Música y oscuridad

Publicado por el oct 4, 2012

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Uno de los compositores más impresionantes de las generaciones recientes (sí, escribimos cosas así aunque este héroe de la música nació en 1953) es Georg Friedrich Haas. Su música es absolutamente subyugante. Permítanme que no entre en disquisiciones técnicas. Haas pertenece a la escuela de la música “espectral”, pero casi ninguno de mis lectores sabrá qué diablos significa eso. Eso significa, entre otras cosas, que la música ya no se aleja en la dirección de la disonancia, sino que busca una especie de sombría y majestuosa magnificencia de la cual emerge, muchas veces, una sensación universal de tonalidad. El principio de El oro del Rin, la música india clásica y la estasis armónica del último Sibelius (por ejemplo, Tapiola) podrían ser precedentes disjuntos de este romanticismo espectral de Haas. La música ha recuperado la armonía, pero es una armonía que no avanza y que no es narrativa: es una armonía-estrella, que se abre, que se expande, que se contrae, que estalla en una explosión de miles de años, que se reduce a la oscuridad. No es una armonía-persona que camina por un camino y cuenta una historia, sino una armonía-estrella. Creo que está claro.
Haas es un romántico sublime, y de ahí, también, su pasión por la noche y por el misterio. Escuchar obras como Natures Mortes, In Vain o la impresionante música de la ópera Bluthaus (basada en el caso real de la niña austríaca Natascha Kampusch, raptada por un maníaco y encerrada durante años en un sótano) puede resultar una experiencia estremecedora, pero mucho más lo es la audición en la sala de concierto, en la que Haas da instrucciones precisas para que se apaguen todas las luces, incluso los pilotos de seguridad, de modo que la sala queda en la oscuridad más absoluta. Generalmente se hace una prueba de oscuridad total antes de comenzar el concierto. Algunas personas no pueden resistirlo y abandonan la sala.
Amo, admiro, reverencio la oscuridad de Haas, la noche absoluta en que pretende sumergirnos para borrar el mundo de las apariencias sensibles. Su música nos lleva al fin del sonido, es decir, al principio del sonido. “Oh oscuridad, mi luz”, decía Baudelaire. Lo decía pensando en Haas.

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