El rey del aforismo

Publicado por el Sep 19, 2012

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Suelo leer a Pérez-Reverte lamentarse de que Francia o Inglaterra honran a sus autores de un modo que jamás veremos en España. Que Víctor Hugo o Shakespeare tienen rutas y parques temáticos en sus países mientras que aquí tenemos a Cervantes y a Lope poco menos que escondidos. No sé hasta qué punto esto es cierto, pero pensé en ello este verano durante una escapada a la casa museo de Mark Twain en Hartford, Connecticut. En esta casa de 1,4 hectáreas, tres plantas, siete dormitorios, siete cuartos de baño y una cochera, el padre de la literatura norteamericana (según Faulkner) escribió obras tan imprescindibles como Las aventuras de Tom Sawyer, El príncipe y el mendigo, Las aventuras de Huckleberry Finn o Un yanqui en la corte del Rey Arturo.

Mark Twain ya no vive allí, pero su genio y su presencia se palpan, se tocan y se sienten más que se intuyen. Gracias a la excelente labor de preservación del edificio (la casa es Lugar Histórico Nacional) y a las entusiastas, casi teatrales, explicaciones de su orgullosa guía, resulta fácil imaginar al bueno de Sam Clemens (auténtico nombre del satírico literato) hablando con su esposa Olivia -quien acercó al progresismo las ideas de su esposo acerca de la esclavitud-, contando historias a sus tres hijas antes de irse a dormir, jugando con los tres perros de la familia (Youknow, Dontknow y Whoknows) o ideando grandes epopeyas protagonizadas por barcos de vapor y niños esclavos en su estudio de la última planta, entre golpe y golpe del taco de billar o calada y calada a su eterna pipa.

Pero además de brillante cuentista, Twain es, quizás junto a Oscar Wilde, el más prolífico y célebre creador de aforismos. No hay más que echar un vistazo a las redes sociales para comprobar la cantidad de citas que, acertadamente o no,  son atribuidas a este hombre del sur que nació durante el paso del cometa Halley y murió velado por el mismo cuerpo celeste setenta y cuatro años después. Sus frases célebres llenan metros de papel, labor que se multiplica hasta el infinito en las citas (ahora llamadas retweets) que aparecen en prólogos, discursos y escaparates virtuales entre otros muchos sitios. En el vestíbulo del edificio que alberga su casa museo destaca un panel con frases de varios presidentes estadounidenses, desde William H. Taft a Ronald Reagan, que explican la relevancia de la obra de Twain en la cultura americana y en sus propias vidas.

Mark Twain viajó, observó, criticó, reflexionó, opinó y se rió de todo con envidiable lucidez. Desde un presente en que el humor ha derivado a largos monólogos sobre un escenario y a pequeñas frases en una pantalla de móvil, resulta interesante ver cómo el escritor norteamericano fue capaz de condensar en pocos caracteres (¿les suena?) brillantes sentencias en las cuales, con poco que escarbemos, podemos encontrar el germen de genios que aún estaban por venir. “Nunca permití que la escuela interfiriera en mi educación”. Pónganle la voz de Groucho Marx o Woody Allen y verán lo que ocurre.

Hasta un servidor, que ni es presidente, ni genio, ni lo quiere ser, comenzó con un proverbio marktwainiano (¡uf!) una de sus novelas. Una frase que más bien es un mandato, y que, a mi juicio, contiene la esencia de la fabulación histórica.

“Conoce primero los hechos y luego distorsiónalos cuanto quieras”.

En eso estamos.

@Jorge_Magano

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