Balboa

Publicado por el Oct 10, 2012

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Badajoz. Jerez de los Caballeros. Ciudad declarada “muy noble y muy leal” por el emperador Carlos V. Romana, visigoda, musulmana, cristiana, templaria y de Santiago, antes de ser patria chica de conquistadores. Ciudad de cal y murallas medievales que resguardan calles remansadas de piedra y templos rematados en torres de barroco radiante.  En el mediodía otoñal, bandadas de pájaros cruzan un cielo de cobalto y la antigua plaza refulge al sol. En su centro, acero gris y reluciente, la estatua de Vasco Núñez de Balboa.

Falta un año para  el quinto centenario del descubrimiento del Pacífico, ese Lago Español durante casi dos siglos.  Así lo llamaron los franceses y ellos sabían por qué, aunque a los españoles de ahora (gente de otro planeta)  nos resulte ajeno y lejano, como si no hubiera nada que recordar o se tratara de la España que nunca existió, en tiempos de enfrentamiento tribal y olvido acelerado. Y sin embargo, la esperanza de tiempos mejores impregna todavía hoy esta humilde plaza extremeña donde aletea la figura del descubridor  que, con el brazo extendido en actitud de arenga, señala al más allá de un inmenso mar desconocido que serviría de puente entre Asia y América a las naves de España.

Balboa nació en torno a 1475, en familia hidalga de origen gallego. Al no ser primogénito tuvo que buscarse la vida fuera del hogar paterno, y el mejor modo le pareció que era  embarcarse para el Nuevo Mundo recién descubierto.  Con la expedición de Rodríguez de Bastidas fue de los primeros en recorrer la costa colombiana del Caribe, el golfo de Urabá, Darién y el Istmo de Panamá. Como no había oro y sí muchas flechas indias envenenadas, enfermedades y fatigas, Balboa pensó que el esfuerzo no valía la pena. Decidió hacer vida de colono en La Española. Cultivó la tierra y se arruinó. Desahuciado, decidió volver a intentarlo en Urabá, pero las deudas le impedían viajar y tuvo que  sortear a la Justicia embarcado de polizón y escondido en un barril. Cuando le descubrieron, en plena travesía, a punto estuvieron de arrojarlo al agua.

Poco a poco, la personalidad y dotes de liderazgo de Balboa se imponen a las de sus compañeros, hombres rudos que solo respetaban la fuerza y la audacia de sus iguales. Eso le valió ser designado alcalde de Santa María de la Antigua, primera ciudad fundada en el Istmo de Panamá.

Acusado de insubordinación por el gobernador Diego de Nicuesa, Balboa le hace frente y le derrota. Magnánimo, perdona la vida a su rival y lo mete en un viejo barco que zarpa con rumbo incierto. Los dados de la fortuna parecen rodar a su favor, y el virrey Diego Colón le nombra gobernador de Darién. Pero la calma dura poco. Uno de sus enemigos, el bachiller Enciso, llega a España y levanta acusación de rebeldía. La Corona, siempre celosa en el control remoto de las tierras americanas, destituye a Balboa y nombra gobernador de Darién, la Castilla del Oro,  a Pedrarias Dávila.

Poco antes de que llegue el nuevo nombramiento a Santa María la Antigua, Balboa ha partido a explorar con 92 soldados el nuevo continente que se abre a sus ansias de fama y riqueza. Los dos ingredientes básicos del combustible que alimentaba el sueño de las Américas. Y el 25 de septiembre de 1513, desde lo alto de una sierra selvática, Balboa avista el Océano Pacífico. Lo llama Mar del Sur por haber caminado desde Darién en esa dirección, y un escribano rubrica la toma de posesión en nombre del rey Fernando el Católico.

Reforzada su autoridad, nada puede Balboa contra el destino. Cuando regresa a Santa María le espera juicio hostil  y el anuncio de la llegada del nuevo gobernador. Ambos se entrevistan antes de que lleguen a Castilla del Oro los nombramientos de Adelantado del Mar del Sur y gobernador de la tierra de Coiba que la Corona ha otorgado a Balboa. El encuentro resulta nefasto para el descubridor. Dávila, actuando en nombre de la autoridad real,  sentencia y despoja de sus bienes a Balboa, pero debe refrenar su odio cuando llegan los nombramientos de España. Pronto, la situación en el Darién se deteriora. Aparece el hambre entre los colonos y se recrudecen los enfrentamientos con los indios, mientras Pedrarias no ceja en su labor de minar el prestigio de Balboa. Le asigna misiones secundarias y lo aparta de los proyectos importantes en el recién descubierto Mar del Sur, donde Balboa ejercía autoridad militar. A partir de ahí, la campaña orquestada contra el jerezano desemboca en enfrentamiento abierto. La envidia y los rencores de Pedrarias abren nuevas heridas. El gobernador hace detener a Balboa y para más escarnio  lo encierra en una jaula.

De repente, la enconada enemistad parece arreglarse. Así lo exige la grave situación en Darién. Pedrarias ofrece su hija a Balboa en matrimonio, y este prepara una segunda expedición al Pacífico. Son 225 hombres, entre los que va Hernando de Soto, el otro gran descubridor nacido en Jerez de los Caballeros, que intentan llegar al otro lado del Istmo y allí construir barcos con los que explorar aquella remota costa. En su alucinante marcha, pensaban que estaban cerca de las fabulosas riquezas de Catay, y eso les empujaba a seguir adelante. El triunfo y el oro solo serían para los que llegasen, y a los demás los cubriría la selva.

Entretanto, para desgracia de Balboa, Pedrarias es destituido, acusado de maltratar a los indios. Carlos I de España envía nuevo gobernador, pero antes de que llegue, Pedrarias decide eliminar a cuantos puedan testificar en su contra en el juicio que le espera, y el primero de la lista es Balboa. Astuto, Pedrarias le tiende una trampa y el jerezano cae en ella.  Hecho prisionero por un grupo de soldados que manda Francisco Pizarro, el futuro conquistador del Perú, Balboa es acusado de traición y crímenes contra los indios. Junto con algunos de sus fieles, es ejecutado en el patíbulo en enero de 1517. La victoria de su mortal y cerril enemigo es completa. Pedrarias, congraciado con la Corona, es nombrado gobernador de Nicaragua y muere anciano y colmado de honores.

La vida de Balboa hace de cualquier novela de capa y espada un relato sin imaginación. Su trayectoria vital supone mucho más que una aventura. Es una tragedia de dimensiones sofoclianas en la que el héroe perece en la ignominia.. Como tantas veces ha ocurrido en la historia de España, no lo abaten los enemigos de fuera, sino los de dentro. Los verdugos son sus propios compatriotas. Siempre inclinados a dejar patente que el mayor enemigo de un español es siempre otro español. La fatalidad de un país que parece corroído por algún gen de disgregación y taifa. Predispuesto a la cuchillada doméstica. Capaz de parir héroes de hechura mitológica y de devorarlos y entregarlos al olvido. Balboa, por ejemplo. ¿ Qué saben hoy de él los niños de España?

Fernando Martínez Laínez

 

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