Tomás Marco

Publicado por el Oct 9, 2012

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Para festejar los setenta años recién cumplidos de Tomás Marco, la Fundación  Autor de la SGAE y el Centro Nacional de Difusión Musical han organizado un magnífico concierto monográfico celebrado el lunes 8 de octubre en el Auditorio del Reina Sofía. La Camerata del Prado, dirigida por Tomás Garrido, con las intervenciones de la flautista María Antonia Rodríguez y el guitarrista Pablo Sáinz Villegas, ofreció cuatro piezas relativamente recientes, muy diferentes entre sí, pero caracterizadas todas por el gran respeto al oyente, al que se le brindan construcciones complejas si bien reconocibles, que aúnan la dificultad técnica con la apelación a la emoción y el gusto: Medianoche era por filo (2004), De seda y alabastro (2001), Concierto del agua (1993) y Tránsito del Señor de Orgaz (2010).

Tomás Marco Aragón, una de las personalidades fundamentales del arte español contemporáneo, nació en Madrid el doce de septiembre de 1942. Perteneciente a una familia culta, aunque sin precedentes musicales, señala su biógrafa Marta Cureses cómo «nada frecuente es que un niño de poco más de diez años se entregue con afán a la escritura de obras teatrales de cierta complejidad escénica, a la redacción de un Diccionario de rimas consonantes o un ensayo sobre Vincent Van Gogh». Y añade: «Su dedicación a los estudios musicales de manera firme y asidua comienza a la edad de trece años: en un solo curso realiza los cuatro que entonces comprendían el estudio del solfeo y casi paralelamente se inicia en los conocimientos de armonía y del primer instrumento que le interesa, el violín, bajo las orientaciones de Luis Antón». En 1958 comienza a componer y en 1959 se matricula en Derecho, que finaliza en 1964.

Cuando en 1968 Tomás Marco escribe su cuarteto de cuerda Aura, empieza la etapa de madurez de un autor que, para entonces, había llamado poderosamente la atención y se había convertido en una de las promesas más claras no sólo de la composición, sino también de la crítica. Su firma era habitual desde 1962 en SP, Aulas, Sonda, Tele-Radio, Informaciones, Arriba… Colaboraba con Radio Nacional de España. Estaba vinculado a grupos como Problemática 63, Sonda, Estudio Nueva Generación, el laboratorio Alea, Zaj… Y, no menos importante, acudió a los cursos musicales de Darmstadt entre 1964 y 1967, donde recibió formación por parte de Mauricio Kagel, Bruno Maderna, Gottfried Michael König, Giorgy Ligeti, Pierre Boulez y, sobre todo, Karlheinz Stockhausen, quien dio a Marco la oportunidad de colaborar en la obra colectiva Ensemble (1967).

Son años en los que reconoce además el magisterio de Edgar Varèse, John Cage y Earle Brown, además de su admiración por Juan Hidalgo y Luis de Pablo, y en los que compone Los caprichos (1967), primera de sus obras para gran orquesta; Jabberwocky (1967), descrita como un «galimatías vocal a 29 partes» a partir de Lewis Carroll; Anna Blume (1967), una pieza inspirada en los poemas dadaístas de Kurt Schwitters; Küche, Kinder, Kirche, (1968) basada en Günther Grass… Todo ello, unido a su condición de asistente a los cursos de sociología de Adorno y admirador de Duchamp y McLuhan, muestra a un artista extremadamente inquieto y que entiende la música dentro de un pensamiento cultural y jamás como una actividad excluyente.

Aura (1968) es la obra finalista del Premio Gaudeamus y merecedora del Premio de Honor dela Bienal de París. José Luis García del Busto dice de ella que «reúne los ingredientes que caracterizan el acceso de un joven creador a un primer grado de madurez: adecuación entre pretensiones y logros, capacidad de aportación, riqueza inventiva, seguridad en el propio oficio y, como lógica consecuencia, carácter de “bisagra” en el contexto de su producción, es decir, resumen de hallazgos y tendencias de obras anteriores y apertura hacia empresas artísticas de mayor calado».

