombarda, y su influencia en los lectores de la España de los años cuarenta y cincuenta es un dato imborrable, pese a sus detractores, que siempre fueron muchos.  Profeta sin discípulos, Malaparte fue ante todo un intérprete profético de la decadencia de Europa, descendida a la segunda división del poder geopolítico  tras el suicidio de dos guerras mundiales, esa masacre duplicada de dimensiones apocalípticas de la  que todos los europeos actuales somos herederos.

Testigo de un mundo moralmente arruinado, sometido al protectorado de soviéticos y norteamericanos, Malaparte nunca pudo olvidar la visión de  esa Europa putrefacta que le tocó vivir. Solo fue coherente consigo mismo, lo que ya es mucho, y quizá su rasgo más consistente sea el de superviviente de todas las causas y sus contrarias, lo que define su personalidad camaleónica y difícil de desentrañar. Una tarea que realiza  con acierto Maurizio Serra en un reciente biografía que titula “Malaparte. Vidas y leyendas”,  editada en Tusquets. En plural, porque el personaje tuvo muchas vidas y cambió muchas veces de máscara.  Algo que realizó con absoluta naturalidad, con el instinto del náufrago que se agarra al tronco para seguir flotando, pero- y esto es importante- sin perder nunca esa compostura individual  intransferible que lo marcó humanamente y lo distinguió del resto de sus hermanos de letras y generación: Drieu La Rochelle, Barbusse, Jünger, Celine, Hemingway o Malraux, por ejemplo. También como ellos estuvo marcado por  la I Guerra Mundial, el gran matadero de la Gran Europa, en la que dio muestras de valor y vio, siendo casi adolescente, todo lo que un hombre es capaz de ver.  Pese a lo cual, como escritor ante todo, la cualidad observadora predomina en él sobre la acción. Sus crónicas y relatos de guerra, con frecuencia magistrales, no son una representación fiel de la realidad, sino que la deforman en aras del toque artístico.  Y una vez pasado el fervor juvenil de las trincheras y entregarse a la ilusión del fascismo mussoliniano, a medida que todo se hundía cada vez más en el barro y la sangre, Malaparte lo tuvo claro: La política se convirtió para él en una comedida, en la que los políticos son los comediantes y el pueblo forma la multitud de comparsas y espectadores pasivos.

Malaparte es un perdedor, un provocador sin maldad hacia el prójimo, ideológicamente inmanejable, dotado de una indiferencia mineral por las pasiones humanas. La historia, aunque es el componente esencial de sus libros, nunca le interesó más que en la medida que fuera útil a sus fines y pudiera “retorcerla y teñirla” como si se tratase de una tela aprovechable. No siente ningún respeto por la historia, y termina identificándola con la muerte, que había contemplado en forma de guerras y otros modos abominables de crueldad a lo largo de su ajetreada y no muy larga existencia de cincuenta y nueve años. Con el paso del tiempo ha conseguido ser un autor de lectores renovados,  con la fortuna de no estar todavía momificado en el panteón de los clásicos que nadie lee.

Admirador confeso de la voluntad de poder, sea de derechas o de izquierdas, a Malaparte le interesan más los vencedores que los perdedores. “Fue – dice su biógrafo Serra- un esteta que aborreció la decadencia”, apátrida ideológico, con un lado fascistoide y otro anarco-marxista, un seguidor de la visión pesimista de Spengler y la decadencia de Occidente, renegado de la vieja Europa prostituida y enferma, que envuelve con palabras políticamente correctas su falta real de valores en un mundo globalizado, plácido y mediocre.

Quizá no pueda ser considerado un autor de grandes obras, pero Malaparte tiene asegurado un puesto en la literatura por un par de títulos deslumbrantes y agónicos ( Kaputt y La piel) y por un libro, La técnica del golpe de Estado,  imprescindible para entender la épica negra de una época que abarca desde la Revolución Bolchevique a los albores de la Guerra Civil española. Una obra que supone la adaptación de Maquiavelo  a las revoluciones de la primera mitad del siglo XX, prohibido en la Alemania nazi, y que para  muchas mentes juveniles inquietas, estudiosas de la historia y la política, tuvo el impacto de un meteorito intelectual, aunque ahora lo nieguen o lo hayan olvidado.  Con concisión lapidaria, Malaparte imparte doctrina a  futuros conspiradores al revelar que el problema de la conquista y defensa de un Estado moderno no es político sino técnico, y que las circunstancias favorables para un golpe de Estado no son de naturaleza necesariamente política o social, y no dependen de la situación general del país. Lo que importa es la técnica insurreccional, la técnica del golpe de Estado, que Trotsky aplicó con mano maestra en el Petrogrado de 1917.  No es de extrañar por eso que el libro fuera también aborrecido en la Unión Soviética de Stalin, aunque es probable que a Lenin le hubiera gustado.

Nublado por la depravación y crueldad humanas que presenció en las guerras de las que fue testigo, Malaparte terminó siendo después de 1945 un aventurero fuera de época sobrepasado por los acontecimientos. El oportuno cambio de chaqueta no fue suficiente para que siempre fuera considerado en Italia un escritor de “derechas”, a pesar de su acercamiento postrero al Partido Comunista Italiano y  la amistosa relación con Togliatti, que intentó atraerle a la causa de la Bandiera Rossa y estuvo con él en los últimos momentos, cuando el cáncer en los bronquios le corroía y empujaba dolorosamente a la tumba.

En la última entrevista que le hicieron, casi moribundo, pidió al periodista que añadiera este post scríptum: “Los médicos tienen muchos enfermos. Yo solo tengo uno: Yo, Malaparte.”

 

Fernando Martínez Laínez 

 

 

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