SECRETOS

Publicado por el sep 24, 2012

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Vivimos en un mundo de secretos: secretos de Estado, familiares, bancarios, financieros, médicos, policiales,  militares, laborales, de confesión, judiciales … Una lista interminable.  Y eso sin contar los secretos que celosamente guardan las  agencias  de espionaje o inteligencia repartidas por el mundo, procesando la información en tiempo real  que, segundo a segundo, van depositando en gigantescos ordenadores los satélites que surcan el vacío espacial y permiten saberlo todo (o casi).  En muchos casos, la pretendida transparencia asociada a las democracias políticas es solo una ilusión frágil.

El secreto es también una industria, vinculada sobre todo al aparato militar, que emplea a millones de personas y alimenta economías boyantes. Guardar o descubrir secretos exige medios ingentes. El secreto se diferencia de la mentira en que esta siempre aparece, al mostrarse como lo que “no es”; mientras que aquél permanece oculto y no se manifiesta, ya que su aparición provoca ipso facto  su propia anulación. El secreto es mudo y la mentira cantarina, pero ambos están asociados porque se complementan. Toda mentira esconde un secreto. Todo secreto exige un disfraz, y en última instancia no hay secreto sin engaño.

Sin el secreto, gobernantes y gobernados estarían en la misma peana y el poder sería una banalidad carente de aureola.  Secreto es información y contrainformación, implica control de lo que la gente debe saber, y por tanto es poder intrínseco, casi puro. Nuestra identidad más radical, el inconsciente, suele ser el secreto mejor guardado. De donde se deduce que cada uno lleva siempre a cuestas y cohabita con su mayor secreto. Nunca nos abandona y nos acompaña en la muerte,  la madre de todos los secretos.

El mundo se divide entre los  poderosos detentadores de secretos y los que siguen dócilmente el sendero de la dominación cotidiana. El secreto nos encadena y nos golpea donde menos se espera. Nos empequeñece o nos engrandece. Es parte consustancial de la política y condiciona la esperanza y el desaliento.  Poseer un secreto nos hace sentirnos más importantes y más fuertes y compartirlo en grupo reducido alimenta la sensación de exclusividad solidaria.

Quizá sea imposible la convivencia social sin secretos, pues la sinceridad absoluta haría zozobrar cualquier relación duradera. Uno de los grandes alicientes de la novela de misterio, genero que engloba tanto a la novela policíaca como a la de espías, es que al final premia a los lectores haciéndoles participar del secreto que el autor propone, y eso eleva el nivel de autosatisfacción y se agradece. En la vida real, sin embargo, conviene tener en cuenta que nadie guarda mejor un secreto que quien lo ignora, y que tres personas- como decía Benjamin Franklin- pueden guardar un secreto a condición de que dos de ellas estén muertas. Por eso, aunque a veces sea bueno confiar tus secretos a los amigos, cuídate de los amigos de tus amigos.

Para los que quieran apostar sobre seguro y no complicarse la vida, resulta provechoso repasar el viejo proverbio árabe: “No digas todo lo que sabes, no hagas todo lo que puedes, no creas todo lo que oyes, no gastes todo lo que tienes. Porque el que dice todo lo que sabe, el que hace todo lo que puede, el que cree todo lo que oye y el que gasta todo lo que tiene, muchas veces dice lo que no conviene, hace lo que no debe, juzga lo que no ve y gasta lo que no puede.”

En el fondo se trata de un prudente conjuro para impedir que el destino se nos escape de las manos. Vano empeño, porque el destino también es secreto. Cuando lo tenemos, no lo sabemos; y cuando lo sabemos, ya ha pasado. Ya no es secreto y no importa.

Fernando Martínez Laínez

 

 

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