«La música de Tomás Marco, con todo el futuro que tiene por delante, no sabemos en qué llegará a convertirse, pero ya es algo bien diferenciado en nuestro panorama. Sería difícil confundirla con la de otro autor. Yo me atrevería a afirmar que ha inaugurado una tendencia española: “la nueva simplicidad”», escribió en Arriba Enrique Franco cuando escuchó Rosa, rosae (1968), primera de una serie que continuaría con Maya (1968) y Vitral, Premio Nacional de Música de 1969 –galardón que recibirá de nuevo en 2002-. Es el momento en que, en palabras del propio compositor, se perfila ya su «estilo personal basándose en una reducción de elementos y en la investigación en el campo de la psicología de la percepción». Son preocupaciones que se alían a su «consideración de la música como reflexión cultural». Para Carlos Gómez Amat, «representan algo nuevo, porque introducen un nuevo concepto del desarrollo temporal de la música, de la consideración sensorial del sonido, del concepto psicológico del sonido mismo dentro del fenómeno de la escucha y una serie de elementos que estaban olvidados no sólo en la música de Marco, sino en la música en general, siendo, sin embargo, importantes e incluso fundamentales para la comunicación de la obra de arte. La simplificación del material sonoro se busca para conseguir el efecto psicológico. El autor considera que la música opera con una matemática y una serie de elementos físicos que pueden ser manipulados con una complejidad mayor de la que el oído y la inteligencia son capaces de percibir y comprender. Aquí está la frontera máxima de comprensibilidad con el mínimo de elementos».

El Premio Gaudeamus lo obtiene en 1971 con Mysteria que, para García del Busto, es paradigma de una concepción musical donde se entrecruzan el pensamiento lógico y el mágico, y en la que se vinculan mecanismos de la percepción y de la memoria que procuran una escucha activa del espectador, lo cual vehiculará en gran parte la creación posterior de Marco. Sus habilidades se amplían: obras sólo para contrabajo, para doscientos instrumentos de percusión, exclusivamente para radio con mezclas y grabaciones de campana, canciones para voz y piano, conciertos para guitarra y conjunto de cuerda (el aplaudido Concierto Guadiana de 1973)… hasta culminar en Selene (1973), primera de sus óperas.

En la monografía que le dedica Carlos Gómez Amat en 1974, se destaca de Tomás Marco su «notable variedad. El mismo compositor habla de obras con una dirección de teatro musical, de otras en las que lo primordial es la búsqueda psicoacústica y de una etapa de considerable libertad formal. En lo medios, desde la orquesta a la música electrónica. Quiere configurar la música, más que como una arquitectura, como un arte en el tiempo, e investigar el desarrollo temporal de cada obra. También una preocupación por los aspectos sensoriales del sonido, y no sólo los físicos, además de un entendimiento de la música como método de comunicación y, por consiguiente, gran atención a la psicología de la audición y al logro de una escucha activa. Un empleo de la armonía como color tímbrico. Cierto afán dramático o teatral en las obras incluso estrictamente sonoras. Más interés por encontrar en cada momento un camino propio de expresión que por descubrir a ultranza cosas nuevas. Una tendencia a simplificar lo más posible. Una consideración de la música como un arte a la vez muy lógico y estructurado y muy intuitivo y mágico».

Una obra sinfónica –Escorial-, y otra coral –Transfiguración-, hacen de 1974 un año importante para su producción, y una demostración de la solidez con la que Marco vincula la tradición española con la evolución actual y que continuará con sus homenajes guitarrísticos a Picasso –Naturaleza muerta con guitarra (1975)- y Juan Ramón Jiménez –Paisaje grana (1975)-; su «ópera imaginaria» para percusión, órgano y textos recitados Ecos de Antonio Machado (1975); y su Concierto barroco nº 1 Autodafé (1975), donde él mismo reconoce que se plasman sus «preocupaciones por los aspectos culturales españoles, capaces de conferir formas autónomas a su música con una realización abstracta y no descriptiva». En cierto modo, estas dos últimas obras, por su uso no tradicional de la voz la primera y por sus connotaciones religiosas la segunda, anticipan el éxito que será Apocalypsis (1976), encargo dela Semana de Música Religiosa de Cuenca donde el propio Marco recitaba en latín pasajes atribuidos a San Juan.

