Como un pájaro sobre el alambre

Publicado por el oct 8, 2012

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Leonard Cohen podría subirse al escenario sin necesidad de más. Pero como es tan generoso, se hace acompañar por un manojo de músicos de primera, de esos que cuando tocan te recuerdan por qué la música es, con diferencia, el arte que más emociona. Cuando este judío canadiense, monje budista y Príncipe de Asturias de 78 inviernos se pone ante el micrófono y recita unos versos, los corazones hacinados en el Palacio de los Deportes de Madrid o en cualquier recinto mastodóntico del mundo se convierten en un órgano colmena. Miles de válvulas palpitantes que laten al unísono, que escuchan y se conmueven. Cohen no canta. Recita. No hace canciones. Pone música a sus poemas. Y no actúa. Regala sinceridad, educación, elegancia; y cuatro horas de concierto a un público que, si pudiera, se lo llevaría a casa para buscarle un lugar preferente entre los tesoros de su vida, junto al reloj del abuelo y esa carta de amor que jamás fue enviada.

Ha llovido mucho desde Suzanne, que sigue más viva que nunca y emociona a los recién llegados con la misma intensidad con que hacía llorar a sus padres en los sesenta. Es un clásico que no puede faltar esta noche, como So long, Marianne, Hallelujah o I´m your man. A los viejos éxitos se suman nuevas composiciones que innovan, arropan y complementan el repertorio, con distintos ritmos y un mismo espíritu. El de un hombre dedicado a contar historias de las que calan hondo. De las que humedecen ojos, calientan almas y estimulan neuronas.

Ahí sigue él, como un pájaro sobre el alambre, con su voz cavernosa y su Fedora, haciendo honor a su apellido (sacerdote en hebreo) y congregando en cada recital a miles de fieles que lo jalean y reclaman, le corean y le lanzan flores y cartas de amor que él agradece con sinceridad mientras pasa sin titubear del blues al country, de la canción protesta a la lírica, del vals al góspel con alguna parada en la música étnica de Europa del Este. Entre los parroquianos, reconocidos discípulos como Joaquín Sabina o Javier Krahe, tan sedientos como el resto de música, pasión y poesía. Son uno más entre la tropa de agradecidos peregrinos que aplauden desde sus butacas con reverencia.  Es noche de Epifanía.

El día que James Bond y los Beatles celebraban sus bodas de oro, una leyenda viva cautivaba con sus canciones a un público extasiado a quien sólo pidió un favor a cambio: que le reservara el último baile.

Nosotros cumpliremos nuestra promesa. Esperamos que él también.

@Jorge_Magano

Foto de Laura Muñoz Hermida www.lauramh.com

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