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Publicado por el Sep 21, 2012

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La realidad supera la ficción. Siempre ha sido así y siempre lo será. Puede que todavía alguien no se haya dado cuenta de que el curso está a punto de empezar (hay gente para todo), pero estos días se nota en el ambiente un aumento de energía. Compras de última hora (¡escuadras y cartabones!, unas ceras con todos los colores y un cuaderno del 6 con rayas dobles…) y niños con cara de sueño que lloran desconsolados a la puerta del colegio. Todavía faltamos por llegar los mayores. Somos adultos y podemos poner mil excusas para justificar la pereza (extrema) que no dejamos justificar a nuestros renacuajos. Ni siquiera hemos empezado a prestar atención a la Liga de fútbol y mucho menos a la de Campeones (¿Qué hizo el otro día el Madrid? ¿Y el Barça? Bueno, ya se sabe, los italianos llevan jugando al fútbol igual desde los romanos: todos en línea, con el escudo puesto y al contraataque). Incluso los escritores tenemos que volver al trabajo (eso dicen). El otro día recibí una llamada de Julio, vamos a usar este nombre en clave. Julio es un gestor cultural, es decir, el dueño de un bar “que quiere hacer cosas”, que es uno de los gestores culturales que más abundan y pieza fundamental en nuestra economía. Hombre, Pedro, ¿qué tal esas vacaciones? Bien, Julio, ahí estuve, con la familia y poco más. ¿Y vosotros? Nada, nosotros a tope. Trabajando. Hay que aprovechar con los turistas y todo eso. Ya. Dime, Julio. Nada, te llamaba porque estoy pensando en hacer algo este año, algo relacionado con los libros y he pensado que tú podías organizarlo. Ah, genial. Claro que sí. ¿Qué tenías pensado? Pues no sé, tú eres el creativo, ¿se te ocurre algo? Hombre estaría bien hacer una serie de recitales, los he hecho en otros bares y funcionan muy bien. ¿Qué te parece? Me gusta la idea. Podíamos convocar a una serie de poetas y amigos, reunirnos en un ambiente distendido y leer algunos textos propios, ajenos o del más allá. Eso es justo lo que había pensado, Pedro. Parece que me has leído el pensamiento. ¿Y cuándo podríamos empezar? No sé, habría que fijar un día de la semana y preparar el primero. ¿Para primeros de mes? Hombre, si me pongo… Bueno, seguro que con los contactos que tienes… Sí, pero tengo que ponerme y ahora os han entrado a todos las prisas. Bueno, yo te dejo que le des una vuelta y me llamas. Vale, pero espera: Julio, no hemos hablado de dinero. ¿Cómo? Claro, algo habrá de presupuesto. Pedro, amigo, ya sabes cómo están las cosas. Está todo fatal. A mí me lo vas a contar. Todo el mundo dice lo mismo, desde la Universidad hasta las Bibliotecas, pero cuéntaselo a mi casero o a la compañía telefónica, porque tendré que llamar por teléfono para quedar con los autores. Podías venir tú solo. ¿Yo? Sí, a leer y eso. Hombre, lo veo un poco pobre. Podías aprovechar para hablar de tu libro. ¿De cual de ellos? Del último. Ya ni se encuentra en las librerías. Saco uno en primavera, pero es una novela juvenil. ¿Y carteles? Julio, ¿no vamos a hacer carteles? Claro, podemos hacer unos pocos, por supuesto. ¿Y no vas a pagar a la imprenta? Tengo un amigo que me hace precio. Yo también te hago precio, Julio…

(Aquí me acordé de un correo electrónico que recibí unos días atrás, un correo spam de esos que casi nunca tienen gracia y siempre borro con sólo leer el asunto. Un correo que cuenta una situación parecida y me quedé con ganas de hacerle el siguiente cuento:

Yo también te hago precio, Julio. Mira, estoy pensando que yo organizo los recitales en tu bar, una vez por semana, y, una vez por semana, vienes tú a mi casa a cocinar para mí y un grupo de amigos. Traes los ingredientes, los preparas, nos los sirves, lo dejas todo recogido y te marchas. Si te apetece, te puedes sentar con nosotros, después de la cena, a tomar una copa para comentar la jugada, ¿qué te parece?

Pero no dije nada de esto. Lo que pasó, tras el cierre del paréntesis)

Yo también te hago precio, Julio, algo tendremos que pagar a los que vengan a recitar. NO puedo, Pedro. Que está todo fatal y vamos a peor. Por supuesto, tú y los poetas que vengan estáis invitados. Mira que eso te puede salir muy caro, ya sabes como beben los poetas… (Risas) Las bebidas corren de mi parte y los carteles, ¿ok? Lo importante es que se hagan cosas (siempre que quieren que trabajes gratis, acuden a esta frase “Lo importante es que se hagan cosas”). Bueno, le doy una vuelta y te llamo la semana que viene. ¿Te parece bien? Sabía que tenía que llamarte a ti. Eres un crack, es como si pensáramos lo mismo. Va a salir genial. Oye, Pedro, ¿tú podrías hacer el cartel? Creo que es mejor que lo haga tu amigo el de la imprenta. Vale, se lo pido a él, no hay problema. Un abrazo. Te llamo la semana que viene. Abrazo, Julio, cuídate.

Aquí terminó la conversación. Todavía no me la puedo quitar de la cabeza. Julio, el gestor cultural, en este caso era el dueño de un bar, pero (créanme) no hace falta tener un bar para que te suelten eso de “lo importante es que se hagan cosas”. Cada vez se escucha más esta frase. Y quizá el problema seamos nosotros mismos, que no valoramos ni nuestro tiempo, ni nuestro trabajo. Hay gente que paga por subirse a un escenario a leer sus textos (lo he visto y sé que hay algunos bares/locales que se alquilan para esta pantomima). Incluso algunos argumentan eso de “por amor al arte”. No conozco ningún autor que se precie que acuda gratis a ningún evento, he hablado con varias compañías aéreas para explicarles que no me cobraran los vuelos de los poetas, incluso lo intenté con el hotel (son poetas, duermen poco, casi no van a tocar la cama y se duchan menos, pero también querían cobrarme). Nada es gratis en la vida. Y la palabra tampoco debería serlo. De ustedes depende. Barra libre.

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