El Concierto barroco nº 2 Tauromaquia (1976), el homenaje a Gustavo Torner para clave y trío de cuerdas Torner (1977), o el solo de clave Herbania (1977), preceden a la Sonata de Vesperia (1977), descrita por García del Busto como «obra en varias secciones enlazadas sin solución de continuidad y estrechamente interrelacionadas, ya que se trata de un mismo material musical expuesto en la primera sección y que parece brotar de unos rápidos arpegios que han sido identificados como “célula españolista” y que, con sus características específicas de cada caso, menudea en las obras de Marco hasta el punto de erigirse en una signatura personal». La Sonata es la puerta que abre el camino a la Misa básica (1978), encargada por los Encuentros de Música Religiosa de Liverpool; a la «lógica llevada al absurdo» que, bajo la inspiración de Raymond Roussel, sería Locus solus (1978), con su mezcla de orden matemático y percepción caprichosa; y al homenaje a Turina de Soleá (1982). En estas obras reconoce que «hay una preocupación por el tiempo que va acercándose hacia un concepto formal del espacio».

Por otra parte, es destacable en esta época su composición para un trabajo escénico, la versión de Francisco Nieva de Los baños de Argel (1979) de Cervantes, labor que continuaría con el Lorenzaccio (1982) dirigido por Antonio Corencia, El médico de su honra (1986) dirigido por Adolfo Marsillach, Fiesta barroca (1992) dirigida por Miguel Narros e Historia de una escalera (2003) de Buero Vallejo con dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente, entre otras. También para la escena sería su primer ballet, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1985), «sinfonía coreográfica en cuatro cuadros» encargado para el Ballet Nacional de España pero estrenado en versión sinfónica. Entre tanto, grandes piezas como La Pasión según San Marcos, Milenario o Espacio sagrado (Concierto coral nº 2), todas ellas de 1983, se sumaban a una abundante producción de obras de cámara y solos que prueban la fecundidad de un autor que, además, ya estaba plenamente integrado en el mundo de la enseñanza –sobre todo en la Universidad de Navarra, la UNED y el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid- y de la gestión en instituciones como Radio Nacional de España,la Orquesta y Coro Nacionales de España, la Sociedad General de Autores y Editores, el Círculo de Bellas Artes,la Comunidad de Madrid o el Centro para la Difusión de la Música Contemporánea, que dirigió entre 1985 y 1995 y desde el cual creó el Festival de Música Contemporánea de Alicante, o más tarde al ser Director General del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y dela Música de 1996 a 1999. Con razón dice Cureses con Tomás Marco es «la persona que más relieve ha adquirido en frentes tan distintos en el panorama de la música española de la segunda mitad del siglo XX».

El progresivo apartamiento de sus múltiples funciones administrativas ha permitido que el catálogo de Tomás Marco supere con creces los trescientos títulos, incluyendo cuatro óperas más: Ojos verdes de luna (1994), El viaje circular (1999-2001), Segismundo (Soñar el sueño) (2003) y El caballero de la triste figura (2002-2004).

Para Tomás Marco, su propia música «acusa perfiles personales que tienden a conseguir un lenguaje autónomo en el que destaca el deseo de conseguir formas adecuadas al pensamiento concreto del material escogido para cada obra, material que puede ser muy variado y hasta ecléctico, pero que se trata con rigor en su articulación. También hay un deseo de conferir a la música una dimensión cultural insertándola en un pensamiento más general que el compositivo, a veces conectado con la realidad española, pero que se expresa por medios sonoros». La respuesta intelectual a este deseo se percibe también en sus excepcionales ensayos Pensamiento musical y siglo XX (2002), Historia de la música occidental del siglo XX (2003) e Historia cultural de la música (2008).

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